Todo esto viene a cuento de un titular que apareció en la prensa hace unos días en el que se recogían las declaraciones de Olivier Blanchard, un señor del que jamás oí hablar pero que parece ser el economista jefe de esa queridísima institución que es el Fondo Monetario Internacional (FMI para los amigos). Básicamente el titular de la noticia rezaba: “El FMI tiene la solución para España: bajar los sueldos”. Es complicado opinar sobre algo así, máxime cuando seguramente tras haber hecho ese tipo de declaración, el señor Olivier se habrá quedado tan ancho… No seré yo quien dude de la veracidad de tales declaraciones ni de la valía profesional del señor Olivier, es más, estoy seguro que si ostenta el cargo que tiene seguro que es por méritos propios, pero de lo que no tengo duda alguna es que dicha medida perjudicaría seriamente a nuestras maltrechas y reducidas microeconomías personales. Por lo que parece el señor Olivier no dijo nada más, o de hacerlo, no lo ha reflejado ninguno de los distintos medios que he consultado, lo que hace pensar aún más. Es posible que al ser profano en el tema no llegue a comprender que la solución a los problemas macroeconómicos de un país pase ineludiblemente por el recorte en los salarios de los ciudadanos, especialmente si tenemos en cuenta que estamos atravesando un ciclo de recesión y que según nos trasmiten de manera continua, para relanzar la economía resulta conveniente incentivar el consumo. Ya me explicareis vosotros cómo unimos una cosa con otra…
Resulta paradójico pensar que las personas que predican sin rubor alguno este tipo de soluciones suelen ser las mismas que generaron el problema, ¡menuda coincidencia! Por extraño que parezca, tiene su lógica pensar que si alguien causa un problema debería ser el más capacitado para saber cómo solucionarlo, basta que haga lo contrario, ¿no os parece? Lástima que las soluciones siempre cuesten mucho dinero y que, cosas de la vida, ese dinero sea siempre el de los demás, por más que los salarios de los predicadores poco tengan que ver con los salarios de los sufridores…
Dado que yo siempre he pertenecido al grupo de “a los que recortan el sueldo” y que estoy habituado a pensar desde este lado, me cuesta imaginar qué es lo que se debe sentir formando parte de los del otro lado, sabiendo que podemos meter la pata cuanto queramos y que nunca llegará a afectarnos lo más mínimo: impunidad total.
Como igual es divertido, pese a que no lo parezca, vamos a probar a ponernos en su pellejo. Imaginémonos que vivimos en otro Sistema Solar, en el planeta “Chanchunfinflalandia” y que en ese mundo es posible cualquier cosa, incluso es posible ser un chunfinflaniano, que es la clase dirigente de Chanchunfinflalandia. Los chunfinflanianos son todos guapos (y si no lo son tampoco importa, es lo bueno que tiene ser chunfinflaniano), les gusta mandar (para eso son dirigentes) y poseen un gran sentido del humor, aunque es posible que para un habitante de otro mundo ese sentido del humor no se entienda demasiado. Los chunfinflanianos son gente sabia y es que ya que desde muy pequeños nacen con el don de la infalibilidad, saben que no pueden equivocarse (y si se equivocan tampoco importa mucho porque son ellos los que manejan el concepto de error). Los chunfinflanianos son seres muy ocupados y con ojeras, y es que no os creáis, eso de dirigir, adoctrinar y gestionar, desgasta lo suyo. Otra de sus características es que son seres distantes, hay quien afirma que incluso se ha llegado a ver a algún chunfinflaniano levitando. Otra característica a destacar es que gozan de impunidad total, lo que les permite actuar al margen de las leyes, especialmente si tenemos en cuenta que son ellos los redactores de las las mismas y que pueden inventarlas o modificarlas a voluntad, en el momento que más les convenga. Y finalmente la más importante de todas: poseen recursos casi ilimitados, cuestión lógica teniendo en cuenta que gestionan los recursos de todos los borreguiciudadanos del paneta. El escalafón más alto de los chunfinflanianos lo ocupa el “Mandarín Mundín”, que es el ser supremo de Chanchunfinflalandia durante un período de cuatro años. A los cuatro años justos, o antes si el Mandarín Mundín lo desea (que para eso es el Mandarín Mundín), se elige un nuevo sucesor, aunque si ha mentido bien puede volver a salir elegido de nuevo. Al Mandarín Mundín se le elige mediante votación y por regla general se ha de optar entre dos o tres candidatos (en el mejor de los casos, porque generalmente son solo dos). Antes de las elecciones los candidatos viajan por toda Chanchunfinflalandia haciendo discursos grandilocuentes, prometiendo cosas que no tienen intención alguna en cumplir y comiendo pipas. Al final suele ganar el que mejor ha mentido y a partir de ese momento ya tiene vía libre para hacer todo cuanto le plazca, como redactar nuevas leyes, dilapidar recursos, envenenar el planeta, formar su séquito personal, nombrar asesores chanchunfinflanianos, robar, estafar, insultar, prevaricar, inventar nuevos cargos y lo que es más importante, gestionar a su antojo los recursos de todos los borreguiciudadanos. Pero no todo es sencillo, hay una parte complicada que es la de gobernar, pero como exige esfuerzo y es poco gratificante, en algunos casos la suelen dejar para la parte final del mandato, optando en otros por dejársela al sucesor (siempre y cuando sea otro, claro está, en caso contrario lo dejarían para el final del siguiente mandato).
Otra de las ocupaciones en que malgastan tiempo y recursos, consiste en hacer camarillas de chanchunfinflanianos de manera que, una vez constituida la camarilla, ayudan al Mandarín Mundín en las labores descritas anteriormente. Por otra parte, el aspirante a Mandarín Mundín derrotado, también constituye una camarilla similar a la del ganador, pero dado que no tiene libre acceso a la gestión de los recursos de los borreguiciudadanos, suele entretenerse insultando y desacreditando al Mandarín Mundín, con el único ánimo de desgastarlo cuanto antes y volver a tener la oportunidad de salir elegido en una nueva elección.
Desde fuera puede parecer algo repetitivo y monótono, pero no lo es en absoluto, cuando se es chanchunfinflaniano y se está en la camarilla de Mandarín Mundín, el tiempo pasa volando y lo cierto es que los cuatro años pasan en un suspiro, y al final siempre queda una metedura de pata por hacer, una tontería por legislar, unos cuantos recursos por malgastar, alguna mentira por inventar, algún amigo por enchufar, alguna televisión por manipular, algún chanchunflinfaniano que vilipendiar, alguna guerra que declarar y lo más importante de todo, algunos borreguiciudadanos a los que adoctrinar porque no nos engañemos, que sería de los borreguiciudadanos sin sus chanchunfinflanianos… estaríamos perdidos, ellos no nos necesitan, pero ¿y nosotros? ¿Qué sería de nosotros sin sus sabios consejos? ¿Sin sus inteligentes discursos?¿O sin sus elaboradas soluciones a nuestros problemas…?
Y Chanchunfinflalandia entera vibró y vitoreó con un atronador beeee-beeeeee borreguil el sabio discurso de Mandarín Mundín, para instantes después marchar todos juntos, despreocupados y felices, a casa a descansar, que esa misma noche televisaban un buen partido de fútbol y no era cuestión de perdérselo…
¿Os suena de algo ese mundo imaginado?
Hasta la semana que viene.

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