lunes, 22 de febrero de 2010

El sentido de la vida


Hace unos cuantos años tuve el placer de disfrutar de una de las películas más peculiares de los Monty Python, concretamente se trataba la que da título al blog de esta semana: el sentido de la vida.
La película, dirigida por Terry Jones y Terry William, es una de sus comedias más hilarantes, lo que es decir mucho tratándose de quienes se tratan. A través de distintos sketches la película recoge a modo de cata, distintas pinceladas de la vida, abarcando desde el nacimiento hasta la muerte y pasando por temas como la filosofía, la historia o la medicina.
Al acabar la película y al margen del buen rato que nos haya podido hacer pasar, nos damos cuenta que estamos igual que cuando empezamos y que no nos han proporcionado ni una sola clave para encontrar algún sentido a la vida, aunque eso sí, a cambio nos hemos echado unas risas, que siempre compensa. Si persistimos en el interés por averiguar algo, la alternativa sería acudir a la biblioteca más cercana y echar un vistazo a alguno de los muchos libros de autoayuda existentes (con un poco de suerte están todos prestados o no tienen ninguno), pero no nos engañemos, hay que tener una mentalidad muy “americana” para que este tipo de libros nos ayude realmente en algo, aunque ¿quién sabe? ¡Al ritmo que vamos…!
Aún a riesgo de malograr la buena imagen que podáis haberos hecho de mí a lo largo de este tiempo de confidencias, he de admitir que en una ocasión fui débil y sucumbí a la tentación. Sin pensármelo dos veces, que lo de pensar suele resultar muy cansado, entré en una librería y así, sin anestesia, compré “El cielo es el límite”. ¿Qué os puedo decir? Fue hace muchos años, aún era muy joven, estaba borracho y todavía no sabía lo que eran las SGAE… pecadillos de juventud. El libro como os podéis imaginar no me fue de gran ayuda pero para ser justo querría destacar dos hechos importantes respecto al libro. El primero de ellos es que me lo leí en menos de un año y aunque a simple vista pueda parecer un período muy dilatado, creedme, no lo es en absoluto, más bien al contrario, es un plazo irrisoriamente corto. ¿No os lo creéis? Bien, imaginaos que tuvieses que leer un tostón soporífero de trescientas ochenta y cuatro páginas llenas de la letra más diminuta y apretada que hayáis visto jamás, de hecho, tras leer cuatro o cinco páginas empezáis a tener la sensación que no son trescientas ochenta y cuatro, que en realidad son cerca de veinte mil y que en cada una de esas veinte mil páginas os estuviesen repitiendo de manera incesante los mismos tres conceptos que os resumo en un par de simples líneas:
“Chavalotes, sois la leche, tenéis un potencial enorme que a poco que lo utilicéis os permitirá conseguir todo cuanto os prepongáis, incluso acabar el libro. Así que no desfallezcáis y ánimo, que el cielo lo tenéis ahí, a vuestro alcance. Y como estoy convencido de ello os lo voy a repetir una y otra vez hasta que también lo hagáis vosotros. Chavalotes, sois la leche, tenéis un potencial enorme que a poco que lo utilicéis os permitirá conseguir todo cuanto os prepongáis…”
Y así página tras página, frase tras frase, palabra tras palabra, letra tras letra, hasta el sopor y más allá… ¿Qué, os sigue pareciendo un período dilatado? ¡Os reto a que lo leáis en menos, listillos! La segunda cuestión os va a dejar un tanto boquiabiertos: el libro funciona. Sí, después de todo lo dicho el libro funciona, o al menos a mí me funcionó; y es que es tal la felicidad que se experimenta cuando al fin se termina la última página que puedo asegurar que nunca en mi vida me he sentido tan pleno y tan cerca del éxtasis absoluto como en aquella ocasión. No es solo que alcanzase el cielo, es que lo sobrepasé con creces, de hecho me pareció ver montones de angelitos y querubines tocando la lira muy por debajo de mi. Aún tiemblo y se me pone la carne de piel de gallina al recordarlo…
Tras mis dos fracasos anteriores y como aún persistía el interés por encontrar respuestas, decidí ponerme analítico y estudiar la vida exclusivamente desde el lado de los hechos, dejando de lado los sentimientos con el objeto de ser lo más científico e imparcial posible. Dicho y hecho, durante semanas me puse manos a la obra aunque he de reconocer que los resultados alcanzados no fueron demasiado halagüeños. Ya antes de nacer nos pasamos un montón de tiempo en un habitáculo que para ser generoso calificaré como muy poco confortable. El alojamiento es ruidoso, oscuro, tremendamente estrecho y por si esto no fuera suficiente, tiene humedades. Garitos mejores que ese han sido clausurados por insalubres…
Con semejantes condicionantes lo mejor que podemos hacer es nacer cuanto antes y hablo desde la experiencia personal: soy sietemesino. Bien, estábamos en que nacemos y lejos de convertirse en una experiencia grata (al fin abandonamos las incomodas apreturas) se convierte en una experiencia para olvidar. Lo primero que notamos es una luz abrumadora y digo notamos porque es tal su luminosidad que nos hace daño, imposibilitándonos por completo el poder abrir los ojos. Por si esto fuese poco notamos que nos agarran por un tobillo y nos cuelgan boca abajo, y así, en esa humillante postura, aprovechando que estamos confundidos, aturdidos, cegados y lo que es peor, indefensos, llega un energúmenos y ¡zas! ¡Nos calza una hostia! ¡Si eso no es empezar con mal pie…!
Y las cosas continúan de manera similar, restregaduras constantes, introducción de dedos y enseres por orificios no pensados para ello, pinchazos continuos, sobeteos constantes… en fin, una angustia continua. Pasada esta etapa la vida sigue con las cosas propias de esa edad, es decir, dormir, comer y obrar, porque sinceramente, ¿qué otra cosa se puede hacer? No sabemos nada, no entendemos nada, comemos lo que nos dan (nada especialmente apetitoso, por cierto) y lo peor de todo, no nos cuentan dónde está el baño, con lo que no nos queda más remedio que… bueno, omitiré los detalles. Peor no se puede estar, menos mal que las pocas horas que permanecemos conscientes se hacen menos largas y aburridas gracias al empeño que ponen algunos individuos por hacer monerías y emitir ruidos raros, al principio es gracioso observarles pero dada la poca variedad que demuestran, al final también se convierte en algo tedioso. El colmo es que con todo lo aburrida que parece esta etapa, sea posiblemente una de las mejores de nuestra vida; aún no tenemos obligaciones y desconocemos cuánto tiempo falta para jubilarnos (claro, que esto tampoco es decir mucho porque tampoco lo sabemos ahora).
Al poco nos cae la niñez con lo que ésta conlleva: madrugones, cole, balonazos, deberes, mochilas de quinientos kilos, más deberes, más balonazos y algún que otro castigo. Lo mejor y peor de esta etapa es la indefensión en la que andamos, que a la vez es premio y castigo, ya que nos permite hacer las peores barrabasadas y salir con total impunidad, y cargárnosla otras sin haber hecho absolutamente nada, pero ya sabéis con qué facilidad se echa siempre las culpas a los peques. Eso sí, formamos parte de un colectivo enorme en el que nos sentimos reafirmados: el del “niño haz esto, niño haz lo otro” y si no lo hacemos, ¡zas, hostión!
Entre unas cosas y otras llegamos al fin a la adolescencia, etapa convulsa donde las haya. Somos hormonas andantes cargadas de granos, inestabilidad, inquietudes, indecisiones, incomprensiones, insuficientes y un montón más de “in” que no recuerdo en este momento. Sin olvidar la amargura provocada por el odio: "mis padres me odian, mi profesor me odia, la buenorra del quinto me odia", en fin, que entre unas cosas y otras, no se para de sufrir y la adolescencia se convierte en una vertiginosa huída hacia la juventud. Y por si con todo lo anterior no tuviésemos suficiente, encima vamos y nos enamoramos. Hala, a sufrir más; y es que a estas edades es cuando nos enamoramos de verdad, a lo bestia, porque lo de los demás son amores baldíos pero el nuestro es un amor de radionovela, de los de antes. Y cuando menos nos lo esperamos, ¡zas, otro hostión!
Ya un poco más maduros, aunque no más listos, llegamos a la juventud, momento en el que hay que tomar decisiones y empezar a forjar al hombre y la mujer del mañana. ¡Cuántas preguntas sin respuesta! "¿Estudio o no estudio? ¿Trabajo o no trabajo? ¿Ron o ginebra? ¿Silvia o Vanesa? ¿Javier o Jorge? ¿Camisa o polo? ¿Me pongo condón? ¿No me lo pongo…?" En fin, que es una etapa llena de improvisaciones, de postergar decisiones y de ir viviendo el día a día (no, si al final va a resultar que no íbamos tan desencaminados...).
Y de repente, la responsabilidad: empezamos a trabajar, ¡Yupi, ya somos becarios! Resultado de esta etapa: trabajo horrible, sueldo horrible y expectativas tristes, y nos preguntamos: “Pero, con este sueldo ¿cuándo voy a poder independizarme?”. La respuesta es fácil: dentro de tropecientos mil años. Al menos, dentro de lo malo, nos compramos un coche y quieras que no, algo nos apaña. Algún viaje, alguna novia (otra, porque la del amor eterno y verdadero se esfumó hace tiempo), algunos amigos y un no parar sin rumbo fijo; eso sí, alcohol y pelas nunca sobran., y así mal que bien, vamos tirandillo.
Tras la juventud llegamos a la madurez, la etapa “ISI”: "¿Y si nos vamos a vivir juntos? ¿Y si nos compramos un piso? ¿Y si cambiamos los muebles? ¿Y si nos casamos? ¿Y si tenemos un niño? ¿Y si…?" Ahora sí que estamos perdidos, ya no nos salva ni el Tato, nos viene todo el pack prácticamente de golpe: boda, hipoteca, coche nuevo y niños. Quiero hacer un inciso importante, es justo en este momento cuando algunos privilegiados encuentran el ansiado “sentido de la vida”, otros, de no encontrarlo en este momento, es posible que no lo encuentren hasta mucho más tarde. Bien, continúo. Estábamos en que esta etapa se suele caracterizar porque casi todo lo que hacemos son cosas que detestamos hacer, eso sí, con una enorme sonrisa, no se nos vaya a notar. ¡Qué bonito es ir a un centro comercial a comprar unos zapatitos al niño! Una hora para llegar, media hora para aparcar, tres cuartos de hora para encontrar la sección de zapatería, dos segundos para perdernos, media hora y diez llamadas de móvil para reencontrarnos, veinticinco minutos para elegir los zapatitos adecuados (nosotros los hubiésemos elegido en cinco segundos), otra media hora para pagar, media hora más para llegar hasta el coche. A todo esto habrá que sumar otros treinta y cinco minutos para conseguir salir de la trampa del centro comercial y tres cuartos de hora más para llegar a casa. Resultado: cinco horas y media con dos segundos para comprar los dichosos zapatitos, mejor no pensarlo. Y eso en un día bueno, los malos son peor: bronca en la oficina, bronca en el portal (había reunión de vecinos) y bronca en casa, y es que al final nos toca ir a cambiar los dichosos zapatitos. ¡Cómo nos gustaría estar solteros, no tener coche, no tener hipoteca, no tener niños y lo más importante de todo: no tener que ir a cambiar de nuevo los dichosos zapatitos. Y así van trascurriendo los años, entre trabajar, pelearnos con los niños y los suegros, ir a centros comerciales a comprar zapatitos y soñar con otras personas, otros mundos, otras vidas…
Y cuando nos han sacado todo el jugo y estamos hechos una piltrafilla, nos jubilamos, y como casi todas las cosas buenas de esta vida, suele llegar tarde, muy tarde. Y la pregunta nos surge sola, “¿y ahora qué? La vida no puede ser solo esto, pasar de una etapa a otra sin transición alguna para al final terminar pasando frío en Benidorm en junio, coleccionando recetas de la seguridad social, comiendo sopitas y acudiendo al médico día sí y día también”. Bueno, hay que ser optimistas, lo bueno que tiene la vejez es que con un poco de suerte dejamos de pagar al fin la sangrante hipoteca y nos libramos de los hijos los días de diario; lo de las fiestas es más complicado y no suele tener visos de solucionarse, por lo que habremos de aguantar con el tropel de hijos, hijas, yernos, nueras, nietos y nietas que nos haya tocado en gracia... En fin, en ese caso más nos vale tener una buena pensión.
Llegados a este punto y vistas así las cosas, la verdad es que no parece muy divertido esto de vivir, pero no nos preocupemos, en realidad no es así, lo que sucede es que lo hemos estado analizando con el microscopio equivocado. El verdadero sentido de la vida está en el enorme montón de cosas pequeñas que nos pasan cada día. Una sonrisa, una caricia, una canción, una puesta de sol, una conversación agradable, una caña en un bar con los amigos, la primera mirada de Pablito… Son multitud de instantes mágicos que si somos capaces de permanecer alerta y aprehenderlos, quedarán grabados para siempre en nuestra memoria y podremos sentirlos con el corazón, que es con lo que se sienten las cosas de verdad. Todos esos instantes formará parte de nosotros mismos y nos harán comprender que lo mejor de la vida es justamente eso, vivirla cada día...
Para finalizar querría mencionaros una película que habla de esto último; por cierto, la película no la he dirigido yo, lo digo por si a alguien no le gusta. Se trata de “Ojos negros” de Nikita Mikhalkov y está protagonizada por un soberbio Marcello Mastroianni y una estupenda Silvana Mangano. La película es un divertimento basado en un cuento de Anton Chekhov en el que se nos presenta a Romano Patroni, un hombre de origen humilde casado con una rica heredera. Dada la vacuidad de su vida, Romano decide irse a pasar unos días a un balneario y recuperarse de no sé muy bien qué dolencia inventada. Allí conocerá a Ana, una joven rusa de la que se enamora perdidamente… En una de las escenas de la película podemos ver que Romano, el protagonista, está comentando su vida a un personaje que acaba de conocer. Al llegar a un punto le explica que si Dios le llamase a su lado en ese preciso instante y le preguntase sobre los tres momentos que más recuerda de su vida, él lo tendría muy claro; le respondería que recordaba la nana que le cantaba su madre cuando era niño, la cara de Elisa (la que es su esposa) la primera noche y las brumas de Rusia...
Poco más puedo añadir a esto.

Hasta la semana que viene.

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