lunes, 22 de febrero de 2010

El sentido de la vida


Hace unos cuantos años tuve el placer de disfrutar de una de las películas más peculiares de los Monty Python, concretamente se trataba la que da título al blog de esta semana: el sentido de la vida.
La película, dirigida por Terry Jones y Terry William, es una de sus comedias más hilarantes, lo que es decir mucho tratándose de quienes se tratan. A través de distintos sketches la película recoge a modo de cata, distintas pinceladas de la vida, abarcando desde el nacimiento hasta la muerte y pasando por temas como la filosofía, la historia o la medicina.
Al acabar la película y al margen del buen rato que nos haya podido hacer pasar, nos damos cuenta que estamos igual que cuando empezamos y que no nos han proporcionado ni una sola clave para encontrar algún sentido a la vida, aunque eso sí, a cambio nos hemos echado unas risas, que siempre compensa. Si persistimos en el interés por averiguar algo, la alternativa sería acudir a la biblioteca más cercana y echar un vistazo a alguno de los muchos libros de autoayuda existentes (con un poco de suerte están todos prestados o no tienen ninguno), pero no nos engañemos, hay que tener una mentalidad muy “americana” para que este tipo de libros nos ayude realmente en algo, aunque ¿quién sabe? ¡Al ritmo que vamos…!
Aún a riesgo de malograr la buena imagen que podáis haberos hecho de mí a lo largo de este tiempo de confidencias, he de admitir que en una ocasión fui débil y sucumbí a la tentación. Sin pensármelo dos veces, que lo de pensar suele resultar muy cansado, entré en una librería y así, sin anestesia, compré “El cielo es el límite”. ¿Qué os puedo decir? Fue hace muchos años, aún era muy joven, estaba borracho y todavía no sabía lo que eran las SGAE… pecadillos de juventud. El libro como os podéis imaginar no me fue de gran ayuda pero para ser justo querría destacar dos hechos importantes respecto al libro. El primero de ellos es que me lo leí en menos de un año y aunque a simple vista pueda parecer un período muy dilatado, creedme, no lo es en absoluto, más bien al contrario, es un plazo irrisoriamente corto. ¿No os lo creéis? Bien, imaginaos que tuvieses que leer un tostón soporífero de trescientas ochenta y cuatro páginas llenas de la letra más diminuta y apretada que hayáis visto jamás, de hecho, tras leer cuatro o cinco páginas empezáis a tener la sensación que no son trescientas ochenta y cuatro, que en realidad son cerca de veinte mil y que en cada una de esas veinte mil páginas os estuviesen repitiendo de manera incesante los mismos tres conceptos que os resumo en un par de simples líneas:
“Chavalotes, sois la leche, tenéis un potencial enorme que a poco que lo utilicéis os permitirá conseguir todo cuanto os prepongáis, incluso acabar el libro. Así que no desfallezcáis y ánimo, que el cielo lo tenéis ahí, a vuestro alcance. Y como estoy convencido de ello os lo voy a repetir una y otra vez hasta que también lo hagáis vosotros. Chavalotes, sois la leche, tenéis un potencial enorme que a poco que lo utilicéis os permitirá conseguir todo cuanto os prepongáis…”
Y así página tras página, frase tras frase, palabra tras palabra, letra tras letra, hasta el sopor y más allá… ¿Qué, os sigue pareciendo un período dilatado? ¡Os reto a que lo leáis en menos, listillos! La segunda cuestión os va a dejar un tanto boquiabiertos: el libro funciona. Sí, después de todo lo dicho el libro funciona, o al menos a mí me funcionó; y es que es tal la felicidad que se experimenta cuando al fin se termina la última página que puedo asegurar que nunca en mi vida me he sentido tan pleno y tan cerca del éxtasis absoluto como en aquella ocasión. No es solo que alcanzase el cielo, es que lo sobrepasé con creces, de hecho me pareció ver montones de angelitos y querubines tocando la lira muy por debajo de mi. Aún tiemblo y se me pone la carne de piel de gallina al recordarlo…
Tras mis dos fracasos anteriores y como aún persistía el interés por encontrar respuestas, decidí ponerme analítico y estudiar la vida exclusivamente desde el lado de los hechos, dejando de lado los sentimientos con el objeto de ser lo más científico e imparcial posible. Dicho y hecho, durante semanas me puse manos a la obra aunque he de reconocer que los resultados alcanzados no fueron demasiado halagüeños. Ya antes de nacer nos pasamos un montón de tiempo en un habitáculo que para ser generoso calificaré como muy poco confortable. El alojamiento es ruidoso, oscuro, tremendamente estrecho y por si esto no fuera suficiente, tiene humedades. Garitos mejores que ese han sido clausurados por insalubres…
Con semejantes condicionantes lo mejor que podemos hacer es nacer cuanto antes y hablo desde la experiencia personal: soy sietemesino. Bien, estábamos en que nacemos y lejos de convertirse en una experiencia grata (al fin abandonamos las incomodas apreturas) se convierte en una experiencia para olvidar. Lo primero que notamos es una luz abrumadora y digo notamos porque es tal su luminosidad que nos hace daño, imposibilitándonos por completo el poder abrir los ojos. Por si esto fuese poco notamos que nos agarran por un tobillo y nos cuelgan boca abajo, y así, en esa humillante postura, aprovechando que estamos confundidos, aturdidos, cegados y lo que es peor, indefensos, llega un energúmenos y ¡zas! ¡Nos calza una hostia! ¡Si eso no es empezar con mal pie…!
Y las cosas continúan de manera similar, restregaduras constantes, introducción de dedos y enseres por orificios no pensados para ello, pinchazos continuos, sobeteos constantes… en fin, una angustia continua. Pasada esta etapa la vida sigue con las cosas propias de esa edad, es decir, dormir, comer y obrar, porque sinceramente, ¿qué otra cosa se puede hacer? No sabemos nada, no entendemos nada, comemos lo que nos dan (nada especialmente apetitoso, por cierto) y lo peor de todo, no nos cuentan dónde está el baño, con lo que no nos queda más remedio que… bueno, omitiré los detalles. Peor no se puede estar, menos mal que las pocas horas que permanecemos conscientes se hacen menos largas y aburridas gracias al empeño que ponen algunos individuos por hacer monerías y emitir ruidos raros, al principio es gracioso observarles pero dada la poca variedad que demuestran, al final también se convierte en algo tedioso. El colmo es que con todo lo aburrida que parece esta etapa, sea posiblemente una de las mejores de nuestra vida; aún no tenemos obligaciones y desconocemos cuánto tiempo falta para jubilarnos (claro, que esto tampoco es decir mucho porque tampoco lo sabemos ahora).
Al poco nos cae la niñez con lo que ésta conlleva: madrugones, cole, balonazos, deberes, mochilas de quinientos kilos, más deberes, más balonazos y algún que otro castigo. Lo mejor y peor de esta etapa es la indefensión en la que andamos, que a la vez es premio y castigo, ya que nos permite hacer las peores barrabasadas y salir con total impunidad, y cargárnosla otras sin haber hecho absolutamente nada, pero ya sabéis con qué facilidad se echa siempre las culpas a los peques. Eso sí, formamos parte de un colectivo enorme en el que nos sentimos reafirmados: el del “niño haz esto, niño haz lo otro” y si no lo hacemos, ¡zas, hostión!
Entre unas cosas y otras llegamos al fin a la adolescencia, etapa convulsa donde las haya. Somos hormonas andantes cargadas de granos, inestabilidad, inquietudes, indecisiones, incomprensiones, insuficientes y un montón más de “in” que no recuerdo en este momento. Sin olvidar la amargura provocada por el odio: "mis padres me odian, mi profesor me odia, la buenorra del quinto me odia", en fin, que entre unas cosas y otras, no se para de sufrir y la adolescencia se convierte en una vertiginosa huída hacia la juventud. Y por si con todo lo anterior no tuviésemos suficiente, encima vamos y nos enamoramos. Hala, a sufrir más; y es que a estas edades es cuando nos enamoramos de verdad, a lo bestia, porque lo de los demás son amores baldíos pero el nuestro es un amor de radionovela, de los de antes. Y cuando menos nos lo esperamos, ¡zas, otro hostión!
Ya un poco más maduros, aunque no más listos, llegamos a la juventud, momento en el que hay que tomar decisiones y empezar a forjar al hombre y la mujer del mañana. ¡Cuántas preguntas sin respuesta! "¿Estudio o no estudio? ¿Trabajo o no trabajo? ¿Ron o ginebra? ¿Silvia o Vanesa? ¿Javier o Jorge? ¿Camisa o polo? ¿Me pongo condón? ¿No me lo pongo…?" En fin, que es una etapa llena de improvisaciones, de postergar decisiones y de ir viviendo el día a día (no, si al final va a resultar que no íbamos tan desencaminados...).
Y de repente, la responsabilidad: empezamos a trabajar, ¡Yupi, ya somos becarios! Resultado de esta etapa: trabajo horrible, sueldo horrible y expectativas tristes, y nos preguntamos: “Pero, con este sueldo ¿cuándo voy a poder independizarme?”. La respuesta es fácil: dentro de tropecientos mil años. Al menos, dentro de lo malo, nos compramos un coche y quieras que no, algo nos apaña. Algún viaje, alguna novia (otra, porque la del amor eterno y verdadero se esfumó hace tiempo), algunos amigos y un no parar sin rumbo fijo; eso sí, alcohol y pelas nunca sobran., y así mal que bien, vamos tirandillo.
Tras la juventud llegamos a la madurez, la etapa “ISI”: "¿Y si nos vamos a vivir juntos? ¿Y si nos compramos un piso? ¿Y si cambiamos los muebles? ¿Y si nos casamos? ¿Y si tenemos un niño? ¿Y si…?" Ahora sí que estamos perdidos, ya no nos salva ni el Tato, nos viene todo el pack prácticamente de golpe: boda, hipoteca, coche nuevo y niños. Quiero hacer un inciso importante, es justo en este momento cuando algunos privilegiados encuentran el ansiado “sentido de la vida”, otros, de no encontrarlo en este momento, es posible que no lo encuentren hasta mucho más tarde. Bien, continúo. Estábamos en que esta etapa se suele caracterizar porque casi todo lo que hacemos son cosas que detestamos hacer, eso sí, con una enorme sonrisa, no se nos vaya a notar. ¡Qué bonito es ir a un centro comercial a comprar unos zapatitos al niño! Una hora para llegar, media hora para aparcar, tres cuartos de hora para encontrar la sección de zapatería, dos segundos para perdernos, media hora y diez llamadas de móvil para reencontrarnos, veinticinco minutos para elegir los zapatitos adecuados (nosotros los hubiésemos elegido en cinco segundos), otra media hora para pagar, media hora más para llegar hasta el coche. A todo esto habrá que sumar otros treinta y cinco minutos para conseguir salir de la trampa del centro comercial y tres cuartos de hora más para llegar a casa. Resultado: cinco horas y media con dos segundos para comprar los dichosos zapatitos, mejor no pensarlo. Y eso en un día bueno, los malos son peor: bronca en la oficina, bronca en el portal (había reunión de vecinos) y bronca en casa, y es que al final nos toca ir a cambiar los dichosos zapatitos. ¡Cómo nos gustaría estar solteros, no tener coche, no tener hipoteca, no tener niños y lo más importante de todo: no tener que ir a cambiar de nuevo los dichosos zapatitos. Y así van trascurriendo los años, entre trabajar, pelearnos con los niños y los suegros, ir a centros comerciales a comprar zapatitos y soñar con otras personas, otros mundos, otras vidas…
Y cuando nos han sacado todo el jugo y estamos hechos una piltrafilla, nos jubilamos, y como casi todas las cosas buenas de esta vida, suele llegar tarde, muy tarde. Y la pregunta nos surge sola, “¿y ahora qué? La vida no puede ser solo esto, pasar de una etapa a otra sin transición alguna para al final terminar pasando frío en Benidorm en junio, coleccionando recetas de la seguridad social, comiendo sopitas y acudiendo al médico día sí y día también”. Bueno, hay que ser optimistas, lo bueno que tiene la vejez es que con un poco de suerte dejamos de pagar al fin la sangrante hipoteca y nos libramos de los hijos los días de diario; lo de las fiestas es más complicado y no suele tener visos de solucionarse, por lo que habremos de aguantar con el tropel de hijos, hijas, yernos, nueras, nietos y nietas que nos haya tocado en gracia... En fin, en ese caso más nos vale tener una buena pensión.
Llegados a este punto y vistas así las cosas, la verdad es que no parece muy divertido esto de vivir, pero no nos preocupemos, en realidad no es así, lo que sucede es que lo hemos estado analizando con el microscopio equivocado. El verdadero sentido de la vida está en el enorme montón de cosas pequeñas que nos pasan cada día. Una sonrisa, una caricia, una canción, una puesta de sol, una conversación agradable, una caña en un bar con los amigos, la primera mirada de Pablito… Son multitud de instantes mágicos que si somos capaces de permanecer alerta y aprehenderlos, quedarán grabados para siempre en nuestra memoria y podremos sentirlos con el corazón, que es con lo que se sienten las cosas de verdad. Todos esos instantes formará parte de nosotros mismos y nos harán comprender que lo mejor de la vida es justamente eso, vivirla cada día...
Para finalizar querría mencionaros una película que habla de esto último; por cierto, la película no la he dirigido yo, lo digo por si a alguien no le gusta. Se trata de “Ojos negros” de Nikita Mikhalkov y está protagonizada por un soberbio Marcello Mastroianni y una estupenda Silvana Mangano. La película es un divertimento basado en un cuento de Anton Chekhov en el que se nos presenta a Romano Patroni, un hombre de origen humilde casado con una rica heredera. Dada la vacuidad de su vida, Romano decide irse a pasar unos días a un balneario y recuperarse de no sé muy bien qué dolencia inventada. Allí conocerá a Ana, una joven rusa de la que se enamora perdidamente… En una de las escenas de la película podemos ver que Romano, el protagonista, está comentando su vida a un personaje que acaba de conocer. Al llegar a un punto le explica que si Dios le llamase a su lado en ese preciso instante y le preguntase sobre los tres momentos que más recuerda de su vida, él lo tendría muy claro; le respondería que recordaba la nana que le cantaba su madre cuando era niño, la cara de Elisa (la que es su esposa) la primera noche y las brumas de Rusia...
Poco más puedo añadir a esto.

Hasta la semana que viene.

lunes, 15 de febrero de 2010

Las viejas fotos


Siempre me ha fascinado la fotografía. Veía las fotografías de los grandes maestros y me quedaba absorto estudiando la técnica de su composición, el enfoque, el juego de luces y sombras, las texturas… había algo mágico en cada una de ellas.
Al final decidí liarme la manta a la cabeza y me matriculé en una academia. Dos años duró la aventura y allí me dejé ingentes cantidades de tiempo y dinero, máxime cuando hube de adquirir el equipo fotográfico completo de la señorita Pepis, que se componía de cámaras, objetivos varios, ampliadora, material de laboratorio, proyector, trípodes, bolsas de transporte… prácticamente 20 metros cúbicos de material, casi nada.
Lo mejor de aquel curso es que en el segundo año había un bloque dedicado a la fotografía de glamour, ilusionante definición que significaba que había una sesión fotográfica con una modelo desnuda (o cuanto menos en lencería fina). Mi gozo en un pozo porque finalmente la modelo "oficial" (que era guapísima, por cierto) se puso mala y fue sustituida por una amiga bastante poco agraciada y con un tipo poco generoso: sin línea curva alguna. Para colmo de males era tímida, por lo que no posó desnuda y para colmo de males utilizó la lencería de la amiga, lo que implicó que hiciésemos fotos a una especie de Bimba Bosé con dodotis... Tiempo después y dado el fracaso del glamour, imprimí tarjetas de visita en las que se podía leer: Juan Fernández - Fotógrafo de glamour y desnudos. Las repartí entre amigas y conocidas con la esperanza de que alguna se interesase por el arte y me diese luz verde para desarrollar mi exultante creatividad, pero parece ser que eran poco dadas al mundo artístico y la cosa no fructificó, jamás conseguí modelo alguna.
A partir de ese momento las vacaciones dejaron de ser divertidas y pasaron a convertirse en una especia de condena. Fue milagroso el aguante que demostró mi pareja de entonces; llegué a obsesionarme tanto que llegué a pensar que el único objetivo de unas vacaciones era hacer fotos y creedme, si no lo habéis vivido, no sabéis lo que es, jajajaja. Era imposible dar un simple paseo conmigo, cada dos pasos me paraba y con ritual parsimonia montaba el trípode, colocaba el objetivo adecuado en la cámara, tomaba tropecientas mil mediciones con el exposímetro de mano y si era menester, colocaba también algún filtro (tarea lenta y pesada ya que antes de colocar el filtro había que elegirlo, jajajaja). Y ahí no acababa la cosa, a continuación había que esperar que se diese una alineación planetaria, o que las condiciones de luz y color fueran perfectas para al fin poder tomar la foto. Dado que las conjunciones planetarias se dan en escasas ocasiones, que mi economía era un tanto penosa, que el material a emplear era caro y que revelar salía por un pico, el resultado final era que en la mayor parte de las ocasiones no apretase el ansiado disparador. Y eso con las composiciones, cuando intervenían seres animados era aún peor: “ponte allí”, “sonríe”, “acércate más al gorila”, “no espera, inclínate un poco más”, “mira hacia la derecha”, “no, casi que no, mira mejor a la izquierda”, “al final creo que es mejor que vuelvas a mirar a la derecha”… en fin, que había que tener grandes dosis de paciencia para sobrellevar de manera digna semejante castigo y no explotar a los pocos minutos. ¡Cuánto amor debía tenerme la pobre chica! Ahora que soy consciente del mal causado y que ya no tengo manera alguna de compensar semejante desgaste, no dudéis que de haber sido alcalde habría puesto una calle con su nombre, de hecho sé de bastantes casos en los que se han nombrado calles por mucho menos. ¡Qué aguante! ¡Pobre mujer…!
Y tras el martirio que conllevaba el hacer las fotos llegaba el momento tenso del revelado. Una semana de espera, nervios e incertidumbre, en la que solo podía pensar en “cómo habrán quedado”. Aún recuerdo uno de mis primeros carretes. Tras arduas negociaciones con mi padre y alguna que otra mentirijilla, había conseguido que me prestase su flamante Yashica, cámara cuya característica más reseñable era que poseía la capacidad de duplicar el número de fotos del carrete, de manera que si este era de 36 fotografías (que era el que utilizaba habitualmente) era posible hacer unas 73 fotos poco más o menos. Imaginaos, setenta y pico fotos…, el paraíso para mi y el infierno para los incautos que me acompañasen o tuviesen el infortunio de situarse ante el objetivo. Creo ser fiel a la verdad si afirmo que aquel carrete fue con diferencia con el que más me he esmerado en mi vida, pasaba el día intentando hacer la fotografía perfecta, lo que significaba invertir una media de 20-30 minutos poco más o menos para cada una de ellas, ¡terrorífico! La cuestión es que conforme iba pasando el tiempo e iba haciendo más y más fotos, empecé a mosquearme porque parecía que aquel dichoso carrete no iba a acabarse nunca, siempre quedaba una más... Al final empecé a perder la paciencia y decidí ser menos riguroso, empezando a tomar fotografías algo menos elaboradas: una mano, un pie, un banco, un perro que pasaba por la calle, una farola, una señal de tráfico, una nube, ya no sabía ni a qué más hacer fotos, el carrete estaba maldito, no acababa nunca... “Pues nada, paso, lo entrego así y ya está”, me convencí. ¡Qué sorpresa al recoger las fotos! ¡36 fotos idénticas a las postales esas que venden en las que pone “Benidorm de noche”! Eran de un negro profundo precioso y aún hoy doy las gracias porque no revelaron más que 36. ¡Anda que si llegan a revelar las casi cien que hice...! Tras analizar aquello, la conclusión a l que llegué es que no debí enganchar bien el carrete al meterlo en la cámara.
Con el paso del tiempo sucedieron muchos pequeños percances más, algunos por mi culpa y otros no: diapositivas mal reveladas, pérdida de carretes, equivocaciones en los tiempos de revelado, trípodes mal asegurados con caídas desventuradas… todo un festival de pequeños incidentes, pero eso sí, os aseguro que jamás volví a “enganchar” mal un carrete. ¡Qué cosa tan maravillosa es la experiencia!
Parece lógico pensar que cuando se hacen una gran cantidad de fotos se debería ser bastante ordenado y riguroso, ¿verdad? Pues no os quiero contar el caos de carretes y fotografías que logré acumular en un par de años. Es cierto que intenté ordenarlo todo en varias ocasiones, pero en contra de lo que nos predican lo contrario, hay que admitir que con intenciones no siempre se consigue todo.
Y como la técnica evoluciona, llegaron los primeros escáneres de sobremesa. ¡Cuánto tiempo invertido escaneando cientos de fotos que se perdían poco tiempo después, cuando el disco duro, desmotivado y aburrido, decidía que no le apetecía seguir viviendo! ¡Cuánto tiempo malgastado escaneando los mismos cientos de fotos de nuevo, hasta que el nuevo disco duro decidía que no quería ser menos que el primero y decidía secundarle e irse al limbo de los discos duros también! ¡Qué momentos inolvidables cuando el escáner carísimo decidió que por qué los discos duros y él no! En fin, que tras miles de horas invertidas en digitalizar diapositivas me encontraba como al principio: sin fotos digitalizadas, sin dos discos duros, sin un escáner y sin el riñón que tuve que empeñar para pagar el escáner. Aquellos fueron tiempos amargos.
Descubrí el paraíso cuando las primeras cámaras digitales llegaron al mercado, aún recuerdo cómo encontré mi primera cámara... Fue un día en el que acudí al mercado de mi barrio a comprar unas pechugas de pollo, pedí la vez y observé la vitrina donde estaba el género para ver qué tal aspecto tenían; allí estaba, tan cuca ella, entre las salchichas de pollo y las codornices escabechadas, eran tan negra y tan nueva. No me lo pensé ni un segundo y salí de allí con mis pechugas y mi flamante cámara, y a partir de ese momento nunca más volví a elaborar una foto. Me convertí en eso que algunos llaman un hombre de acción de los de “aquí te pillo, aquí te mato” y renové por completo mi vocabulario de manera que deseché los “esperas” y me dediqué en cuerpo y alma a los “¡quieta ahí, cordera, que voy pallá!” y “marchando que es gerundio”. El resultado de aquello fue que entré en una dinámica adictiva de la que me costó mucho salir: fotografiaba todo lo que se movía (y lo que no se movía también). ¿Os acordéis del caos de carretes que os mencioné antes? ¡Pues aquello era un juego de niños comparado con los cientos de terabytes de fotografías sin orden ni concierto alguno que acumulé en pocos meses! Y es que el vicio es el vicio y el que sale viciosón... malo. Eso de apretar el botoncito y saber que no va a repercutir de manera directa en mi cuenta corriente, fue el descubrimiento de mi vida. Así que imaginaos el subidón de adrenalina que experimenté con aquellas primeras cámaras, mis posteriores parejas siempre habrán de estar en deuda con la casa Canon…
Y el final de la historia, bastantes años después, es que sigo acumulando cientos de fotos en cada viaje (aunque menos), continuo malgastando demasiado tiempo haciendo fotos (aunque menos), sigo sin disfrutar de las bodas, comuniones y eventos familiares (¿cuando me sustituirá alguien al frente de la cámara…?), los viajes siguen siendo sufridos para mis acompañantes (aunque menos), he empezando a dotar de cierto orden a la colección acumulada (aunque poco a poco) y facturo mucho menos equipaje cuando viajo en avión…
Un beso muy fuerte y ya sabéis, cuando queráis quedamos y nos hacemos unas fotos, jajajaja.

Hasta la semana que viene.

lunes, 8 de febrero de 2010

La economía



Resulta reseñable que por lo general, el concepto de macroeconomía vaya asociado a términos negativos mientras que el término de microeconomía nos es mucho más grato. La microeconomía es la parte de la economía que estudia el comportamiento económico de agentes individuales, por lo que es en este grupo donde entramos los ciudadanos de a pie, los trabajadores, las empresas, etc. Simplificando, la microeconomía es lo más parecido a la economía propia, que a la postre es la que todos y cada uno de nosotros cuidamos y mimamos, porque de su atención y cuidado depende que lleguemos a fin de mes. La macroeconomía es la parte de la economía que realiza un estudio global de la misma apoyándose en conceptos que se nos antojan mucho más lejanos, como bienes y servicios producidos, ingresos totales, nivel de empleo, recursos productivos, comportamiento de precios, etc. y suele tener un rango nacional o supranacional. Resumiendo, la macroeconomía es la economía de alto nivel que generalmente se utiliza para destrozar la economía de bajo nivel, es decir, la nuestra.
Todo esto viene a cuento de un titular que apareció en la prensa hace unos días en el que se recogían las declaraciones de Olivier Blanchard, un señor del que jamás oí hablar pero que parece ser el economista jefe de esa queridísima institución que es el Fondo Monetario Internacional (FMI para los amigos). Básicamente el titular de la noticia rezaba: “El FMI tiene la solución para España: bajar los sueldos”. Es complicado opinar sobre algo así, máxime cuando seguramente tras haber hecho ese tipo de declaración, el señor Olivier se habrá quedado tan ancho… No seré yo quien dude de la veracidad de tales declaraciones ni de la valía profesional del señor Olivier, es más, estoy seguro que si ostenta el cargo que tiene seguro que es por méritos propios, pero de lo que no tengo duda alguna es que dicha medida perjudicaría seriamente a nuestras maltrechas y reducidas microeconomías personales. Por lo que parece el señor Olivier no dijo nada más, o de hacerlo, no lo ha reflejado ninguno de los distintos medios que he consultado, lo que hace pensar aún más. Es posible que al ser profano en el tema no llegue a comprender que la solución a los problemas macroeconómicos de un país pase ineludiblemente por el recorte en los salarios de los ciudadanos, especialmente si tenemos en cuenta que estamos atravesando un ciclo de recesión y que según nos trasmiten de manera continua, para relanzar la economía resulta conveniente incentivar el consumo. Ya me explicareis vosotros cómo unimos una cosa con otra…
Resulta paradójico pensar que las personas que predican sin rubor alguno este tipo de soluciones suelen ser las mismas que generaron el problema, ¡menuda coincidencia! Por extraño que parezca, tiene su lógica pensar que si alguien causa un problema debería ser el más capacitado para saber cómo solucionarlo, basta que haga lo contrario, ¿no os parece? Lástima que las soluciones siempre cuesten mucho dinero y que, cosas de la vida, ese dinero sea siempre el de los demás, por más que los salarios de los predicadores poco tengan que ver con los salarios de los sufridores
Dado que yo siempre he pertenecido al grupo de “a los que recortan el sueldo” y que estoy habituado a pensar desde este lado, me cuesta imaginar qué es lo que se debe sentir formando parte de los del otro lado, sabiendo que podemos meter la pata cuanto queramos y que nunca llegará a afectarnos lo más mínimo: impunidad total.
Como igual es divertido, pese a que no lo parezca, vamos a probar a ponernos en su pellejo. Imaginémonos que vivimos en otro Sistema Solar, en el planeta “Chanchunfinflalandia” y que en ese mundo es posible cualquier cosa, incluso es posible ser un chunfinflaniano, que es la clase dirigente de Chanchunfinflalandia. Los chunfinflanianos son todos guapos (y si no lo son tampoco importa, es lo bueno que tiene ser chunfinflaniano), les gusta mandar (para eso son dirigentes) y poseen un gran sentido del humor, aunque es posible que para un habitante de otro mundo ese sentido del humor no se entienda demasiado. Los chunfinflanianos son gente sabia y es que ya que desde muy pequeños nacen con el don de la infalibilidad, saben que no pueden equivocarse (y si se equivocan tampoco importa mucho porque son ellos los que manejan el concepto de error). Los chunfinflanianos son seres muy ocupados y con ojeras, y es que no os creáis, eso de dirigir, adoctrinar y gestionar, desgasta lo suyo. Otra de sus características es que son seres distantes, hay quien afirma que incluso se ha llegado a ver a algún chunfinflaniano levitando. Otra característica a destacar es que gozan de impunidad total, lo que les permite actuar al margen de las leyes, especialmente si tenemos en cuenta que son ellos los redactores de las las mismas y que pueden inventarlas o modificarlas a voluntad, en el momento que más les convenga. Y finalmente la más importante de todas: poseen recursos casi ilimitados, cuestión lógica teniendo en cuenta que gestionan los recursos de todos los borreguiciudadanos del paneta. El escalafón más alto de los chunfinflanianos lo ocupa el “Mandarín Mundín”, que es el ser supremo de Chanchunfinflalandia durante un período de cuatro años. A los cuatro años justos, o antes si el Mandarín Mundín lo desea (que para eso es el Mandarín Mundín), se elige un nuevo sucesor, aunque si ha mentido bien puede volver a salir elegido de nuevo. Al Mandarín Mundín se le elige mediante votación y por regla general se ha de optar entre dos o tres candidatos (en el mejor de los casos, porque generalmente son solo dos). Antes de las elecciones los candidatos viajan por toda Chanchunfinflalandia haciendo discursos grandilocuentes, prometiendo cosas que no tienen intención alguna en cumplir y comiendo pipas. Al final suele ganar el que mejor ha mentido y a partir de ese momento ya tiene vía libre para hacer todo cuanto le plazca, como redactar nuevas leyes, dilapidar recursos, envenenar el planeta, formar su séquito personal, nombrar asesores chanchunfinflanianos, robar, estafar, insultar, prevaricar, inventar nuevos cargos y lo que es más importante, gestionar a su antojo los recursos de todos los borreguiciudadanos. Pero no todo es sencillo, hay una parte complicada que es la de gobernar, pero como exige esfuerzo y es poco gratificante, en algunos casos la suelen dejar para la parte final del mandato, optando en otros por dejársela al sucesor (siempre y cuando sea otro, claro está, en caso contrario lo dejarían para el final del siguiente mandato).
Otra de las ocupaciones en que malgastan tiempo y recursos, consiste en hacer camarillas de chanchunfinflanianos de manera que, una vez constituida la camarilla, ayudan al Mandarín Mundín en las labores descritas anteriormente. Por otra parte, el aspirante a Mandarín Mundín derrotado, también constituye una camarilla similar a la del ganador, pero dado que no tiene libre acceso a la gestión de los recursos de los borreguiciudadanos, suele entretenerse insultando y desacreditando al Mandarín Mundín, con el único ánimo de desgastarlo cuanto antes y volver a tener la oportunidad de salir elegido en una nueva elección.
Desde fuera puede parecer algo repetitivo y monótono, pero no lo es en absoluto, cuando se es chanchunfinflaniano y se está en la camarilla de Mandarín Mundín, el tiempo pasa volando y lo cierto es que los cuatro años pasan en un suspiro, y al final siempre queda una metedura de pata por hacer, una tontería por legislar, unos cuantos recursos por malgastar, alguna mentira por inventar, algún amigo por enchufar, alguna televisión por manipular, algún chanchunflinfaniano que vilipendiar, alguna guerra que declarar y lo más importante de todo, algunos borreguiciudadanos a los que adoctrinar porque no nos engañemos, que sería de los borreguiciudadanos sin sus chanchunfinflanianos… estaríamos perdidos, ellos no nos necesitan, pero ¿y nosotros? ¿Qué sería de nosotros sin sus sabios consejos? ¿Sin sus inteligentes discursos?¿O sin sus elaboradas soluciones a nuestros problemas…?
Y Chanchunfinflalandia entera vibró y vitoreó con un atronador beeee-beeeeee borreguil el sabio discurso de Mandarín Mundín, para instantes después marchar todos juntos, despreocupados y felices, a casa a descansar, que esa misma noche televisaban un buen partido de fútbol y no era cuestión de perdérselo…
¿Os suena de algo ese mundo imaginado?

Hasta la semana que viene.

lunes, 1 de febrero de 2010

La filosofía


Disculpad el retraso con el escrito de esta semana, pero las averías domésticas y los inconvenientes sanitarios se han aliado para robarme parte del tiempo que dedico a esto del blog, por lo que esta semana la cosa ha salido un poco menos elaborada que en otras ocasiones.
Hoy tontearé un poco con la filosofía. Recuerdo que era una de mis asignaturas favoritas, por no decir la favorita, aunque eso sí, en clara competencia con lo que antes se llamaba Ciencias Naturales. No sé si era un síntoma de poca personalidad o de no madurar las cosas por mí mismo, pero lo cierto es que por regla general, cada vez que leía a un filósofo comulgaba casi por completo con todo que decía. Hasta aquí no hay nada raro, lo extraño es que cuando acto seguido aparecía otro filósofo con una manera de entender las cosas diametralmente opuesta, también me mostraba de acuerdo con lo que decía, pese a estar en clara oposición al primero. A fecha de hoy, aún no tengo muy claro si aquello se debía a no tener las cosas demasiado claras, a que era muy conciliador o a que sencillamente era un “facilón”.
No suelo recomendar películas y libros (siempre hay gente muy rara por ahí que piensa que las películas las has dirigido tú), pero en esta ocasión lo haré y os recomendaré un libro para todos aquellos que gustéis de estos temas, se trata de “El mundo de Sofía” de Jostein Gaarder. Si alguno os atrevéis, por favor, comentadme qué os ha parecido cuando lo estéis leyendo.
Respecto a la filosofía, en mi opinión, deberían existir tantas filosofías como personas y es que nos guste o no, cada uno tenemos nuestro particular modo de entender las cosas y claro, así nos va. Todos los comportamientos mantenidos a lo largo de nuestra vida son realizados de una determinada manera en función de cómo pensamos y sentimos; lo que a unos les provoca rechazo a otros les encanta y a otros les deja indiferentes. A poco que tengamos algo de sentido autocrítico y que analicemos los acontecimientos, observaremos que todo, absolutamente todo, es susceptible de ser interpretado de distintas maneras, dependiendo dicha interpretación de dos factores:
  • El lado desde el que observamos el acontecimiento.
  • La afectación del acontecimiento; es decir, si el acontecimiento nos afecta directamente, si implica a terceros conocidos o si por el contrario es a terceros desconocidos a los que afecta.
Como consecuencia de esto y a modo de ejemplo, podemos concluir que, pese a la cuestión moral de si robar es lícito o ilícito, si alguien robase a un tercero desconocido para poder comer, podríamos entenderlo. Si por el contrario ese mismo sujeto robase a un tercero conocido, seríamos menos propensos a ser tan comprensivos y finalmente, si ese mismo sujeto nos robase a nosotros mismos, seríamos muy poco proclives a justificarlo. Las cosas además se complican cuando a estas particularidades sumamos los condicionantes educacionales y culturales de los que nos hemos ido impregnando día a día...
Resulta muy complicado valorar las cosas de manera justa cuando tenemos tantos condicionantes para no hacerlo, por eso es importante intentar poseer una filosofía personal sencilla, flexible y maleable, que se pueda ir adaptando a nuestra manera de entender la vida y que vaya creciendo, y evolucionando con nosotros. Tenía un amigo que decía que la filosofía es como los michelines, ambos deben crecer con nosotros.
Todos los seres humanos acumulamos vivencias y experiencias a lo largo de nuestra vida, y la suma de todas esas vivencias y experiencias son las que al final hacen que sintamos, pensemos y actuemos de una manera determinada; lo que sucede es que esas determinadas maneras debemos moldearlas y dulcificarlas de manera que nos ayuden a convertirnos en mejores personas. Tenemos la obligación de esforzarnos por mejorar día a día, intentando ser más justos, ecuánimes, altruistas, objetivos, generosos y todos los etcéteras positivos que queramos añadir. En mi caso particular sí existe ese esfuerzo por mejorar, por acortar distancias entre lo que soy y lo que quiero llegar a ser, por ser cada día un poco más justo, ecuánime, altruista, objetivo, generoso y ese montón de etcéteras más; y aunque son muy pocos los avances y enorme el camino por recorrer, sí es cierto que he conseguido mis pequeños logros y que a fecha de hoy, creo sinceramente que algo he mejorado…
Al final esto es como lo de dejar de fumar: sin sacrificio no hay victoria. Es duro y complicado eso de cambiar la forma en que entendemos y sentimos las cosas, máxime cuando llevamos toda una vida siendo como somos, pero también es cierto que cuando obtenemos un pequeño avance, por pequeño que éste sea, es estupendo sentir que el esfuerzo ha merecido la pena.
En mi caso particular he conseguido algunas mejoras: hace años era una persona un tanto infeliz e insatisfecha, quería lo que no tenía y lo que tenía no lo valoraba... en fin, un auténtico desastre. Con este equipaje era complicado lo de sentirse bien y ser feliz, que a la postre es a lo que todos aspiramos en mayor o menor medida. Os vais a reír con lo que os voy a contar ahora. Resulta que un día estaba viendo un capítulo de una serie bastante popular en aquella época que se llamaba “La hora de Bill Cosby”; básicamente era una comedia enlatada de las peripecias de una familia afro americana muy americana. En uno de los capítulos, el cabeza de familia contaba que llevaba toda la vida buscando un escritorio de madera, uno de esos con muchos cajones, tintero, persiana corredera de madera y un amplio listado de accesorios que ahora no recuerdo. El hombre explicaba que llevaba toda la vida tratando de encontrar el escritorio soñado y que aunque había visto muchos, ninguno era exacto al imaginado, cunado no le faltaba una cosa le faltaba otra, el caso es que no terminaba de encontrar el dichoso escritorio y claro, aquello le hacía bastante infeliz al hombre. Contaba que un día decidió que aquello tenía que cambiar, buscó un escritorio con algunas de las cosas que deseaba (cajoncitos de madera y persiana abatible) y lo compró. Cuando se lo llevaron a casa comentaba que se prendó de él, que lo sintió como SU escritorio, que jamás volvió a pensar en el escritorio soñado y que desde aquél día había sido un hombre feliz, ¿qué le vamos a hacer? Bill Cosby era así…
Aunque la serie era bastante flojita y los temas a tratar bastante insustanciales, a mí, particularmente, me cambió la vida. Decidí obligarme a disfrutar de lo que tenía, que era mucho, y a valorar las cosas por lo que eran, olvidándome de lo que no eran... Y la cosa es que no me ha ido tan mal, tengo la enorme fortuna de haberlo conseguido, siempre estaré en deuda con aquella serie.
Tiempo más tarde aprendí otra de las cosas importantes para esto de ser feliz. Recordándolo se me dibuja una sonrisa enorme porque resulta un tanto curioso que dos de las enseñanzas más importantes de mi vida hayan venido dadas por una teleserie y un cursillo de ventas. El curso en sí podía haber pasado sin pena ni gloria, al fin y al cabo se trataba de aprender a vender más y mejor, pero lo cierto es que a mi me encantó, me divertí un montón y además me enseñó algo tan importante como la necesario que es situar el antes que el YO. Al finalizar el curso salí de él pensando un poco más en los demás y un poco menos en mi, a escuchar más y hablar menos, y a intentar practicar eso tan raro que llamamos empatía.
Y ese es todo mi secreto, pensar más en los “tús” y valorar lo que tengo, ya veis qué simple. También es cierto que a mi filosofía particular he ido incorporando la sabiduría y experiencia de personas mucho más instruidas que yo, y que ahora, sus pensamientos se han convertido en mis pensamientos, hasta tal punto que no sabría vivir sin algunos de ellos. A modo de resumen quisiera regalaros cuatro perlas, siendo la primera de ellas la que conforma de una manera más clara mi manera de ser y de sentir la vida.
La joya de la corona pertenece, según dicen, a la cultura rusa y dice así: “Nunca enseñes a cantar a un cerdo, pierdes tu tiempo y lo que es peor, molestas al cerdo”. Sé que puede parecer una tontería pero no os hacéis idea de la cantidad de cosas a las que cabe aplicar dicha frase, lo que me ha ayudado, la de ahorro de tiempo que me ha supuesto y la de molestias que me ha evitado, jajajaja.
La segunda joya es aquello de que “nada es verdad ni mentira, todo depende del cristal con que se mira”, verdad gigantesca donde las haya que tendría que figurar con letras de oro en todos los libros de enseñanza. La tercera comentaba que “antes de juzgar a alguien hay que caminar tres lunas con sus zapatos”, pocos comentarios puedo añadir a semejante frase. Y por último una de nuestro ilustre Quevedo, que decía que “no se debe mostrar la verdad desnuda, sino en camisa”, un consejo que siempre convendría tener presente.
Y a partir de este punto sería genial que cada cual aportaseis las vuestras, me encantaría conocer y aprender de todos y cada uno de vosotros. Os invito a ello…

Y poco más, hasta la semana que viene.