lunes, 28 de junio de 2010

La abulia


Esta vez ha sido complicado, aprovechando el fresquito empecé muy temprano a remolonear con el ordenador, intentando dar con un tema interesante que poder desarrollar en el blog. Trascurridas dos horas me planteé intentar dar con un tema cualquiera, aunque no tuviese interés alguno… y ni aún así. Nada, no había manera, no se me ocurría nada. Como el tiempo pasaba y seguía en las mismas, me planteé coger una enciclopedia, abrirla al azar y con los ojos cerrados señalar un punto de la misma, a ver qué pasaba. Dicho y hecho, abrí la enciclopedia, señalé un punto y ¡zas! ¡Casualidades de la vida: la chinchilla, mi tema favorito! Solo pensar que tenía que empezar a documentarme para hablar de algo así como “la reproducción de la chinchilla verde en primavera”, me dio un perezón... Y conste que soy consciente de que podía haber sido peor, podía haberme tocado dedicar el blog al famoso “bicho bola”.
Al final tuve suerte, di la luz y me iluminé. Ya que no me apetecía hablar de nada, ¿por qué no hablaba de la abulia? Al fin y al cabo era algo que conocía muy bien y no necesitaba documentarme. Pues nada, a hablar de la abulia, aunque me sigue dando un perezón… Como por algún lado tenemos que empezar, os traslado que según la enciclopedia Salvat, la abulia se define como la nueva capital de Nigeria, ubicada en el centro del país. Se empezó a construir en 1976 en un lugar elegido por su facilidad de accesos, posición central y clima saludable... Perdonad, creo que me he equivocado, me había ido unas líneas más arriba, estaba trascribiendo lo que ponía en “Abuja (Abuya)”. De cualquier manera, ya que estoy os completo la información comentándoos que Abuja ha sustituido a Lagos como capital y que no han debido construir muy mal porque la ciudad cuenta ya con 800.000 habitantes, siendo nigerianos la mayor parte de ellos, ¡qué cosas!
Volviendo al tema, la palabra abulia viene del griego, aboulía, y se refiere a una falta o disminución de la voluntad. En psicología se define como un trastorno de la voluntad caracterizado por apatía, indecisión, descoordinación y confusión de pensamiento; vamos, que con esa sintomatología sospecho que la apatía nos afecta a casi todos en mayor o menor medida, especialmente los lunes (si es que todo coincide...). Cabe reseñar también que la apatía no se mantiene constante a lo largo del día, sufre todo tipo de fluctuaciones. Para poder demostrarlo de una manera más clara, a modo de ejemplo tomaremos un lunes cualquiera:

  • 6:30 a.m.: Incredulidad, no nos podemos creer que ya sea la hora de levantarnos. Tenemos sueño y nos queremos morir. Nivel de apatía: 0%
  • 6:50 a.m.: Seguimos rezongando en la cama, hemos conseguido abrir el ojo derecho, con el izquierdo aún tenemos problemas. Es imposible, no vamos a poder ir a trabajar. Nivel de apatía: 0%
  • 7:05 a.m.: Hemos conseguido abrir el ojo izquierdo (eso sí, a medias) y a duras penas hemos llegado hasta la ducha. Nos hemos dejado un pie en el marco de la puerta (el pie derecho para más inri), pero nos ha venido bien, el dolor nos ha hecho abrir el ojo del todo. Giramos la llave del agua caliente y mientras echamos una confortable y larga meada nos preguntamos “¿por qué…?” Mente en blanco, encefalograma prácticamente plano. Nivel de apatía: 100%
  • 7:08 a.m. Nos colamos al fin en la ducha. El agua caliente nos reconforta y nos quedamos allí sin movernos durante cinco minutos, no nos apetece movernos. Al final, en un alarde de voluntad nos decimos “¡Amos, a por ellos…!” y nos enjabonamos. Nivel de apatía: 90% 
  • 7:15 a.m.: Salimos de la ducha y nos secamos a toda leche, nos ponemos lo primero que encontramos tirado por el suelo y nos vamos a la cocina. ¡Mierda, se nos ha hecho tarde! Nivel de apatía: 1%
  • 7:16 a.m.: Vaya, ahora no queda café. Mejor, no nos daba tiempo; otra vez que vamos a llegar tarde. Nivel de apatía: 0% 
  • 7:25 a.m. Nos empotramos en el metro atestado de gente como podemos (que es mal, claro está) y nos quedamos en una posición ridícula, no nos podemos mover; si al menos pudiésemos apoyar la otra pierna, ha quedado recogida como la de una cigüeña y es francamente incómodo. “Próxima estación: Batán” oímos al tiempo que nos evadimos, preguntándonos de nuevo: ¿por qué? Instantes después nos volvemos a centrar en las cigüeñas, “¿por qué encogerán la pata? ¡Qué incómodo debe ser!" Aunque lo intentamos, no logramos entender a las cigüeñas. Nivel de apatía: 98%
  • 8:15 a.m. : Entramos a la oficina quince minutos tarde, no se nos ha dado mal del todo, ayer fueron treinta. Nos sentamos frente al ordenador y lo encendemos, mientras oímos el agudo piiiiiiii nos volvemos a preguntar "¿por qué? Y ¿por qué las cigüeñas no se apoyarán en el suelo, debe ser mucho más descansado…? ¡Joer, qué raras son las jodías!" Nivel de apatía: 99%
  • 8:30 a.m.: ¿Por qué…? Nivel de apatía: 98%
  • 9:00 a.m.: ¿Por qué? ¿Por qué…? Nivel de apatía: 99%
  • 9:35 a.m.: Cafelito en el bar y dos churros. Nivel de apatía: 0%
  • 10:10 a.m.: Introducimos la contraseña para desbloquear la pantalla. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué…? Nivel de apatía: 100%
  • 11:00 a.m.: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué…? Nivel de apatía: 100%
  • 12:00 a.m.: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué…? Nivel de apatía: 98%
  • 1:00 p.m.: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué…? Nivel de apatía: 99%
  • 1:55 p.m.: Nos abrimos, total para cinco minutos que quedan... Nivel de apatía: 2%
  • 2:05 p.m.: Crema de calabacín y solomillo al roquefort, y para beber una cerveza Sin. Nivel de apatía: 0%
  • 2:30 p.m.: ¡Joer qué sueño que nos está entrando! Se nos ha vuelto a cerrar el ojo izquierdo, tendríamos que hacérnoslo mirar. Nos tomamos un café con hielo que parece sentarnos bien; el ojo izquierdo sigue dándonos problemas… ¿por qué? Nivel de apatía: 99%
  • 3:15 p.m.: Nos sentamos de nuevo frente al ordenador. No entendemos nada, es todo tan absurdo, la vida, el trabajo... Tenemos sueño, el ojo izquierdo se ha cerrado del todo y tenemos que introducir la contraseña tres veces… "¡jodío teclado! ¡cómo se mueve el tío…!" Nivel de apatía 110%
  • 4:03 p.m.: Nos sobresalta el ruido del teléfono. ¡Joer, quién llamará a estas horas…! “Vale, perfecto allí estaré, a las ocho entonces”. Nivel de apatía: 25%
  • 4:05 p.m. Nos vamos al baño a darnos agua en la cara, a ver si nos despejamos y ya de paso hacemos unas aguas menores. Nivel de apatía: 43%
  • 4:30 p.m.: Volvemos del baño, al final fueron aguas mayores. Bueno, vamos a ver si nos ponemos y nos cunde un poco… Nivel de apatía: 14%
  • 5:00 p.m.: Decidimos dejar el informe, lo terminaremos mañana. Hacemos un par de llamadas personales. Nivel de apatía: 6%
  • 6:30 p.m.: Colgamos el teléfono. Mente en blanco… ¿qué hacemos? Decidimos terminar el informe. Nivel de apatía: 17%
  • 6:45 p.m.: Terminamos el informe y recogemos, total para quince minutos que quedan... Para no perder tiempo cerrando programas, decidimos salir a las bravas y mantenemos pulsado el botón de encendido mientras caemos en la cuenta que habíamos olvidado guardar el informe. "Bueno, no pasa nada, mañana lo haremos de nuevo", nos decimos. Nivel de apatía: 32%
  • 6:55 p.m.: Nos metemos en el metro y volvemos a pensar en la cigüeña, ¿por qué lo harán…? Nivel de apatía: 67%
  • 7:38 p.m.: Salimos del metro y nos dirigimos al bar en el que hemos quedado. Todavía no ha llegado nadie; pedimos una caña y nos acomodamos en la mesa que está frente a la televisión, al menos nos entretendremos. ¡Qué fresquita está la cerveza…! Nivel de apatía: 1%
  • 7:55 p.m.: Llega Paco. Menos mal, estábamos quedándonos dormidos. El ojo izquierdo parece que quiere reaccionar. “Paco, pídeme otra caña según vienes”. Nivel de apatía: 0%
  • 9:00 p.m.: Mareillo. Nivel de apatía: 3%
  • 10:00 p.m.: Mareo. Nivel de apatía: 13%
  • 11:00 p.m.: Mareazo. Nos queremos ir a casa y el ojo izquierdo se nos ha vuelto a cerrar. Nivel de apatía: ¿Y eso qué es...? 
  • 11:30 p.m.: Entramos en casa y nos arrastramos hasta la cama. ¡Joer, qué mareo más tonto...! Dejamos la ropa "recogida" en el suelo y nos dormimos al tiempo que dejamos escapar un último “¿pod quéee…?" Nivel de apatía: 0% Nivel de sueño: 100% 
Espero que el ejemplo (que nada tiene que ver conmigo) sirva para demostrar que la apatía no es una constante y que fluctúa según la época y el momento. A mí, particularmente, cuando más me ataca es los lunes de mañana, cuando sí o sí he de terminar el blog. En fin, lo mejor que se puede decir es que nos adaptamos y aprendemos a vivir con ella, con nuestra amiga la apatía.

Antes de cerrar el blog y para los que os hayáis quedado con interés, añadir que Abuja cuenta con aeropuerto (el Aeropuerto Internacional Nnamdi Azikiwe) y que geográficamente destaca Aso Rock, un monolito de 400 metros creado por la erosión del agua. La Sede del Gobierno, la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo y la mayor parte de la ciudad se extienden al sur de la roca, al contrario que aquí, que estamos al norte de ella. También cabe citar que entre los puntos de interés destacan la Mezquita Nacional Nigeriana y el Centro Cristiano Nacional de Nigeria. Por último, comentar que Abuja es conocida por ser la mejor ciudad planificada de África, así como por ser una de las más saludables y caras. Sin embargo, la población en las zonas semidesarrolladas de la ciudad viven en asentamientos informales como Karu. Karu, construida para albergar a los siervos de los habitantes de la capital y a las familias con bajos ingresos, no tiene agua corriente, sanidad o electricidad.

Hasta la semana que viene y para los que pronto estaréis de vacaciones, disfrutadlas, qué narices, que os las merecéis…

lunes, 21 de junio de 2010

Los olores de nuestra niñez


Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.
(Francisco de Quevedo)

Desde el instante en que supe de él, me cayó bien Quevedo. No tengo un motivo concreto, quizás su aspecto, su ingenio, sus gafitas pequeñas (no sé si en el resto de los coles ocurría, pero en el mío los dos o tres gafotas de clase formábamos una piña: nos sentábamos juntos, estudiábamos juntos, no jugábamos al fútbol juntos y en ocasiones hasta nos zurraban juntos), el caso es que siempre fue mi escritor favorito. Y de entre todas las poesías que leí en aquella época, mi preferida era sin duda la de “A una nariz”. Esta predilección no era fruto de la casualidad, más bien era fruto de la solidaridad, la naturaleza y la genética se aliaron para dotarme de una hermosa nariz, aunque lo cierto es que por suerte, gracias a las gafas, nunca nadie pareció percatarse demasiado de su tamaño, lo que la mantuvo al margen de insultos y comentarios.
Profundizando en el tema, lo cierto es que la nariz me fue creciendo con el paso de los años, especialmente en la pubertad, época convulsa en la que parecía que la capacidad de crecimiento de la misma era ilimitada, parecía no tener fin; así que entre el desarrollo nasal y la facilidad para llenarme de granos, era la viva imagen del repelente adolescente Vicente. No, sin duda no fueron los momentos más dulces de mi vida, menos mal que aquello duró solo un par de años, de haber seguido así ahora sería el Rocco Siffredi de las narices…
Es curioso pero tengo un amiguete que también anda el hombre bastante bien dotado, al menos de lo que yo conozco: de nariz (aunque ahora que lo pienso su mujer está siempre muy sonriente…). Bueno, volviendo al asunto, el otro día hablando del tema me comentó que él de pequeño tenía un gran olfato y que cuando empezó a crecerle la nariz también notó que perdió algo de olfato y que ahora ya no tenía la misma capacidad de antes (aquí me quedé también sin saber muy bien a qué se refería). Tal vez la cosa funcione así, a más nariz menos capacidad olfativa… de ser así, ¡pobre Pinocho! Cuando tenga un rato voy a bucear en Internet a ver si averiguo el mail de Adrien Brody y le envío un correo preguntándole si a él también le ocurrió lo mismo y cómo narices se ligó a Elsa Pataky.
El caso es que con pérdidas de olfato o no, de todos nuestros sentidos, es el que más vívidamente se graba en nuestra memoria; podemos olvidar caras, lugares, sabores, texturas… pero un olor es prácticamente imborrable. ¡Cómo olvidar esos viajes en metro a las siete de la mañana! ¡Esos vagones sin aire acondicionado atestados de seres humanos! Ese pensamiento colectivo de “Dios, ¿dónde me meto?”. Afortunadamente la naturaleza es sabia y no recordamos los malos olores, los sufrimos, los pasamos y los olvidamos, memorizando solo aquellos que nos son especialmente gratos; de no ser así, no volveríamos a coger nunca más el metro, jajajajaja. Y es más, a los malos olores nos acostumbramos de manera que al final no nos percatamos tanto de ellos; que es lo que le debe pasar a ese gran grupo humano alérgico al agua y al jabón, y es que parece que no, pero la mugre protege…
Estábamos en que los olores conforman uno de los recuerdos más vívidos que podemos tener, basta volver a percibir un olor que nos es grato para que evoquemos de manera clara e inequívoca los recuerdos asociados al mismo. Para demostrarlo os pediría que si disponéis de unos segundos, os relajéis e intentéis recordar algo que os haya sido muy grato y si es de cuando erais unos chavalines, mejor que mejor. Vale, ya está el rarito de siempre (¡pachasco!), recordar “Gritos y susurros” de Ingmar Bergman no me vale como ejemplo, por más que se le salten las lágrimas y evoque el olor del ambientador del cine en que la vio por primera vez.
¿Qué…? ¿Os viene algún olor a la cabeza? A mí la verdad es que me vienen muchos, pese a que algunos de ellos puedan resultar un poco extravagantes. Recuerdo el olor del pan y del café recién hecho, el olor de la “tierra mojada” justo en el momento en que empieza a llover, el olor del mar, el de la goma de borrar Milán nata, el olor a naftalina de los armarios de mis abuelos, el del jabón Heno de Pravia y Lux con el que me bañaban cuando era pequeño, el olor a leche fresca y a tortas de anís que había en la tahona del pueblo en el que veraneaba, el olor de la hierba recién cortada, el increíble olor de los bebés, el olor de la Ronquina y del linimento de Sloam (el tío bigotes) que usaba mi padre, el olor del monte al atardecer y el de la paja puesta a secar al sol, el olor a sábanas limpias, el olor a leña y fuego de la cocina de mis abuelos, el del chocolate recién hecho, el olor de la fruta y la verdura de antes (era genial cuando los tomates olían a tomates), el olor a nuevo de las cosas… son tantos y tan gratos.
Y vosotros, ¿qué olores recordáis…? No seáis rácanos, compartidlos con todos nosotros.

Hasta la semana que viene.

lunes, 14 de junio de 2010

Nuestra amiga la SGAE


Hace mucho tiempo que tenía ganas de dedicar un blog a la Sociedad General de Autores y Editores, también conocida como “la SGAE”. Hablar mal de la SGAE sería algo bastante fácil y sencillo, basta navegar un poco por la Red para darse cuenta de la clase de sentimientos que genera la citada institución, pero prefería hacerlo desde un punto de vista objetivo, con mesura y sin dejarme llevar por el apasionamiento… me ha costado casi medio año, pero al fin creo que estoy preparado para ello.
Otro motivo por el que seré muy cuidadoso es que no me apetece la idea de que me demanden, ya que según recoge wikipedia, uno de los responsables de la SGAE, Pedro Farré, declara que se denunciará toda web que albergue contenido difamatorio contra la organización, haya sido incluido o no por el responsable de la página o portal en cuestión, así que me cuidaré muy mucho de difamar a nadie de la SGAE o faltar a la verdad, que no quiero lío alguno con esos estupendos seres humanos…
Para empezar por algún sitio, haremos lo que hace cualquier persona cuando no tiene conocimiento sobre un tema concreto y quiere tenerlo, buscaremos la información en Internet utilizando para ello un buscador; y con el objeto de ser lo más objetivo posible, utilizaremos el que utiliza casi todo el mundo: Google. Ya estamos como siempre, ya tengo al rarito de siempre tocando los tachines y comentándote que él utiliza Bing. Vale, él que utilice Bing, nosotros utilizaremos Google. Abrimos el buscador e introducimos “SGAE” en la caja de texto, pulsamos “Buscar” y este es el resultado que arroja a día de hoy:
  1. En primer lugar aparece, como resulta lógico deducir, la página web de la propia SGAE. No tengo nada que decir al respecto salvo comentaros que tengáis cuidado con esta página y os explico el porqué. Veréis, con el objeto de protegerme algo mejor de los miles de virus informáticos que campan por doquier, además de programas antivirus, antiespía y antimalware, utilizo un plugin para el navegador llamado WOT (http://wot-ie.softonic.com/). Dicho plugin, que es gratuito, cataloga las páginas en función de su peligrosidad, de manera que mediante iconos de colores nos permite conocer la peligrosidad de una página antes de entrar en la misma. Para identificar si una página web es segura o no, WOT utiliza una especie de rosquilla de color; dependiendo el color de esta rosquilla puede saberse si la página web es segura (rosquilla verde), es de seguridad dudosa (rosquilla amarilla) o es muy peligrosa (rosquilla roja). Normalmente las páginas señalizadas en rojo coinciden con páginas web que practican la estafa (pishing), distribuyen programas malintencionados (es decir, programas que pueden dañar nuestros ordenadores), aplicaciones espía o virus informáticos, o que utilizan el spam como medio publicitario. Bien, la página de la SGAE tiene un aviso rojo; es decir, máxima peligrosidad. Poco más puedo comentar a este respecto…
  2. En segundo lugar aparece la wikipedia, nada que añadir salvo que me gusta la wikipedia.
  3. En tercer lugar aparece la URL: http://putasgae.info/ ¿Sabéis? No es fácil aparecer en tercera posición al hacer una búsqueda en Google. Lo que resulta más curioso de todo es que dicha web aparece con una rosquilla verde de WOT, lo que significa que es una dirección segura y confiable, ¿curioso, verdad? Quisiera aprovechar para recalcar que yo no conocía esta web antes de realizar la búsqueda, que no la he visitado jamás y que la Asociación de Internautas fue condenada a pagar una indemnización de 36.000 euros por alojar este site. (¡Glub!) 
    Por cierto, que adjunto una captura de pantalla del resultado de la búsqueda de SGAE en el buscador para demostrar que todo cuanto indico es cierto, que repito que no quiero problema alguno con esa magnífica institución.


    Como anécdota comentaros también que cuando introducimos la palabra “ladrones” en Google, a fecha de 14 de junio de 2.010 aparece el resultado que podéis observar en la siguiente imagen y que a modo de resumen os puedo indicar que en la séptima u octava referencia, según se mire, hace una referencia directa a la página web de la SGAE (con la consabida rosquilla roja). Como añadido y citando de nuevo a wikipedia, Teddy Bautista ha acusado de «fascismo» a Google por este hecho, lo que ignoro es si Google ha demandado a Teddy bautista por difamación…

    Me hubiese metido en la página web de la SGAE para trasladaros parte de su historia, pero dado que ha quedado claro que confío en el criterio de WOT (y hasta ahora me ha ido bastante bien) y que aprecio bastante la integridad de mis datos y de mi ordenador, optaré por buscar la información en fuentes alternativas, remitiéndome a wikipedia una vez más.
    Bien, aunque la institución de la SGAE tiene ya más de cien años de historia, no ha sido hasta hace 20 años cuando ha alcanzado una gran notoriedad a raíz del conflicto que le ha enfrentado a la industria electrónica por la aplicación a los nuevos soportes digitales del llamado "canon compensatorio por copia privada". Los fabricantes sugirieron en su día la introducción de una tasa genérica que compensara a los autores por las copias que realizarán los usuarios con las nuevas grabadoras de casetes y vídeo que se proponían introducir al mercado, pero al solicitar la sociedades de gestión su ampliación a los nuevos formatos, se opusieron a ello, financiando campañas publicitarias y la creación de asociaciones y elementos propagandísticos, como la famosa plataforma "Todos contra el canon", que han hecho mella en la imagen pública de la entidad, que se ha ganado el rechazo de un amplio sector de la sociedad por el cobro del llamado canon digital, cuya recaudación se reparte entre los asociados.
    Cabe citar que la abogada Verica Trstenjak del Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictaminó que el canon digital impuesto en España por la SGAE es considerado ilegal por realizarse de forma indiscriminada, tanto a empresas como profesionales para fines ajenos a la copia privada.
    Si consultamos la Constitución Española y nos dirigimos al Título I que trata sobre los derechos y deberes fundamentales, encontramos que en la Sección I el artículo 24 recoge lo siguiente:
    1. Todas las personas tienen derecho a obtener la tutela efectiva de los jueces y tribunales en el ejercicio de sus derechos e intereses legítimos, sin que, en ningún caso, pueda producirse indefensión.
    2. Asimismo, todos tienen derecho al Juez ordinario predeterminado por la ley, a la defensa y a la asistencia de letrado, a ser informados de la acusación formulada contra ellos, a un proceso público sin dilaciones indebidas y con todas las garantías, a utilizar los medios de prueba pertinentes para su defensa, a no declarar contra sí mismos, a no confesarse culpables y a la presunción de inocencia.
    Si relacionamos esto con la remuneración compensatoria por copia privada o canon por copia privada, que es una tasa aplicada a diversos medios de grabación y cuya recaudación reciben los autores, editores, productores y artistas, asociados a alguna entidad privada de gestión de derechos de autor, en compensación por las copias que se hacen de sus trabajos en el ámbito privado, observamos que la cosa tiene su miga, porque se carga por completo la presunción de inocencia. En este caso concreto y en contra de lo que recoge la Carta Magna, todos somos culpables mientras no se demuestre lo contrario… ¿Creéis de verdad que esto podría ocurrir en países del primer mundo…? ¿Qué os puedo decir? Resulta cuanto menos cuestionable el hecho de que vaya a comprar un CD para grabar las fotos de la comunión de mi sobrina Merceditas, por ejemplo, y que tenga que pagar un canon por si hago otra cosa con ese CD, de juzgado de guardia... Ya puestos y viendo que esto es Jauja, lo que no entiendo es cómo este tipo de canon no se extiende a otros hábitos de la vida cotidiana. Imaginemos la siguiente escena:

    - Hola, buenos días.
    - Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
    - Pues verá, necesitaba un par de taburetes para la cocina.
    - ¿Y ha pensado en algún tipo de taburete en concreto?
    - Nada especial, tengo una encimera alta en la cocina y quería dos taburetes para poder desayunar en ella con mi señora. En principio no tenemos pensado nada en concreto aunque nos gustaría que tuviesen ruedas y que fuesen de acero mate, la cocina la tenemos así.
    - Entiendo, en acero mate y con ruedas. Veamos, ¿necesita que tengan respaldo?
    - En realidad no, son solo para desayunar y apenas estaremos en ellas cuatro o cinco minutos.
    - Perfecto, ¿y el asiento? ¿Lo desean acolchado? ¿De plástico? ¿De madera? ¿Anatómico?
    - No, uno normal nos basta, de plástico mismo. Algo baratito y funcional, ya sabe.
    - Muy bien, pues con las características que me indica tendría el modelo “Sevilla” que sale muy bien de precio. Mire, sería este, como ve tiene ruedas de policarbonato altamente resistente, estructura de acero en mate y asiento rígido anatómico, ¿qué le parece?
    - Muy majo, me gusta… ¿Y a cuánto sale?
    - Pues sale en ochenta y tres euros más el canon.
    - ¿Qué canon?
    - El canon “por uso distinto al de taburete”.
    - No entiendo, ¿está de broma?
    - No, en absoluto. Es un nuevo canon con el que se gravan desde hace dos meses a todas las compras de taburetes que se hagan y que contempla aquellos usos que puedan hacerse del taburete y que sean distintos al de sentarse.
    - ¿Y para qué coño se puede usar un taburete si no es para sentarse?
    - Se sorprendería si le contase… Lo que puedo decirle es que de momento el canon se deriva hacia tres instituciones diferentes, que son la Sociedad General de Actividades Sexuales No Programadas (SGASNP), la Sociedad General del Bricolaje (SGB) y la Sociedad General de Armas Españolas (SGAES), con ese al final, no hay que confundirlo con la SGAE.
    - Me está vacilando. ¿Qué es? ¿Una cámara oculta…?
    - No señor, en absoluto. Piense un poco. Imagínese que se acaban de levantar y está desayunando con su mujer en el taburete. Ella lleva un camisón muy sexy que deja entrever un poco el pecho y a lo tonto a lo tonto, le entran ganas de… Y dicho y hecho, que se ponen allí mismo a procrear, sobre el propio taburete… y es justamente ahí donde entraría el canon “por uso distinto al del taburete” ya que no se puede decir que lo estuviese usando para sentarse en ese preciso momento…
    - Definitivamente me está vacilando además de no tener ni idea de cómo es mi señora...
    - ¡Que no, que no! Por otra parte, imagínese que el vecino de abajo llama a su puerta y se pone hecho un energúmeno porque juzga que pone la televisión muy alta. Y entre insulto e insulto se va violentado hasta que pierde los papeles e intenta agredirle. Usted intenta evitar la confrontación, pero el vecino se le echa encima y empieza a golpearle. Al final no le queda más remedio que defenderse y para ello engancha lo primero que tiene a mano, ¿y qué es? Efectivamente, el taburete. ¿Ve? Otro uso distinto del previsto...
    - No, si visto así…
    - Y el tercer canon, el de la SGB es bien claro. Quiere clavar un clavo para colgar un cuadro y por más que ha buscado no encuentra el dichoso martillo. Además, permítame que use a su mujer de nuevo, a la que por cierto no conozco de nada, le está volviendo loco con que para una cosa que le pide, que si nunca mueve una paja, que si tal que si Pascual... Al final, harto de la situación coge el taburete y clava el dichoso clavo con él. ¿Ve? Otro uso distinto del taburete… Si al final lo tienen todo pensado.
    - Oiga, y si yo no uso el taburete más que para sentarme, que es para lo que lo quiero, ¿qué sucede…?
    - ¿Me permite que le hable con franqueza…?
    - Sí, claro, por supuesto.
    - Bien, en ese caso se jode, así de sencillo.
    - Pues vaya. ¿Y cuánto es el dichoso canon?
    - El total de los tres canon es de cincuenta euros.
    - ¿Cincuenta euros…? Pero eso es un atraco.
    - Oiga, es lo que hay, yo no he escrito la ley y se rumorea además que van a poner un cuarto canon después del verano, aunque aún es pronto para decir nada.
    - Prefiero no saber para qué es. ¿Y esto es legal…?
    - Pues debe serlo porque es lo que hay.
    - ¿Y no se queja nadie?
    - Sí, se quejan mucho pero al final pagan, esto son lentejas, si quieren un taburete…
    - Pues a mí me parece un abuso, ¿qué quiere que le diga? Mire, gracias por la información, pero de momento voy a pensármelo, cincuenta euros por taburete me parece mucho dinero. Ya me pasaré si eso, muchas gracias.
    - No hay de qué, buenos días señor.
    Pues por surrealista que pueda parecer este ejemplo, pasan cosas mucho más extrañas en la vida real y es que ya sabéis que en muchas ocasiones la realidad supera con creces a la ficción. A modo de ejemplo y citando de nuevo la wikipedia destacar algunos casos como el sucedido en enero de 2006, en el que la organización decidió devolver los 518 euros que había hecho pagar, tras una denuncia, a la compañía de teatro Taller Cultural de Fuentepelayo (Segovia), una organización sin ánimo de lucro que se encuentra formada en su mayor parte por niños discapacitados. Aunque desde la SGAE se aseguró que el proceso fue fruto de un “error”, algunos creen que la marcha atrás fue debida a la campaña de denuncia que se levantó en los meses previos en diversos blogs y portales de internet.
    En abril del 2009, la SGAE amenazó con impedir un concierto benéfico de David Bisbal, cuya recaudación en principio iba a dirigirse íntegramente al tratamiento de un niño de 5 años aquejado del Síndrome de Alexander, si no se le entregaba el 10% de la recaudación. Finalmente, la organización pagó 5.000 € a la SGAE, pero tras aparecer la noticia en diversos medios, y ante la respuesta negativa de la opinión pública, el organismo de gestión devolvió el dinero recaudado en forma de donación.
    La prensa se hizo eco en el verano de 2009 de unas incendiarias declaraciones de políticos locales de Zalamea de la Serena (Badajoz) y Fuente Obejuna (Córdoba) según las cuales, la sociedad reclamaría 24.000 y 30.000 euros respectivamente a cada uno de esos ayuntamientos por las representaciones populares de obras clásicas del teatro español. La primera representación utilizó la adaptación de Francisco Brines, la segunda la de un autor que no es socio de la SGAE. Algo similar se oyó respecto a las fiestas de moros y cristianos de algunos pueblos del Levante.
    En fin, que como dijo Don Quijote, “con la Iglesia hemos dado, Sancho”, para los que tengáis Internet y ganas de ampliar información, hay miles de páginas en Internet que hablan ampliamente sobre el tema; eso sí, instalaros WOT y tened cuidado de no meteros en páginas que puedan resultar peligrosas para la integridad de vuestros datos y discos duros, ya sabéis, las que tengan una rosquilla roja…
    Por mi parte solo quisiera añadir que he pedido permiso a la revista El Jueves para poder publicar como foto del blog una portada suya que versa sobre el asunto (Revista El Jueves número 1521, de 19 de julio de 2006) y que en este blog no he difamado, insultado o vilipendiado a ninguna institución ni a ningún miembro de la SGAE, más bien al contrario, la SGAE me parece una respetable institución que vela por los intereses de sus afiliados y socios, personas todas ellas estupendas y respetables, a las que yo admiro y les deseo los mejores parabienes y que Dios les guarde por muchos años. Respecto a la información dada ha sido recogida de wikipedia, sin que yo haya añadido o modificado nada. Una vez salvaguardada mi integridad penal, solo me queda despedirme de todos hasta la semana que viene.
    Por cierto, que quisiera echarme una flor y felicitarme a mí mismo por haber conseguido hablar de la SGAE que he conseguido hacerlo sin mencionar a cantante alguno (ni tan siquiera ese que estáis pensando, malandrines), lo cual creo que es meritorio.
    Un fuerte abrazo para todos y en especial para la noble gente de la SGAE.

    lunes, 7 de junio de 2010

    Producto “oficial”


    Resulta increíble la profusión de camisetas de la selección española que proliferan por doquier, es casi una plaga. Esta mañana he tenido que ir a una consulta médica y en la entrada al ambulatorio había un vendedor ambulante que tenía el repertorio completo de merchandinsing de la selección española. El hombre tenía gorras, bufandas, muñequeras, mecheros, carteras, banderas, camisetas, pulseras y nos os lo perdáis, una cartera porta-preservativos con la bandera y el escudo de España (que digo yo que será para celebrar con la pareja los triunfos de la selección, o las derrotas, que para esas celebraciones tanto da). Tras sortearle y entrar como pude al centro de salud, me encuentro a dos niños de unos siete años, vendiendo papeletas del colegio para el sorteo de “la selección”, cuyos premios consistían en una televisión de plasma para no perderse ningún partido de la roja y un equipamiento completo del uniforme oficial de la selección. No sé muy bien cuántas papeletas habrán colocado pero lo cierto es que la libreta de las participaciones se veía bastante completa.
    Una vez estaba esperando mi turno en la consulta apareció un chino vendiendo CDs de música, de entre los que destacaba uno que se titulaba “Las canciones de la selección española" y aunque tuve tentaciones de echarle una ojeada (reconozco que me moría de curiosidad por saber qué canciones contenía. ¿Habría alguna de Georgie Dann? Ya me la imagino: “la selección, la selección, que ya huele a campeón…”) al final decidí dejarlo correr, no fuera a tener problemas con Ramoncín y sus Secuaces (de las SGAE, se sobreentiende). Andaba ensimismado cuando un móvil sonó en la sala de al lado, en condiciones normales no me habría llamado la atención pero en esta ocasión sí, ¿cómo no? Era el himno de España (hemos pasado del himno del Madrid al de España sin ningún tipo de transición, jajajajaja).
    Es tal lo acostumbrados que estamos que al final me sorprendió un poco comprobar que el médico no llevaba una corbata de la selección, aunque eso sí, era roja (nunca había visto un médico con una corbata roja, parece un tanto inapropiado).
    Una vez terminada la consulta aproveché para pasarme a por pan, no sin antes tener que sortear a unos niños que jugaban al fútbol vestidos todos ellos con camisetas rojas de “La Roja” idénticas a las que vendía el señor del centro de salud. Para atravesar la maraña de niños hube de poner a prueba mis dotes de super-héroe a fin de evitar que me dieran un balonazo en zonas poco recomendables para recibir balonazos y pisar uno de los abundantes recuerdos caninos hábilmente distribuidos por la acera. Por raro que pueda parecer,  conseguí llegar a la panadería sano y salvo, sin recibir balonazo alguno y lo que es mejor, sin pisar ningún recuerdo, y encima sólo tenía dos personas delante, debía ser mi día de suerte.
    La alegría duró poco, la primera persona fue relativamente rápida, tan solo tardó cinco minutos en llevarse una simple barra de pan (os prometo que no se llevó absolutamente nada más); aunque lo cortés no quita lo valiente, educada era un rato. La cosa trascurrió poco más o menos así:

    - Hola, buenos días.
    - Buenos días, ¿qué desea?
    - Verá quería una barra de pan.
    - ¿De boutique o de panificadora?
    - No sé, ¿en qué se diferencian?
    - El de boutique es pan caliente que hacemos aquí en horno propio y el de panificadora es pan que nos llega ya hecho desde la panificadora.
    - ¿Y qué diferencia hay?
    - Es pan diferente, aunque sale un poco más caro nosotros el que más vendemos es el que hacemos aquí, resulta más tierno.
    - ¿Y en cuánto sale?
    - ¿Cuál? ¿El de boutique…? Sale en sesenta y cinco céntimos.
    - ¿Y el de panificadora?
    - El de panificadora cincuenta y cinco.
    - Pues no sé muy bien, me han encargado una barra pero no me han dicho de cual…
    - Cualquiera de los dos es bueno-, aunque el tono que empleó el panadero denotaba que estaba empezando a perder un poco la paciencia-. ¿Cuál le pongo entonces?
    - No sé, ¿usted cuál se llevaría?
    - Mire, si le parece le pongo una barra de boutique que como ya le he dicho antes resulta bastante más tierno.
    - No, si le parece póngame mejor una barra de panificadora que parece estar algo menos quemado.
    - Muy bien, ¿algo más?
    - No gracias, eso es todo. ¿Cuánto es?
    - Cincuenta y cinco céntimos, caballero.
    - ¿Sabe qué? Si no le es molestia creo que al final me voy a llevar una barra de las otras, ya que me dice usted que es más tierno…
    - ¡Nos está costando decidirnos…! -recalcó con evidentes síntomas de quedarle ya muy poca paciencia-. Pues aquí tiene, son sesenta y cinco céntimos.
    - ¿Pero no dijo que eran cincuenta y cinco?
    - No señor, cincuenta y cinco céntimos era el de panificadora, el de boutique sale en sesenta y cinco.
    - Vale, vale… Aquí tiene. Veinte… treinta… cuarenta… sesenta… sesenta y dos… sesenta y tres… y sesenta y cinco… Justo.
    - Gracias.
    - Adiós, buenos días.

    Yo ya pensaba que lo peor no había pasado, pero como casi siempre: me equivocaba. La otra persona era una mujer obesa de unos treinta y pico, con obsesión compulsiva por el dulce y que no paró hasta agotar casi por completo las existencias de pasteles y bollos de la panadería. Creo que se llevó un kilo de pasteles variados, dos napolitanas de chocolate, una bamba de crema, un donuts que pidió no se lo envolviese, que se lo iría comiendo de camino a casa; un pepito, una aguja de ternera y un paquete de magdalenas artesanas (menos mal que el tío de antes ya se había ido, si llega a ver que había varias clases de magdalenas…). ¡Ah! Y cuatro barras de boutique.
    Ya iba a pedir cuando la gorda se vuelve y dice que había olvidado pedir dos bolsas de gusanitos, de las que llevaban cromos del mundial. Y ahí estaba de nuevo la selección. Resulta que la selección española también tiene gusanitos oficiales, ya me los imagino en los descansos de los entrenamientos, tumbados en el césped poniéndose ciegos a gusanitos. En fin, lo típico…
    Lo mejor es cuando ya camino de casa observo unas vallas publicitarias en las que la selección también tiene presencia. En una de ellas un conocido comercio que no es tonto nos insta a comprar un televisor de manera que si la selección española gana todo, ellos nos devuelven todo… Junto a este puedo ver otro anuncio que muestra un coche muy cuco y que reza “el coche oficial de la selección española”. Se me escapa la conclusión a la que se supone que debería llegar, aunque imagino que dado que es el coche oficial de la selección española debería desear comprarlo… (¡Las cosas de los publicistas! ¿Qué os puedo decir?). Y por último otro anuncio de un mayorista de viajes, en el que se nos ofrece un viaje a Sudáfrica para apoyar a la selección española por un módico precio de cuatro cifras. Otra cosa que no entiendo, ¿por qué habría de pagar por animar a veintidós millonarios? Pienso que lo lógico sería que nos pagasen ellos a nosotros, ¿no es así?
    Y ya confiado, cuando al fin creo haber sobrevivido a la invasión de "seleccionitis", abro el buzón de casa y lo encuentro rebosante de publicidad de “algo” de la selección española. Pero si hasta en el sobre de la correspondencia bancaria encuentro que la selección también tiene banco “oficial”…
    Por mi parte y puestos a apoyar algún producto “oficial”, me quedo sin duda con la casa Wonderbra.
    En fin, que si no era suficiente con la crisis ahora encima nos toca el mundial, y para colmo me pilla sin camiseta…


    Hasta la semana que viene.

    lunes, 31 de mayo de 2010

    Los adorables niños


    Lo cierto es que por más que nos preguntemos cómo narices ciertas cosas pueden gustar a alguien, el gusto es personal e intransferible. Prueba irrebatible de ello es que hay gente a la que le gusta Bisbal…
    Y es que en cuestión de gustos no hay ni puede haber disputas, que nos cantaba hace unas décadas Serrat; de cualquier manera lo que me resulta curioso es la facilidad que tenemos para catalogar todo en base a nuestro propio criterio, de manera que tildamos de “raro” todo aquello que no entendemos o nos es ajeno; y no es que me importe demasiado, por suerte o por desgracia siempre he estado al otro lado, englobado en ese submundo de los “raritos simpáticos” y en mi caso concreto, ha sido siempre más motivo de orgullo que de deshonor. Valga toda esta introducción para justificar mi desapego emocional hacia ciertos convencionalismos sociales generalmente aceptados; especialmente en lo que se refiere a niños y perros. En este caso y dado que el blog trata sobre los adorables niños, dejaré los perros al margen, aunque eso sí, me comprometo a dedicarles un blog un poco más adelante, que también tengo cosas que decir sobre ellos.
    Antes de seguir por derroteros que pueden granjearme enemistades eternas (hay mucho incondicional de perros y niños -en ese orden concreto además-), querría comentar que lo que trato de comentar en este blog no es hablar sobre mi gusto particular acerca de los niños, sino desmontar el mito de que son seres poco menos que celestiales.
    No osaría afirmar que en la vida de todo infante hay algunos momentos (demasiado escasos por desgracia) en que los niños se comportan y parecen angelitos caídos del cielo… pero no, no os engañéis, el 99% del tiempo restante se comportan como unos auténticos demonios con rabo concebidos en las profundas entrañas del Averno. Entiendo que esta opinión pueda parecer un tanto cruel, pero por propia experiencia estoy en disposición de afirmar que por regla general los únicos que son de este parecer son sus sufridos y amorosos padres.
    Reconozcámoslo, tener hijos es la segunda mejor cosa que puede pasarnos en la vida (efectivamente, no tenerlos sería la primera), pero seamos consecuentes y concedamos que este pensamiento optimista pertenece en exclusiva a los propios padres. Sí, es así, salvo honrosas excepciones (que no dudo debe haberlas) los niños, para todos aquellos que no son sus padres, son molestos, tremendamente molestos; de hecho hay algunos que no es que sean más o menos insoportables, es que ni siquiera los aguantan sus propios padres… y si esto es así, ¿cómo pueden pretender que los aguantemos los demás…?
    Vamos a hacer un ejercicio de extrapolación corpórea e imaginémonos que somos otra persona, por poner un ejemplo imaginémonos que somos una persona feliz (que ya es un suponer complicado), que vivimos en un pisito coqueto de una ciudad de tipo medio (no mencionaré nada de si el piso es en propiedad porque no quiero complicar aún más el esfuerzo de imaginación necesario), con un trabajo en el que nos valoran (esto no es que sea difícil de imaginar, es que es prácticamente ciencia-ficción) y con un salario interesante que nos permite tener un cochecito de esos que salen en los anuncios (uno normal, no os emocionéis, nada de Ferraris, ¿vale?) y hacer un par de viajecitos al año, ¿no parece mala cosa, verdad? Sigamos imaginando que la noche anterior hemos estado cenando sushi con unos amigotes de la universidad y que nos hemos acostado algo cansados y achispados. ¡Qué gozada, la cama al fin…! Y cuando estamos en lo mejor del sueño nos despierta un llanto desgarrador, nos incorporamos sobresaltados y nos lleva unos segundos intentar comprender qué es lo que está pasando (bueno, en realidad nos lleva unos segundos intentar comprender qué está pasando porque lo cierto es que comprender, lo que se dice comprender, no comprendemos absolutamente nada). El fuerte llanto nos impide concentrarnos y la cosa empeora cuando descubrimos que además hay "algo" a nuestro lado, y por el bulto parece ser una persona (¡Dios mío! ¿Pero qué bebí yo anoche…?). Saltamos como una exhalación de la cama y aterrados nos lanzamos hacia la puerta al tiempo que buscamos torpemente el interruptor de la luz. Lo pulsamos y la luz nos ciega; no vemos nada, no comprendemos nada, tan solo oímos el insistente lloro y una voz somnolienta que se alza por encima de éste y nos dice: “¿Pero qué narices estás haciendo? ¿Quieres apagar la luz y ver qué le pasa al niño? Anda, pichurri, que yo estoy que no me tengo.” Ahora sí que sí, salimos corriendo de la habitación con la mala fortuna que al hacerlo, nos estampamos contra la puerta del pasillo y caemos semiinconscientes. Parecemos estar flotando, está todo oscuro y lo único que podemos ver es una pequeña luz que parece acercarse hacia nosotros. La luz es cada vez está más cerca y debemos guiñar los ojos para poder seguir observándola, es muy potente; cuando al fin lo ocupa todo aparece una especie de Darth Vader vestido de amarillo chillón con lentejuelas que dirigiéndose a nosotros nos dice que por haber sido una buena persona ha tenido a bien concedernos un premio que espera sepamos apreciar: una familia. Tras decir esto y sin darnos tiempo a replicar, desaparece. Nos incorporamos de nuevo y tanteando las paredes del pasillo y el chichón que nos hemos hecho, nos dirigimos a la habitación sin entender nada de nada y maldiciendo nuestra fantástica suerte, nos acercamos a la cuna que se encuentra al otro lado de la cama, tanteamos el bulto y al final cogemos el angelical niño-regalo que se encuentra en ella y que no para de obsequiarnos con su celestial llanto. “Menudo premio” –pensamos. A continuación nos dirigimos hacia la cocina, le olisqueamos (huele como a azufre), intentamos infructuosamente darle agua con un vaso de chupito (sin ningún resultado, por cierto, salvo el de empaparle todo el pecho), comprobamos el pañal por si estuviese sucio (nada, impecable), no parece tener hambre ni fiebre, por lo que una vez descartadas todas las posibles causas del lloro, optamos por ponérnoslo en el hombro al tiempo que le damos palmaditas en la espalda y le cantamos "estaba el señor don gato", a ver si con un poco de suerte son gases y los va largando poco a poco. Una hora más tarde la situación no ha cambiado en absoluto, el niño sigue llorando desconsoladamente, nosotros nos queremos morir y ya ni siquiera intentamos comprender nada, sólo queremos que la cosa esa con cuernos se calle de una vez y poder descansar un segundo... Mientras el milagro ocurre y por matar el tiempo en algo, nos dedicamos a idear y descartar todas las soluciones posibles: pegarle el chupete con superglú, llamar a la puerta del vecino y dejarlo allí, abandonarlo en una gasolinera, enviarlo a las Maldivas por SEUR Express, cerrarle la boca con tiritas infantiles, atar varios preservativos y ahorcarme con ellos… ¡La de tonterías que se nos pueden pasar por la cabeza en esos momentos extremos! Hasta que finalmente no podemos más, nos arrodillamos en el suelo y con lágrimas en los ojos gimoteamos: “por favor, Darth Vader o quien quiera que seas, perdona mis pecados, me haré misionero si lo estimas necesario, haré todo lo que tú quieras, pero por favor, haz que se calle de una vez, no puedo más, necesito dormir aunque solo sean un par de minutos…”, al tiempo que seguimos dando palmaditas en la espalda a la angelical criatura. Ahora imaginemos que la cosa con cuernos sigue y sigue a lo Duracell durante casi una hora más. Agotados, vencidos y desesperanzados nos arrastramos a la cama, ya ni siquiera nos interesa quién es el bulto de al lado, sólo queremos dormir un poco, descansar, tanta felicidad nos está matando… Al fin en la cama..., cerramos los ojos y nos hundimos en los brazos de Morfeo al tiempo que lanzamos una pregunta que no llegamos a terminar: "¿Por qué a mí, por qué…?" Segundos después (aunque en realidad ha trascurrido casi una hora), el ser angelical vuelve a regalarnos su canción, parece ser que le toca su bibe, ¡qué felices nos sentimos en ese preciso instante! ¡Qué suerte la nuestra de disfrutar de este regalo del cielo, de nuestro angelito celestial…!
    Vale, no quiero seguir machacándoos, volvamos a la realidad de nuevo y empecemos a plantearnos cuestiones sobre el tema. Yo lo hice y llegué a ciertas conclusiones que ahora os traslado:
    • Los niños NO son seres celestiales, más bien al contrario, son pequeños cabrxxxetes que parecen disfrutar mortificándonos y haciendo justo lo contrario que esperamos de ellos (y las cosas empeoran cuando crecen).
    • Los niños dan alguna satisfacción (a sus padres), muchas preocupaciones (a sus padres y a los demás) y causan muchísimas molestias (a los demás).
    • Los niños no difieren de los adultos, la mayoría son feos y antipáticos. No es bueno andar preguntando eso de “¿Qué…? ¿Qué te parece mi niño? ¿A que es guapo el jodío? ¡Se parece a mí pero en miniatura!” Por favor, si es que dan ganas de decir la verdad: "Sí, sí que es mono, la verdad. De hecho le pones en un árbol, le das un plátano y ni Félix Rodríguez de la Fuente se daría cuenta de la diferencia, daría el pego total…”
    • Por más que pueda parecer lo contrario, mentalizaos, las encuestas del CIS no mienten: las cacas de los niños no figuran entre las principales preocupaciones de la sociedad, por favor, no necesitamos saber cómo son las caquitas de vuestros retoños.
    • Aunque pueda parecer una proeza genética, no lo es; efectivamente, el 99% de los niños usa una talla mayor que la que marca su edad, no nos lo contéis más veces, por favor ¿podríamos cambiar ya de tema?
    • Muy importante: ver cómo el niño se mea en el sillón de nuestra casa no nos hace gracia alguna y mucho menos ver cómo nos llena de chocolate toda la silla, la alfombra, la chaqueta y la pared… En vuestra casa quizás sea divertido, en la de los demás, no ¿Podríais darle de comer en la bañera, por favor?
    • No es emocionante tampoco coger al niño todo sudadito y estar ahí sonriendo como un tonto mientras aguantamos estoicamente que la criatura nos machaque los testículos a patadas al tiempo que nos babea toda la camisa. De verdad, entiendo que a sus padres les parezca lo más emocionante del mundo, pero es que veréis, este tipo de sentimientos son exclusivos e intransferibles, no nos obliguéis a pasar por ello.
    • Es un hecho científicamente demostrado que dormir es una necesidad fisiológica para el ser humano. El sueño del bebé es algo mágico, de hecho es uno de esos escasos momentos que los hacen parecer ángeles; por favor, disfrutadlos de manera intima, son momentos inolvidables. Ahora, eso sí, sufrid también íntimamente los momentos en que no lo hagan, no es necesario compartir esos momentos con personas ajenas a la familia, no los valoran de la misma manera…
    • Los niños tienen un sexto sentido para identificar de manera inequívoca la manera en que más pueden tocar los testículos al personal; por favor, controladlos, no es bueno andar tocando zona tan sensible a personas que nada tienen que ver con vosotros, al fin y al cabo ellos no tienen culpa alguna de que se os olvidase poneros el preservativo aquella noche…
    • Todos los niños eructan, se tiran pedos, gatean, andan, sonríen, miran fijamente, lloran y hacen monadas, no es necesario contar cada una de ellas (insisto en lo de las encuestas del CIS, son temas que hoy por hoy no interesan demasiado a la opinión pública).
    • Y lo peor de todo, no olvidéis que los niños nacen, crecen y se convierten en algo mucho peor: adolescentes insoportables. Por favor, no nos llenéis el mundo de adolescentes con bigotillo…
    Y una vez visto lo visto, ¿no pensáis hacer nada al respecto? Os lo ruego, usad medios anticonceptivos...

    Hasta la semana que viene.

    lunes, 24 de mayo de 2010

    Aquellos juegos olvidados


    Lo que hubiera dado cuando era un mico por haber tenido en mis manos una consola de última generación. ¡Menudos torneos de FIFA que podríamos haber jugado! De cualquier manera y con la perspectiva que da el tiempo trascurrido, no cambio ni uno solo de los juegos de antes por los sofisticados y tecnológicos juegos de la actualidad.
    Yo, al igual que tantos otros, me crié en un barrio de una gran ciudad, un barrio de clase trabajadora situado en la periferia. Mi barrio era idéntico a otros tantos; era un barrio de pisos pequeños y de tabiques delgados, con una equipación nula, para cualquier cosa había que irse a la Conchinchina; un barrio en el que todos nos conocíamos y en el que todos éramos vecinos, para lo bueno y para lo malo. Dicho así parece muy negativo, pero no lo es, en absoluto, nuestro barrio era el mejor barrio del mundo. En primer lugar estaba en un enclave privilegiado, pegadito a la Casa de Campo, un parque enorme lleno de árboles y ardillas, que se atestaba de gente los domingos. Además, teníamos un montón de jardines y poseíamos dos cosas que convertían a nuestro barrio en un barrio único. Teníamos una casa abandonada muy antigua (fijaos si era antigua, que la denominábamos como “la casa de la Guerra Civil”, ya os hablaré algún día de ella) y lo mejor de todo, un guardia jurado con porra, gorra y mala leche que era el emblema del barrio. Nosotros, más que en casa, podríamos decir que vivíamos en el barrio; merendábamos cada día en una casa (siempre había una madre generosa que nos daba una rebanada de pan con Nocilla) y estábamos en la calle permanentemente, siempre había alguien con el que jugar, charlar o pelearse… ¡era genial!
    También es cierto que aquellos tiempos ayudaban, no era fácil que sucediesen las cosas que ocurren hoy en día; eran tiempos en los que los chavalillos podíamos jugar felices y despreocupados sin más temor que el que nos mangasen el balón unos gitanillos, aunque eso sí, les teníamos bastante miedo. ¿Qué más puedo decir? No teníamos Jennis, Vanesas, dinero ni juguetes sofisticados, pero lo compensábamos con una imaginación bárbara que suplía holgadamente todo lo que no teníamos...
    Jugábamos prácticamente a cualquier cosa, aunque de poder elegir, cuánto más cafre y bestia fuese el juego, mejor que mejor. Y si en el trascurso del juego alguien se lesionaba, eso era ya la repanocha. Así las cosas no es raro que muchos de los tiernos infantes (de marina) de aquella época podamos presumir de algún que otro recuerdo de guerra. Cuántas rodillas reventadas, piernas peladas y brechas en la cabeza pudimos hacernos… sí, eran tiempos salvajes.
    Entre los juegos más bestias que recuerdo estaba el de “lo que hace la madre lo hacen los hijos”, que consistía en que la "madre”, elegida por sorteo, marchaba en la primera posición haciendo “cosas difíciles” tales como saltar entre bancos bastante separados, trepar árboles y descolgarse por las ramas, pasar rodando bajo los camiones aparcados, hacer cabriolas en lo alto de los muros y por supuesto saltar al vacío desde éstos. Los demás seguíamos a la "madre" en fila, tratando de hacer en orden las mismas burradas y temeridades que ésta. La cuestión es que existían dos posibilidades, que nos saliese bien el ejercicio, lo que nos permitiría conservar nuestra posición en la fila, o que nos saliese mal y que terminásemos con nuestros huesos en el suelo. Si el “pequeño accidente” nos permitía seguir, nos colocaríamos en última posición de la fila y continuábamos como si allí no hubiese pasado nada, y de no poder seguir por necesitar algún que otro punto de sutura, quedábamos eliminados de la prueba, claro está. Al final, la “madre”, tarde o temprano sufría también un accidente, lo que conllevaba la pérdida de su estatus de privilegio y pasaba al último lugar de la cola, de manera que el que le precedía recogía el papel de “madre”. Ni que decir tiene que si uno quería conservar el rango, debía ser capaz de superar grandes retos... Llegamos a hacer cosas impensables y  a saltar desde alturas considerables, y lo que resulta increíble es que jamás nos rompimos una pierna ninguno (eso sí, brazos cayeron dos). Aquel juego me hizo comprender la verdad de una de las frases que más me repetían en casa y qué básicamente se podía resumir en un: qué difícil era ser “madre”.
    Otro de los juegos de “riesgo” que practicábamos era el de “cinturón” y que consistía en que alguien, generalmente elegido por sorteo (como veis aquella época era muy democrática, todo se elegía por sorteo), escondía un cinturón, siendo tarea de los demás el encontrarlo. La gracia estribaba en que se daban tres o cuatro pistas muy genéricas (no era plan de ser muy claros) y a partir de entonces solo cabía esperar a que alguien diese con él. Como es lógico las pistas apuntaban siempre hacia una zona determinada y claro, eso implicaba que todos los que jugábamos terminásemos buscando el cinturón apiñados en el mismo sitio. La tensión era enorme porque en el momento que el afortunado “hallador” daba con el cinturón, empezaba a repartir cinturonazos a diestro y siniestro hasta que todos alcanzaban el punto de encuentro. Una buena táctica era encontrar el cinturón e ir corriendo hacia ese punto, de manera que todo el que quisiese entrar en “casa”, que era así como denominábamos esa zona segura, debía pasar por ese punto y llevarse el doloroso cinturonazo. No creáis, que cuando te enganchaban bien la cosa dolía… Por cierto, hubo gente que encontraba el cinturón, se lo metía bajo la camisa y se alejaba disimulando hacia la zona segura. Una vez allí, se apostaba en la entrada, sacaba el cinturón y al grito de "os vais a cagar" daba inicio a la masacre... Sí, había gente muy canalla, jajajajaja.
    Otra animalada de juego era el que llamábamos “el pasillo”. A este juego jugábamos generalmente en el recreo y consistía en que se hacía un pasillo formado por dos filas de niños psicópatas (que dan más miedo que los adultos), de manera que el que la “apochaba”, que es como definíamos al que la ligaba, debía atravesar el pasillo de un extremo a otro intentando en el recorrido ver claramente a alguien golpearle. Para los que no lo habéis vivido imaginaos la siguiente situación. Entramos en un pasillo muy estrecho y todo lo que vemos son manos inmóviles rodeándonos por todas partes, miremos donde miremos solo vemos manos. No vemos nada, apenas hay espacio, solo estamos nosotros y las manos. Movemos espasmódicamente la cabeza intentando alcanzar ver alguna mano golpearnos, pero es difícil, máxime cuando no paramos de sentir unos collejones enormes en la nuca. La dinámica es siempre la misma: manos inmóviles ante nuestros ojos y golpes, pescozones y golpetazos en la cabeza (ahí no valía decir eso de que en la cabeza no, que estábamos estudiando). Creedme, era difícil pillar a alguien porque todos éramos muy buenos jugando a eso; si eras malo, por la cuenta que te traía no jugabas… En definitiva, acabábamos con el cuello bastante mal y más en una ocasión alguno terminó con un ojo hinchado (era lo que tenía girarse bruscamente cuando alguien había ya lanzado el golpe).
    Otro juego era el de "churro". Se formaban dos equipos de 4 ó 5 personas y por sorteo (cómo no), se decidía quienes la apochaban. El que perdía se colocaba de la siguiente manera: el más delgado se ponía de pie, como poste. A continuación se colocaba el segundo, doblada la cintura e introducía su cabeza entre las piernas del que servía de "poste”, y así uno tras otro, hasta formar una fila. Una vez colocados el equipo contrario tomaba carrerilla y saltaba todo lo que podía, aterrizando sobre las espaldas de los sufridos receptores. La idea era hacer caer al suelo a los que aguantaban los culazos y de ser así, se volvía a empezar. En los casos en los que los riñones y las fuerzas aguantaban, el primero que había saltado decía la famosa frase de “¿churro, media manga o manga entera?” al tiempo que enseñaba al “poste” la opción escogida. Si el equipo que la ligaba acertaba la opción elegida, el equipo saltador pasaba a sustituirle de manera que las tornas cambiaban, de no ser así, vuelta a empezar de nuevo. Era un juego bestia en el que no había lugar para la compasión, se intentaba caer sobre el eslabón más débil del equipo contrario, es decir, sobre el más flojucho, a fin de reventarle y que se cayese al suelo. He de confesar que estoy seguro que muchos de los problemas de espalda que arrastro ahora debieron empezar a fraguarse en aquella época…
    Dejando un poco de lado los “cafre-juegos” cabe decir que también nos dedicábamos a juegos más tradicionales. Uno de los que más recuerdo era el "fútbol-barrio". Cualquier parecido con el fútbol real era mera coincidencia, aquello era demencial. Jugábamos en un patatal en cuesta, repleto de árboles y socavones, que prácticamente imposibilitaba dar una patada al balón sin que un árbol, un banco, un viejo o un socavón no aportaran también su pequeña contribución al juego. Goles no metíamos muchos pero eso sí, repartíamos patadas a diestro y siniestro. Hubo ocasiones en las que di más patadas a espinillas que al balón, de hecho nos pasábamos el partido tirando faltas. Y qué leches nos metíamos contra los árboles, te emocionabas, te descuidabas y ¡zas! ¡De lleno contra el árbol! Qué lejos quedaban todavía los galácticos y las ligas de las estrellas, y qué cerca aquél dentista que se forró a costa nuestra…
    Cuando estábamos más sosegados jugábamos a las canicas, noble afición que nunca me gustó demasiado (era demasiado malo) y que lo único que me acarreó fue perder ingentes cantidades de las mismas. Al final, dado que solo había uno que jugaba bien (era un tío escuchimizado que nos ganaba siempre las canicas a todos), decidimos dar de leches al canijo, quitarle nuestras canicas y jugar a juegos más movidos...
    En el mismo plano estaban las chapas. Pobre Emilio, el del bar, le teníamos frito pidiéndole siempre chapas. De hecho llegamos a ofrecernos para enseñarle a abrir las botellas sin doblar las chapas, aunque por la cara que puso cuando se lo dijimos, pareció no hacerle demasiada gracia aquél inocente comentario. Mis chapas favoritas eran las de Bitter Kas, eran más pequeñas y rápidas que el resto (las llamábamos alevines) y eran geniales para las carreras de chapas aunque también servían para los partidos de “fútbol-chapa”, eran delanteros natos…
    Durante un tiempo también estuvimos dedicados a la peonza y al yo-yo, pero en nuestro barrio salvo alguna excepción (el canijo escuchimizado de nuevo), no tuvieron demasiado éxito y es que eso de la destreza no iba mucho con nosotros que nos decantábamos sin duda por juegos mucho más rudos, jajajajaja.
    Cuando teníamos la fortuna de conseguir chicas para jugar (cosa que ocurría de pascuas a ramos, siempre estaban jugando a la goma o a dolla), solíamos jugar a juegos de equipo con ellas. Los que más nos gustaban eran el rescate (el clásico juego de coger a todos los componentes del otro equipo), el pañuelo, el escondite y el “balón prisionero”. El rescate era el mejor con diferencia. Eso de correr tras las chicas era tan fácil... apenas corrían. Y luego estaba lo de cogerlas, nos hemos ganado cada torta… a veces con razón y otras veces sin ella. La cuestión es que uno corre tratando de coger a alguien y claro, en muchas ocasiones no se coge del sitio más adecuado (o sí, según se quiera ver) y pasaba lo que tenía que pasar: ¡Zas, hostión! Ese sí que era un juego de riesgo, terminábamos con más arañazos y moratones que con todo el resto de los juegos juntos. Y a eso hay que añadir las rencillas que se producían dentro de un mismo equipo, si había alguna chica que se “dejaba” un poco más, todos a por la misma… Y ya sabéis lo que es la competencia, generalmente la cosa terminaba en auténticas peleas campales que para sí hubiera querido el National Geographic, máxime cuando esa chica que se "dejaba" era la novia o hermana de alguien. He de admitir que yo nunca cogí de lugares inapropiados a nadie, era demasiado tímido y respetuoso como para hacerlo; y si bien es cierto que no tuve nunca esa satisfacción también es cierto que nunca me fui a casa con un ojo hinchado, vaya lo uno por lo otro…
    Y por último, tras los juegos de riesgo y los de equipo, entramos en los "juegos-herramienta", que se caracterizan porque para participar de los mismos era necesario que nuestro padre tuviese una buena caja de herramientas y que además ésta, no estuviese cerrada con llave. Por la complicación en su fabricación destacaba el monopatín, que estaba contruido a partir de un palo de escoba redondo, una tabla de madera lo suficientemente grande como para que pudiésemos sentarnos sobre ella, tres rodamientos y tres tacos de madera. Éramos genios haciéndolos. La parte negativa es que los rodamientos, que era lo que se utilizaba como ruedas, eran caros y duraban poco... eso sí, mientras duraban era una gozada. También cabe mencionar aquí los pimball artesanales. Una madera, un taco de madera, clavos, dos pinzas de la ropa y un montón de bolas, y nos hacíamos unos pimball que ríete tú de los de ahora. Ya en el apartado de armas de combate cabe citar los nunchakus, un palo de escoba de nuevo, una sierra, dos alcayatas y una cadena corta, y voilà, el arma de combate definitiva. También nos atrevimos con las ballestas de goma, menudas gomazos nos metíamos con ellas. Dentro de este género de armas arrojadizas destacan la guerra de cerbatanas (el consabido tubo del bolígrafo Bic con su correspondiente munición arrocera) y la guerra de pelotillas (una goma y billetes de metro para hacer las pelotillas). Menudos cardenales que llegamos a hacernos…
    He querido reservarme para el final el mejor juego de todos: “el juego del guardia jurado cabreado”. Como os comenté al principio nuestro barrio estaba lleno de jardines y los jardines llenos de un césped radiante deseoso de ser pisado. Así las cosas, si tenemos un césped radiante y deseoso, un guardia jurado con porra y gorra, un montón de carteles de prohibido pisar el césped y ganas de jugar, ¿qué podíamos hacer? Exacto, pisotear el césped hasta que el guardia jurado nos veía y se lanzaba hacia nosotros con la porra en la mano. Era como la vida, o corrías más o estabas vendido. Lo que corría aquel hombre, menuda forma física que tenía, seguro que habrá vivido cien años gracias a nosotros. Puede presumir sin ningún tipo de rubor, de haber corrido muchas veces delante de un guardia, jajajajaja. ¡Qué lástima que ya no queden guardias jurados con porra y con gorra! ¡Sería genial volver a hacerlo…!

    Y la próxima semana más y mejor. Un abrazo a todos, juguetones míos.

    lunes, 17 de mayo de 2010

    Las diferencias ¿insalvables?


    Cuenta una antigua leyenda hindú que existía un Dios que se sentía solo y tal era su deseo por sentirse acompañado que decidió crear unos seres que le hiciesen compañía. Todo pareció ir bien hasta que cierto día, no se sabe muy bien cómo, estos seres encontraron la llave de la felicidad, siguieron el camino hacia el Dios y se fundieron con él.
    Dios se quedó triste, estaba nuevamente solo. Reflexionó y pensó que había llegado el momento de crear al ser humano, pero temió que éste pudiera descubrir la llave de la felicidad también, encontrar el camino hacia él y volver a quedarse solo de nuevo.
    Siguió reflexionando y se preguntó dónde podría ocultar la llave de la felicidad para que el hombre no diese con ella. Tenía, desde luego, que esconderla en un lugar recóndito y apartado, un lugar donde el hombre no pudiese hallarla.
    Primero pensó en ocultarla en el fondo del mar pero al final desistió, seguro que el hombre inventaría un aparato que le permitiese llegar hasta el fondo del mar y dar de ese modo con la llave. A continuación tanteó la posibilidad de esconderla en alguna caverna de la montaña más alta, pero también desechó la idea, seguro que el hombre escalaría todas las montañas del planeta y al final daría también con ella. Pensó también ocultar la llave bajo tierra, pero al final concluyó que el hombre horadaría la Tierra y que al fin, terminaría encontrándola. A continuación tanteó ocultarla en un planeta lejano pero también descartó la idea, seguro que el hombre inventaría un ingenio espacial que le permitiría explorar el Cosmos hasta dar finalmente con ella.
    Por más que pensaba no se sentía satisfecho con ninguno de los lugares que se le ocurrían, y así pasó toda la noche en vela, preguntándose cuál sería el lugar seguro para ocultar la llave de la felicidad. ¿Dónde ocultarla…? -continuaba preguntándose al amanecer-. Y cuando el sol comenzaba a disipar la bruma matutina, al Dios se le ocurrió de súbito el único lugar en el que el hombre no buscaría la llave de la felicidad: la colocaría en el interior de cada uno de ellos, justo en el centro de su corazón…

    Me pareció un cuento precioso la primera vez que lo oí y me sigue pareciendo un cuento precioso hoy, muchos años después. Os he querido contar este cuento porque este fin de semana ha sido un poco triste, una pareja de conocidos, de esas que parecían estar hechas el uno para el otro y ser para toda la vida, se han separado. Sí, es cierto, nada fuera de lo habitual, estas cosas pasan todos los días, pero es que de verdad, parecían la pareja perfecta, tenían tantas cosas en común…
    De verdad, no entiendo por qué pasan estas cosas, es algo ilógico. Entiendo que las relaciones de pareja no son un cuento de hadas y sé que no existen los príncipes azules, es más, de hecho existen muchas más ranas/sapos que príncipes/princesas. También entiendo que las personas, los intereses y las circunstancias cambian; y que lo que ayer nos parecía blanco mañana nos pueda parecer negro. Entiendo todas esas cosas. Pero hay algo que me supera, no entiendo por qué nos empecinamos en ver lo que nos separa en vez de hacer lo más fácil: ver lo que nos une, que es mucho más. ¿Cuándo seremos capaces de comprender y disfrutar nuestras igualdades en vez de amargarnos y regocijarnos en nuestras diferencias…?
    Sí, es cierto, en muchas ocasiones los intereses de los individuos que conforman la pareja son diferentes, las circunstancias son adversas o lo más sencillo: el amor se acaba. Pero también es cierto que en otros muchos casos no y es en estos casos, donde la pena se conjuga con la frustración. ¿Pero no se dan cuenta? ¿Si se quieren y quieren lo mismo? ¿Por qué se empeñan en ver las escasas cosas que les separan y no la enorme cantidad de cosas que les unen? ¿Por qué no siguen cuidando las cosas que cuidaban hasta hacía poco…?
    Una vez me dijeron que hay ocasiones en las que el amor solo no basta, no dije nada pero lo cierto es que nunca lo entendí muy bien, porque para mí es justamente lo contrario: amar es lo que da sentido a todo. Lo que sucede es que esto no es magia, el amor no florece solo; el amor hay que cuidarlo día a día, no hay más misterios.
    No negaré que siempre he tenido una suerte descomunal, lo reconozco; todas mis parejas han sido seres humanos excepcionales y quizás por eso, consciente del milagro que ello suponía, he tratado de cuidar la relación todo cuanto he podido (aunque en ocasiones no haya sabido hacerlo, que esa es otra). De cualquier manera, siempre me he dado cuenta de mi fortuna y a modo de letanía me he repetido: “¡Joer, qué suertudo soy! De entre todos los millones de personas que pueblan la Tierra he tenido la inmensa suerte de que Menganita se haya fijado en mi y que me quiera. Lo único que puedo hacer es ser feliz, disfrutarlo y cuidar mi suerte para que no cambie. He de cuidar a Menganita, cuidarla mucho, cuidarla para que me siga queriendo, cuidándola para que nunca se arrepienta de haberme elegido a mi…”
    Y es esas estoy. Teniendo tantas cosas por las que sentirme feliz, ¿merecería la pena ser infeliz por aquellas otras que no me hacen sentirme bien? Creo que no, no compensa en absoluto. Decía un viejo proverbio que si la suerte está a favor, ¿por qué correr? Y si está en contra ¿por qué precipitarse? En definitiva, que es saludable pararse un momento y pensar en lo que tenemos (a veces se nos olvida), siempre habrá algo por lo que sentirnos bien, disfrutémoslo. Y una vez en ese punto, intentemos mejorar aquellas cosas que nos hacen infelices, esforcémonos, siempre compensa. Los milagros no ocurren todos los días y la suerte no dura eternamente. En las ocasiones en las que ocurre es bueno disfrutarlo.
    Hoy soy feliz, vivo el momento, mañana ya veremos…

    Hasta la semana que viene.