lunes, 15 de febrero de 2010

Las viejas fotos


Siempre me ha fascinado la fotografía. Veía las fotografías de los grandes maestros y me quedaba absorto estudiando la técnica de su composición, el enfoque, el juego de luces y sombras, las texturas… había algo mágico en cada una de ellas.
Al final decidí liarme la manta a la cabeza y me matriculé en una academia. Dos años duró la aventura y allí me dejé ingentes cantidades de tiempo y dinero, máxime cuando hube de adquirir el equipo fotográfico completo de la señorita Pepis, que se componía de cámaras, objetivos varios, ampliadora, material de laboratorio, proyector, trípodes, bolsas de transporte… prácticamente 20 metros cúbicos de material, casi nada.
Lo mejor de aquel curso es que en el segundo año había un bloque dedicado a la fotografía de glamour, ilusionante definición que significaba que había una sesión fotográfica con una modelo desnuda (o cuanto menos en lencería fina). Mi gozo en un pozo porque finalmente la modelo "oficial" (que era guapísima, por cierto) se puso mala y fue sustituida por una amiga bastante poco agraciada y con un tipo poco generoso: sin línea curva alguna. Para colmo de males era tímida, por lo que no posó desnuda y para colmo de males utilizó la lencería de la amiga, lo que implicó que hiciésemos fotos a una especie de Bimba Bosé con dodotis... Tiempo después y dado el fracaso del glamour, imprimí tarjetas de visita en las que se podía leer: Juan Fernández - Fotógrafo de glamour y desnudos. Las repartí entre amigas y conocidas con la esperanza de que alguna se interesase por el arte y me diese luz verde para desarrollar mi exultante creatividad, pero parece ser que eran poco dadas al mundo artístico y la cosa no fructificó, jamás conseguí modelo alguna.
A partir de ese momento las vacaciones dejaron de ser divertidas y pasaron a convertirse en una especia de condena. Fue milagroso el aguante que demostró mi pareja de entonces; llegué a obsesionarme tanto que llegué a pensar que el único objetivo de unas vacaciones era hacer fotos y creedme, si no lo habéis vivido, no sabéis lo que es, jajajaja. Era imposible dar un simple paseo conmigo, cada dos pasos me paraba y con ritual parsimonia montaba el trípode, colocaba el objetivo adecuado en la cámara, tomaba tropecientas mil mediciones con el exposímetro de mano y si era menester, colocaba también algún filtro (tarea lenta y pesada ya que antes de colocar el filtro había que elegirlo, jajajaja). Y ahí no acababa la cosa, a continuación había que esperar que se diese una alineación planetaria, o que las condiciones de luz y color fueran perfectas para al fin poder tomar la foto. Dado que las conjunciones planetarias se dan en escasas ocasiones, que mi economía era un tanto penosa, que el material a emplear era caro y que revelar salía por un pico, el resultado final era que en la mayor parte de las ocasiones no apretase el ansiado disparador. Y eso con las composiciones, cuando intervenían seres animados era aún peor: “ponte allí”, “sonríe”, “acércate más al gorila”, “no espera, inclínate un poco más”, “mira hacia la derecha”, “no, casi que no, mira mejor a la izquierda”, “al final creo que es mejor que vuelvas a mirar a la derecha”… en fin, que había que tener grandes dosis de paciencia para sobrellevar de manera digna semejante castigo y no explotar a los pocos minutos. ¡Cuánto amor debía tenerme la pobre chica! Ahora que soy consciente del mal causado y que ya no tengo manera alguna de compensar semejante desgaste, no dudéis que de haber sido alcalde habría puesto una calle con su nombre, de hecho sé de bastantes casos en los que se han nombrado calles por mucho menos. ¡Qué aguante! ¡Pobre mujer…!
Y tras el martirio que conllevaba el hacer las fotos llegaba el momento tenso del revelado. Una semana de espera, nervios e incertidumbre, en la que solo podía pensar en “cómo habrán quedado”. Aún recuerdo uno de mis primeros carretes. Tras arduas negociaciones con mi padre y alguna que otra mentirijilla, había conseguido que me prestase su flamante Yashica, cámara cuya característica más reseñable era que poseía la capacidad de duplicar el número de fotos del carrete, de manera que si este era de 36 fotografías (que era el que utilizaba habitualmente) era posible hacer unas 73 fotos poco más o menos. Imaginaos, setenta y pico fotos…, el paraíso para mi y el infierno para los incautos que me acompañasen o tuviesen el infortunio de situarse ante el objetivo. Creo ser fiel a la verdad si afirmo que aquel carrete fue con diferencia con el que más me he esmerado en mi vida, pasaba el día intentando hacer la fotografía perfecta, lo que significaba invertir una media de 20-30 minutos poco más o menos para cada una de ellas, ¡terrorífico! La cuestión es que conforme iba pasando el tiempo e iba haciendo más y más fotos, empecé a mosquearme porque parecía que aquel dichoso carrete no iba a acabarse nunca, siempre quedaba una más... Al final empecé a perder la paciencia y decidí ser menos riguroso, empezando a tomar fotografías algo menos elaboradas: una mano, un pie, un banco, un perro que pasaba por la calle, una farola, una señal de tráfico, una nube, ya no sabía ni a qué más hacer fotos, el carrete estaba maldito, no acababa nunca... “Pues nada, paso, lo entrego así y ya está”, me convencí. ¡Qué sorpresa al recoger las fotos! ¡36 fotos idénticas a las postales esas que venden en las que pone “Benidorm de noche”! Eran de un negro profundo precioso y aún hoy doy las gracias porque no revelaron más que 36. ¡Anda que si llegan a revelar las casi cien que hice...! Tras analizar aquello, la conclusión a l que llegué es que no debí enganchar bien el carrete al meterlo en la cámara.
Con el paso del tiempo sucedieron muchos pequeños percances más, algunos por mi culpa y otros no: diapositivas mal reveladas, pérdida de carretes, equivocaciones en los tiempos de revelado, trípodes mal asegurados con caídas desventuradas… todo un festival de pequeños incidentes, pero eso sí, os aseguro que jamás volví a “enganchar” mal un carrete. ¡Qué cosa tan maravillosa es la experiencia!
Parece lógico pensar que cuando se hacen una gran cantidad de fotos se debería ser bastante ordenado y riguroso, ¿verdad? Pues no os quiero contar el caos de carretes y fotografías que logré acumular en un par de años. Es cierto que intenté ordenarlo todo en varias ocasiones, pero en contra de lo que nos predican lo contrario, hay que admitir que con intenciones no siempre se consigue todo.
Y como la técnica evoluciona, llegaron los primeros escáneres de sobremesa. ¡Cuánto tiempo invertido escaneando cientos de fotos que se perdían poco tiempo después, cuando el disco duro, desmotivado y aburrido, decidía que no le apetecía seguir viviendo! ¡Cuánto tiempo malgastado escaneando los mismos cientos de fotos de nuevo, hasta que el nuevo disco duro decidía que no quería ser menos que el primero y decidía secundarle e irse al limbo de los discos duros también! ¡Qué momentos inolvidables cuando el escáner carísimo decidió que por qué los discos duros y él no! En fin, que tras miles de horas invertidas en digitalizar diapositivas me encontraba como al principio: sin fotos digitalizadas, sin dos discos duros, sin un escáner y sin el riñón que tuve que empeñar para pagar el escáner. Aquellos fueron tiempos amargos.
Descubrí el paraíso cuando las primeras cámaras digitales llegaron al mercado, aún recuerdo cómo encontré mi primera cámara... Fue un día en el que acudí al mercado de mi barrio a comprar unas pechugas de pollo, pedí la vez y observé la vitrina donde estaba el género para ver qué tal aspecto tenían; allí estaba, tan cuca ella, entre las salchichas de pollo y las codornices escabechadas, eran tan negra y tan nueva. No me lo pensé ni un segundo y salí de allí con mis pechugas y mi flamante cámara, y a partir de ese momento nunca más volví a elaborar una foto. Me convertí en eso que algunos llaman un hombre de acción de los de “aquí te pillo, aquí te mato” y renové por completo mi vocabulario de manera que deseché los “esperas” y me dediqué en cuerpo y alma a los “¡quieta ahí, cordera, que voy pallá!” y “marchando que es gerundio”. El resultado de aquello fue que entré en una dinámica adictiva de la que me costó mucho salir: fotografiaba todo lo que se movía (y lo que no se movía también). ¿Os acordéis del caos de carretes que os mencioné antes? ¡Pues aquello era un juego de niños comparado con los cientos de terabytes de fotografías sin orden ni concierto alguno que acumulé en pocos meses! Y es que el vicio es el vicio y el que sale viciosón... malo. Eso de apretar el botoncito y saber que no va a repercutir de manera directa en mi cuenta corriente, fue el descubrimiento de mi vida. Así que imaginaos el subidón de adrenalina que experimenté con aquellas primeras cámaras, mis posteriores parejas siempre habrán de estar en deuda con la casa Canon…
Y el final de la historia, bastantes años después, es que sigo acumulando cientos de fotos en cada viaje (aunque menos), continuo malgastando demasiado tiempo haciendo fotos (aunque menos), sigo sin disfrutar de las bodas, comuniones y eventos familiares (¿cuando me sustituirá alguien al frente de la cámara…?), los viajes siguen siendo sufridos para mis acompañantes (aunque menos), he empezando a dotar de cierto orden a la colección acumulada (aunque poco a poco) y facturo mucho menos equipaje cuando viajo en avión…
Un beso muy fuerte y ya sabéis, cuando queráis quedamos y nos hacemos unas fotos, jajajaja.

Hasta la semana que viene.

2 comentarios:

  1. Juan, que sepas que te leo.
    Un abrazo fuerte. Pedro

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  2. Juan, que sepas que yo también, y me divierto mucho con tus posts. Un beso,
    Mariem

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