lunes, 26 de abril de 2010

Los errores


Errare humanum est, perseverare diabolicum (Séneca)
Lo que más o menos viene a decir la famosa frase de Séneca es que todos podemos equivocarnos, es admisible, está en la propia naturaleza humana, pero lo que resulta inadmisible y lamentable es no aprender del error, y  volver a “tropezar” de nuevo con la misma piedra, lo cual me parece aún más humano, si cabe. Y es que, salvo honrosas excepciones, la verdad es que no escarmentamos, parece que nos empecinamos en caer una y otra vez en los mismos errores, lo que nos convierte en auténticos “masocas” del error.
Hay alguien por ahí que muy acertadamente comentó que no quería renunciar al delicioso placer de poder equivocarse y ¿qué queréis que os diga? Comulgo totalmente con esa opinión porque dicha aseveración lleva implícita la libertad de poder elegir lo que consideremos más adecuado (es bastante peor cuando dicha posibilidad no existe, ya sabéis, eso de “son lentejas…”). Además, creo que equivocarse es la única capacidad que está al alcance de absolutamente todos los seres vivos de este planeta y lo que es aún mejor, todos la practicamos en mayor o menor medida, destacando de manera especial el género humano masculino (me pregunto por qué en general el sexo masculino tiende a equivocarse más que le femenino...). Si de verdad existiese un “dogma universal” de obligado cumplimiento, sería el de la “Santa Equivocación”, se cumple siempre, sin excepción y sin que culturas, credos, religiones o creencias influyan lo más mínimo. Decidme, ¿hay alguna otra cosa tan universal?
Bien, llegados a este punto estamos de acuerdo en que todos nos equivocamos. Vale, ya está el rarito de todos los blogs dando la nota, lo mejor es ignorarle, hacedme caso… Bueno, a lo que íbamos, estábamos en que todos nos equivocamos, algunos más que otros, pero es justamente ese continuo errar lo que nos ha llevado a aprender, evolucionar y llegar a donde hemos llegado; claro, que viendo el punto en el que nos encontramos (crisis mundial, conflictos bélicos, terrorismo, pandemias, hambrunas, calentamiento del planeta, agotamiento de recursos, etcétera) me pregunto si realmente no hubiese sido mucho mejor que hubiésemos aprendido algo menos… Es más, si a fuerza de equivocarnos es como hemos llegado a ser lo que somos, imaginaos a lo que habríamos podido llegar si no nos hubiésemos equivocado tanto, jajajajaja.
Es prodigiosa mi capacidad para divagar e ir por derroteros totalmente distintos de los pretendidos. En estos casos lo que suelo hacer es pararme, tomarme un respiro y volver a retomar el tema de la mejor manera posible.
Ahora llegamos al tema de la distintas equivocaciones, que se clasifican en dos tipos bien diferenciados:
  • Equivocación o error: Juicio falso que como todo juicio, es resultado de la reflexión.
  • Cagada: Acción que resulta de una torpeza.
La diferencia entre una y otra es que la equivocación suele ser fruto de un mal criterio o de una causalidad desafortunada, mientras que la cagada suele ser fruto de una falta de meditación total o de una mala noche. Así, si tomamos esta división y la conjugamos con los dos finales posibles que ofrece el desarrollo de los acontecimientos, bien o mal, obtenemos estas cuatro posibilidades:
  • Si meditas las cosas y aciertas, eres un as.
  • Si meditas las cosas y te equivocas, tu criterio no era el adecuado o te jugó una mala pasada el destino.
  • Si no meditas las cosas y te sale bien, tienes un suerte que te cagas.
  • Si no meditas las cosas y te sale mal, la has cagado hasta el fondo.
Perdonad la malsonancia de algunas palabras pero considero que era necesario para dejar claro el concepto. Ahora voy a exponeros otra de mis estrafalarias teorías que justamente apoya lo que acabo de exponer en el párrafo anterior, os cuento. A lo largo de mi vida he cometido errores de proporciones cósmicas y he de reconocer que en su gran mayoría han sido fruto de lo mismo: no pararme unos minutos, tomármelo con calma, valorar los pros y los contras, sopesarlos y fruto de esa reflexión, tomar una decisión al respecto. Todo lo que no he hecho de ese modo, que han sido muchas cosas, generalmente ha salido mal, muy mal. Por el contrario, cuando he aprendido (a fuerza de meter la pata hasta el fondo, claro está) a tomar mis decisiones con esta metodología, rara vez me han salido las cosas mal; es más, generalmente han tenido un final feliz (¡qué raro que queda lo de “final feliz”!) y en las escasas ocasiones en que no ha sido así, al menos no he tenido posteriormente la sensación de haberme equivocado, lo que siempre es un alivio porque los “Pepito Grillo” suelen ser bastante incómodos. No nos equivocamos cuando decidimos de manera meditada; más bien habría que asumir que las cosas a veces salen bien y a veces salen mal, que la videncia y la futurología, por más que se empeñen algunos iluminados, no existen y que cuando las decisiones han sido sopesadas, sólo queda asumir y tirar “palante”, eso sí, con la confianza que da el saber que al hemos optado por lo que nos pareció lo más adecuado y con la tranquilidad que da el no tener “Pepitos Grillos” incordiando en un oído.
Y ese es más o menos todo el quid de la cuestión, utilizar nuestro criterio y si aun así las cosas generalmente se tuercen, habrá que ir pensando cambiar de criterio, ya sabéis en cambiacriterios.com igual encontráis algún saldo :)
Ahora me pondré en plan “pollito Calimero” y soltaré eso de “es una injusticia, ¿verdad, amiguitos…?" porque no es justo que ante errores iguales, para unos tenga unas consecuencias enormes y otros se vayan de rositas… Lo único bueno que tiene el hecho de estar en la parte de los que han pagado caros los errores, es que la sensación de estar en paz con la sociedad es bastante placentera, jajajajaja.
De cualquier manera, en alguna ocasión habría sido estupendo haber tenido un poco más de cabeza y un poco menos de corazón, aunque eso sí, no habría aprendido tanto…
Y poco más puedo añadir, salvo recomendaros que por favor, os equivoquéis con cabeza y si la equivocación es grande, siempre quedarán las flores.

Un abrazo muy fuerte y hasta la semana que viene.

lunes, 19 de abril de 2010

Smargoff


Y como viene siendo habitual me ha pillado de nuevo el toro, una vez más llega el momento de publicar el blog y no tengo nada de nada; y lo que es peor, ni tan siquiera tengo claro el tema a tratar. Así las cosas he decidido rescatar un pequeño cuento que escribí, al igual que se escriben todos los cuentos, hace muchos, muchos años. Es una historia pequeña que aconteció a un hombre pequeño en una pequeña aldea centroeuropea hace muchos, muchos años. Espero que os guste.

SMARGOFF
Se llamaba Smargoff y nunca tuvo conciencia clara de quién le puso su nombre. Se esforzó muchas veces por tratar de recordar el rostro de sus padres pero por más que lo intentó jamás pudo conseguirlo, simplemente no tenía recuerdo alguno y no solo de sus caras, jamás consiguió evocar ni uno solo de esos momentos que se fijan y perduran en la memoria de todo hombre que alguna vez ha sido niño. En las noches frías del invierno centroeuropeo lloraba agazapado en su jergón al tomar conciencia de que él, Smargoff, nunca tuvo padres. Jamás recibió una caricia, nunca nadie le regaló una sonrisa, ni siquiera una palabra afectuosa; y no es que a él le importara que le maltratasen, llevaba toda su vida sufriendo vejaciones y su rechoncho y pequeño cuerpo ya se había acostumbrado. “Si al menos hubiese conocido a mi madre, recordaría su mirada, su voz, su sonrisa…” -pensaba-. Lo único que recordaba era el circo, siempre el circo, nunca conoció otra cosa. Trabajó en él desde siempre; nunca enfermó, nunca protestó ante los humillantes trabajos que había de realizar; limpiaba y alimentaba a las bestias, soportaba el infierno de mantener encendidas los bidones de carbón que mantenían templado el interior de la carpa y aún hoy, muchos años después, podía sentir vívidamente el intenso dolor de las quemaduras provocadas en el accidente, aquel en el que se le volcó encima uno de aquellos bidones hirvientes. Aún hoy percibía con claridad el olor a carne quemada, los desgarros que le produjeron aquellas brasas... Todo aquel dolor lo aguantó estoicamente, sin una sola queja, sin un solo lamento; porque el verdadero dolor, el dolor que le laceraba su alma, era el dolor que llevaba en su corazón, el dolor de la soledad…
Hoy se sentía extraño, no podía explicarlo con palabras pero percibía que había algo diferente y es que nunca antes, por motivo alguno, se había suspendido una función. Todo ocurrió el día anterior en el que Tahnia, la trapecista que tantas veces espió escondido desde un pliegue de la carpa, sufrió un accidente al no acertar el momento exacto en que el trapecio regresaba de su mortal vaivén. No había sido nada grave, una rotura y un par de contusiones, pero Tahnia era la estrella y por ello, en señal de respeto, la función de esta tarde había quedado suspendida. Y fue así, que Smargoff, por primera vez en su vida dispuso de una tarde entera para él. Se le hacía raro y aunque no sabía muy bien qué hacer, decidió escabullirse y aprovechar la luz que quedaba hasta la puesta de sol. Recordó que había oído a alguien comentar que existía un pequeño lago a un par de leguas hace el norte y decidió ir hasta allí, nunca antes había estado en un lago y tenía interés en ver cómo era. Resultaba extraña sensación que experimentaba, no llegaba a comprender el motivo pero lo cierto es que se encontraba pletórico, aquellos parajes casi virginales le transmitían una sensación placentera, se sentía tan lleno de vida… Se tumbó en una pequeña pradera y allí, entre espigas y olores, se quedó extasiado contemplando las caprichosas formas de las nubes; extendió sus pequeños brazos cuanto pudo y ya no pudo contener las lágrimas. Allí, tumbado, se abandonó a esa oleada de sensaciones y lloró todo lo que no había llorado a lo largo de todos estos años, lloró las vejaciones, los maltratos, la soledad… lloró por todo el dolor del mundo, pero sus lágrimas no eran lágrimas de pena, eran lágrimas de paz, y es que aquel paraje, los árboles, la hierba, la suave brisa, el tibio sol, las caprichosas nubes, todo aquello parecía que estuviese allí para él, que le hubiese estado esperando desde siempre, “es como si este lugar me sonriera” –pensó–.
Una vez reemprendió de nuevo el camino hacia el lago, se dedicó a observar todo cuanto le rodeaba y lo hacía con ojos nuevos; las lágrimas parecían haberle aclarado el alma y ahora era capaz de percibir las cosas de un modo diferente. Estaba embriagado por esta nueva sensación. Poco después, cuando el sol empezaba ya a declinar, alcanzó al lago. Aquel lugar era de una belleza indescriptible, era tan bello que le costaba respirar por la emoción, el sol doraba con una luz mágica la superficie del lago, que a modo de espejo la devolvía multiplicada, tiñendo todo cuanto le rodeaba. Se quedó extasiado contemplando aquello, sintió que las fuerzas le flaqueaban hasta tal punto que decidió sentarse en un pequeño promontorio cercano al agua. Le costaba pensar… se abstrajo observando la perfecta simetría de las montañas y el claroscuro de los árboles reflejados en el agua. El único sonido que le llegaba, amortiguado por la distancia, era el de unos patos que ajenos a todo lo que ocurría nadaban despreocupados en el extremo opuesto del lago... Se abandonó a aquella paz y dejó que ésta le inundase, alcanzando hasta el último recoveco de su alma, nunca antes se había sentido así, era maravilloso. Dejó vagar la mirada, libre de las ataduras de la razón hasta que reparó en el caprichoso aleteo de una mariposa que se dirigía hacia él y que tras un par de acrobacias, se posó en una de sus manos. Sintió que el corazón se le salía del pecho, nunca había visto nada tan bello y hermoso, y pensó que definitivamente esta vez la vida sí le sonreía. Se sintió tan dichoso de ser digno de que el Señor le mostrase aquello que no pudo evitar que de nuevo dos lágrimas surcaran el pequeño espacio de su enjuto rostro. La mariposa se alzó de nuevo en vuelo y tras otra par de gráciles piruetas, se posó en la otra mano, la que sufrió la peor parte de las quemaduras. Cuando ocurrió aquello, el pequeño hombre experimentó por primera vez en su vida la delicia de una caricia; el corazón le estallaba de júbilo en el interior de su pequeño pecho y podía sentir el burbujeo bullicioso de su propia sangre. Apenas se atrevía a respirar por no romper el hechizo, tenía un miedo atroz a que aquella magia se esfumase; de manera que permaneció inmóvil contemplando a la mariposa, a su mariposa, hasta que oscureció del todo. Ninguno de los dos se movía. Smargoff apenas se atrevía a respirar, solo miraba a su mariposa, aquellas sedosas alas parecían contener todos los colores del Mundo, era tal su armonía que pensó que sin duda, así habrían de ser las alas de los ángeles... Eso era, aquella mariposa era algo más que una mariposa, quizás fuese un ángel, su ángel. Con los sentidos embriagados decidió que ya nunca se separaría de ella, todo lo demás se había desdibujado y había dejado de tener importancia; todas las cosas que había sufrido, que había padecido, habían merecido la pena, le habían traído hasta aquí. Siempre, incluso en los peores momentos, había tenido la esperanza de que algún día Dios le permitiera conocer el Amor. Y ahora estaba feliz, inmensamente feliz... Allí estaba él, Smargoff, el enano desgarbado al que nadie quería, sosteniendo en su mano la esencia de la belleza, conociendo al fin lo que era el amor. Pasó toda la noche inmóvil, sin apartar los ojos de la mariposa, llorando por la dicha de poder amar. El tiempo pareció detenerse hasta que la cúpula estrellada dio paso al alba con su purpúrea majestad, y ambos, enano y mariposa, inmóviles, amantes, dieron la bienvenida a la mañana. En el pequeño corazón de Smargoff sólo había un deseo: que el tiempo se parase en aquel preciso instante, quería vivir eternamente aquel momento, lo había anhelado tanto...
De repente la mariposa aleteó un par de veces y perezosa emprendió de nuevo el vuelo. Smargoff se quedó petrificado y asustado al observar que su mariposa se alejaba. Aterrorizado se levantó, y presa de un inusitado pánico siguió a duras penas el caprichoso aleteo de aquella amada mariposa. Tropezando y arañándose con las ramas, manteniéndose a duras penas en pié, intentó a toda costa no perderla, hasta que Ella, su amada, empezó caprichosa a sobrevolar el lago. Pese a no saber nadar no dudó seguirla, decidió en una décima de segundo que no la perdería jamás, ya no podría renunciar a lo que llevaba toda su vida anhelando. Se hundió rápidamente en el agua, no braceó, simplemente se hundió… En el último instante, antes de sumergirse definitivamente, una lágrima resbalaba por su mejilla, sabía que ya nadie le podía arrebatar aquella felicidad, al fin la vida le sonreía…

Y poco más, espero que también vosotros seáis felices.
Hasta la semana que viene.

lunes, 12 de abril de 2010

Eso de hacerse mayor


Por mucho que queramos y nos empeñemos, no podemos evitarlo, cada día estamos más mayores. Y no es que eso de hacerse mayor sea una cosa mala por sí misma, en absoluto, solo por el poso de sabiduría y experiencia que nos dejan los años, ya merece la pena. Además, cumplir años siempre es una buena cosa, lo malo son los efectos secundarios o por utilizar un argot más de moda últimamente, los odiosos daños colaterales y ante éstos sólo nos quedan dos opciones:

• Asumirlos con dignidad sabiendo que forman parte natural del ciclo de la vida.
• Luchar obsesivamente contra los mismos.

Y no hay más, o los asumimos o no los asumimos, no hay más posibilidades. Por supuesto que lo cortés no quita lo valiente y que por tanto, podemos asumir dignamente las consecuencias de hacernos mayores a la vez que cuidamos también nuestro aspecto, no hay necesidad de acelerar el proceso, porque una cosa es asumir y otra estar encantado. Vamos, en una palabra, que podemos y debemos cuidarnos.
Me resulta curioso el modo en que somos capaces de cuidar algunas de nuestras pertenencias, que al fin y al cabo no son más que objetos sustituibles, en contraste con lo poco que solemos cuidarnos a nosotros mismos, que creedme, no somos en modo alguno sustituibles. Es más, en ciertas ocasiones parece que nos empleásemos con saña en lo contrario, de manera que cuando nos percatamos de los disparates cometidos suele ser ya tarde para repararlos, con lo cual ya solo queda minimizar consecuencias y aplicar parches y remiendos…
Por mi parte he optado por elegir la primera opción, asumo la edad que tengo, trato de cuidarme en lo posible y mal que bien, voy negociando día a día con el ancianito que llevo dentro. Creo que es una actitud cuánto menos más sana y saludable que caer en el mundo de la adolescencia perpetua a base de operaciones, botox, liposucciones, crecepelos milagrosos, tintes imposibles y demás elixires de la eterna juventud… De verdad, es una pérdida de tiempo y de dinero, por no decir que muchos de los tratamientos son auténticas bombas de relojería para nuestra salud, al fin y al cabo un pequeño michelín o una arruga más o menos marcada, no perjudican en modo alguno la salud, al menos la física. Al final sería conveniente llegar al convencimiento de que no hay productos ni procedimientos milagrosos, y que en el caso del pelo, lo único que realmente frena su caída es el propio suelo; de no convencernos corremos el riesgo de ser uno más de esos siesos inexpresivos que cada vez abundan más y que piensan (en realidad no son pensamientos complejos, no os preocupéis) que el estilo y la elegancia consisten en estar bronceados y estirados hasta la inexpresividad, olvidando por completo que su adolescencia pasó hace más de cuarenta años y que con sesenta años, por mucho estiramiento y botox que se lleve encima, no es edad de llevar ya minifalda.
Dejando de lado las disfunciones mentales, que no es el tema del blog, querría hacer hincapié en los cambios que en mayor o menor medida, nos terminarán afectando a todos. Los más destacables son:

Efecto de duplicidad calórica
Es sabido que el paso de los años, a través de las experiencias vividas, nos permite acumular una cierta sabiduría de la vida. Nuestro organismo, al igual que nosotros, también aprende del mismo modo, de manera que con el discurrir de los años es capaz de hacer las mismas tareas de un modo mucho más eficiente. Esto es lo que se llama optimización de recursos y procesos, y tiene especial relevancia dentro de la gestión alimentaria. Así, al cumplir una determinada edad, nuestro eficiente organismo (por no definirlo con otras palabras más gruesas) es capaz de duplicar (e incluso triplicar) la extracción de energía de cada caloría consumida, de manera que con un nada que consumamos, seremos capaces de extraer una enorme cantidad de energía, que al no ser gastada se almacenará en unos contenedores especiales llamados michelines…

Efecto de duplicidad gravitacional
Otra de los síntomas experimentados es el efecto de duplicidad gravitacional, también llamado efecto Newton y que básicamente consiste en el descolgamiento carnal producido por la fuerza de atracción terrestre. De todos es sabido que esta fuerza varía a lo largo de los años, alcanzando justamente en esta etapa los mayores valores de atracción, lo que redunda en la flacidez muscular que se manifiesta, especialmente en glúteos, brazos y pechos.

Efecto de reestructuración capilar
Otra de los síntomas de hacerse mayor es la fuerte reestructuración capilar que se sufre, siendo mucho más pronunciado este efecto en hombres que en mujeres. Durante esta etapa experimentaremos una revolución capilar en la que el pelo se retira de la parte superior del cráneo, dejándolo al descubierto, y se repliega en orejas, cejas, nariz y ombligo. El proceso resulta un tanto caótico, ya que esta reubicación no se realiza de manera ordenada, más bien al contrario, da la sensación que cada pelo fuese por su lado, creciendo en todas direcciones y convirtiendo la ordenación del mismo en una tarea prácticamente imposible…

Efecto de disfunción eólica
Otra de las características propias de esta etapa es la alta capacidad de generar corrientes eólicas internas, también denominadas flatulencias y que son provocadas por la práctica totalidad de los alimentos ingeridos. Su manifestación tiene efectos demoledores sobre las relaciones sociales, lo que en muchos casos implica sufrimiento y soledad para los individuos que lo padecen.

Efecto degustativo extendido
Cabe reseñar también la capacidad de degustar durante horas los alimentos ingeridos, hecho que quizás tenga relación con la capacidad de duplicidad calórica mencionada anteriormente. Este fenómeno puede ser acompañado en algunos casos de fuertes regüeldos y ardores de estómago pronunciados. Se han dado casos de redegustaciones de alimentos ingeridos semanas antes.

Efecto de laxitud muscular
Son frecuentes también los episodios de laxitud muscular, que se manifiestan de manera especial al llevar a cabo actividades y ejercicios practicados anteriormente, aunque evidentemente con resultados finales muy distintos. La sintomatología es clara y se divide en dos partes bien diferenciadas: la física y la mental. En primer lugar interviene la parte mental, que es la encargada de prepararnos psicológicamente para la tarea a realizar (saltar sobre un charco, subir una cuesta, echar una carrerita, mover un mueble, levantar una caja, etc.), no es una concienciación compleja ya que se trata de realizar una tarea que hemos llevado a cabo en múltiples ocasiones a lo largo de nuestra vida. Una vez preparados mentalmente es cuando entra en juego la parte física y ejecutamos la tarea en sí. Ese es justamente el momento en el que el músculo se afecta y se vuelve laxo, imposibilitando la conclusión correcta de la tarea iniciada. Es entonces, por dar continuidad a los ejemplos citados anteriormente, cuando la laxitud muscular sentida hace que nos metamos de lleno en el charco, nos paremos en mitad de la cuesta, que la carrerita no pasa de las diez o doce zancadas, que el mueble se mueve tan sólo medio centímetro y que el intento de levantar la caja se queda en eso, en intento… Generalmente la primera frase que emitimos es un “pero si esto lo hacía hace nada…”

Efecto de difusión óptica
Este efecto consiste en que dejamos de ver bien de cerca, en las distancias medias y también de lejos. La parte más dolosa, además de la defectuosa visión experimentada, es que precisamos tener varios pares de gafas: las de cerca, las de lejos, las bifocales…, lo que implica un importante quebranto económico y que nos piten de manera continuada el resto de los coches.

Efecto de dispersión auditiva
Este efecto, provocado habitualmente por la redistribución capilar producida en los pabellones auditivos, donde se incrementa de manera notable la cantidad de pelo contenida en los mismos, conlleva una importante pérdida de capacidad auditiva, dificultando enormemente la comunicación con otros individuos (de manera dramática en el caso de que el otro individuo también esté afectado de dispersión auditiva) y a subir muchísimo el volumen de la tele, lo que cabreará significativamente a los vecinos.

Efecto de disgregación cognitiva
Este efecto, producido por un deterioro de las capas externas del cerebro, hace que no nos acordemos nunca de dónde hemos dejado las llaves, lo que motivará que pasemos más de la mitad del tiempo que permanecemos despiertos, buscando las mismas. Sus consecuencias son demoledoras ya que afecta también y de manera muy acusada, al olvido de las fechas de aniversarios, lo que al ser un olvido de “alto riesgo” puede llegar a poner en peligro nuestra propia integridad física...

Efecto de la disfunción onírica
Este efecto consiste en la disfuncionalidad de los períodos dedicados al sueño y que conlleva a que estemos adormilados durante el día para desvelarnos al irnos a la cama. Es una sintomatología de difícil tratamiento, que además provocará rechazo social, la gente no suele ser muy tolerante con los ronquidos, sobre todo cuando no dejan escuchar la tele.

Efecto de micción intermitente
El último de los efectos mayores se caracteriza por la necesidad constante de ir al servicio para una vez allí, descubrir con irritación que apenas salen dos o tres gotitas. Es un síntoma que suele provocar malestar y enfado en los que lo padecen, especialmente cuando han de levantarse tres y cuatro veces a lo largo de la noche...

Además de estos hay muchos más efectos colaterales inherentes a hacerse mayor, pero como el espacio y el tiempo siguen siendo limitados, solo mencionaré uno más, el SRRP, también conocido como Síndrome de Retorno del Ratoncito Pérez y cuya principal características es la pérdida de piezas dentales, que en estos tiempos de crisis ayudan a paliar en parte la escasez de las pensiones existentes.
No me gustaría que con esta exposición quedase la impresión de que hacerse mayor es algo malo, porque no lo es, es simplemente otra etapa más, con sus cosas buenas y sus cosas malas, ni mejor ni peor que otras etapas vividas, y que como tal habremos de vivir, disfrutar y extraer todo su jugo, con la serenidad que da el no tener ya urgencias. En definitiva, que lo importante es intentar ser feliz, con arrugas o sin ellas, teniendo presente aquello que cantaba Serrat de “todos llevamos un viejo dentro…”

Hasta la semana que viene.

lunes, 5 de abril de 2010

Mal rematado


La verdad es que a poco que observemos a nuestro alrededor con cierto detenimiento salta a la vista que este, nuestro planeta, está muy mal “rematado”. Esas son el tipo de cosas que ocurren cuando se crea un mundo con prisas y en tan solo seis días… Voy a extenderme un poco en el tema porque tiene su miga, ¿El que creó todo esto trabajó durante únicamente seis días y luego descansó? ¿Y ya está? ¿Qué era, funcionario? Pues sinceramente, parece que hubiese “creado” todo a mala leche, la verdad. Ya me estoy imaginando la escena:

- A ver, un poco de silencio, por favor, prestad atención. Vamos a ver, tenemos ahí fuera una NADA muerta de risa desde hace un montón de tiempo y sería bueno hacer algo con ella, ¿quién quiere encargarse de crear un Big Bang?
- Yo, yo me encargo, porfa, que nunca he creado un Big Bang y me apetece un montón.
- Bueno, vale, encárgate tú pero no hagas como la última vez que empezaste a crear la Tierra y no la terminaste, ¿qué eso de dejar el Faro de Alejandría y el Gigante de Rodas a medias? ¿Y eso de los dinosaurios? ¡Qué manía te ha dado con lo de hacer animales tan grandes! ¡Y lo del agua salada, que despropósito! La verdad es que no estoy muy contento contigo, no te esmeraste lo más mínimo, espero que te esfuerces mucho más en esta ocasión, ¿lo harás?
- ¡Que sí, que sí! Que esta vez lo voy a hacer bien, de verdad. Además, lo de la Tierra era un rollo, no me gustaba. Lo del Big Bang es mucho más divertido, explosiones gigantes, galaxias, infinitos… ¡es guay!
- Pues mira, no. Lo estoy pensando mejor y no me fío, lo del Big Bang es un trabajo delicado y visto lo que hiciste con la Tierra… Mejor se lo voy a encomendar a Zeus que se lo merece mucho más, el otro día hizo una Eternidad y le quedó francamente bien. Tú, como castigo, vas a encargarte de crear la Tierra de nuevo, espero que de esta manera aprendas a ser más responsable y a no dejar las cosas a medias, ¿entendido?
- ¡Joooooo! ¡Qué asco! ¡Siempre me toca lo más rollo…!

¡Pues ya veis el resultado! No me gustaría parecer desagradecido pero sinceramente, podía haberle echado unos días más y haber hecho las cosas un poco mejor, o cuanto menos haber hecho un mínimo control de calidad, que algún fallo habría aparecido. Además, no lo hizo con agrado, la prueba evidente de que fue así es que ha vuelto a colárnosla de nuevo con el tema del agua salada, ¿qué más le hubiera dado que todo el agua hubiese sido dulce? Solo con el tiempo que se hubiese ahorrado en hacer tanta diversidad de aguas inútil, podría haber mejorado un montón de cosas (o haber empleado menos días, así podría haber descansado aún antes). Pensad un poco e imaginaos que sois vosotros los encargados de “crear” el agua, lo más sencillo hubiese sido crear solo una, sin más complicaciones, sin pérdidas de tiempo. Pues no, como hizo las cosas con mala leche, venga a hacer tipos de agua, que si dulce, que si salada, que si mineral, que si dura, que si blanda, que si Solán de Cabras… vamos, un caos. En fin, dejemos el tema del agua que al fin y al cabo no se puede solucionar, lo hecho, hecho está; de todas maneras, de poder intercambiar unas palabras con él, me encantaría explicarle eso de “hazlo simple, hazlo fácil”.
Otra cosa que molesta es el agravio comparativo que se da respecto a su trabajo y nuestro trabajo. De manera que el Creador de todo esto trabajo únicamente seis días en su vida y al séptimo, cansado de hacer distintos tipos de agua, descansó. ¿Y para qué las prisas? ¿Por qué no doce días, o catorce...? Y eso fue todo lo que trabajó, no se hace mención alguna que volviese hacerlo, ni tan siquiera para repasar lo hecho, que siempre se mete la pata en algo por muy Dios que se sea. Nada de nada, jubilación completa. Nosotros, en cambio, hemos de trabajar tropecientos años para poder jubilarnos (salvo que seamos políticos o banqueros) y luego ya veremos si podemos descansar, porque tal como se está poniendo el patio es muy posible que para entonces no existan pensiones y no podamos dejar de hacerlo (salvo que seamos políticos o banqueros, insisto). Y la pregunta surge sola, ¿si nos hizo a su imagen y semejanza, cómo es posible esto? En fin, misterios de “La Creación”.
Volviendo al tema que nos ocupa, me gustaría repasar algunas de las ideas que se me ocurren para una próxima Creación, o por decirlo de otra manera, para una Tierra 2.0.

El agua
No me extenderé en este punto, pero con un solo tipo de agua hubiésemos tenido más que de sobra. Sí, ya sé que al Sr. Solares y la Sra. Font Vella no les entusiasmará la idea, pero en estos casos se trata se trata del bien común y no del bien particular.

Las cuestas
Otra cosa que no entiendo es el tema de la superficie terrestre tan irregular que hay. Alguien me podría explicar ¿para qué demonios existen las cuestas? A modo de ejemplo tomemos Lisboa, a poco que quieras ir a cualquier sitio venga a subir y ¿para qué? ¿Para volver a bajar? Y digo yo, ¿no habría sido mucho más sencillo hacer un mundo plano, sin cuestas? ¡Qué manía con llenarlo todo de subidas y bajadas! ¿No es redonda la Tierra? ¡Pues ya está, se hace redonda y no se complica uno tanto! Imaginaos si el que invento el billar, en vez de hacer la bola redonda se empieza a complicar y la hace en plan Tierra, por ejemplo, ¿qué pasaría? Pues que no habría quien jugase, imaginaos la trayectoria de la bola, venga a dar saltitos. Lo más parecido que he encontrado a esa ineptitud inventando es el rugby, ¿por qué no hacer una pelota redonda como las hace todo el mundo…?

• La biodiversidad
Sí, ya sé que estamos en una época en la que queda sospechoso decir cualquier cosa negativa sobre estos temas, pero voy a hacerlo igualmente. Hay un montón de especies que están hechas a mala baba. No voy a volver a hablar de las moscas, ya hablé de ellas en un blog anterior, tan solo dejar a modo de apunte una pregunta: ¿qué aporta una mosca para el bienestar mundial? ¡Nada! Y la última, ¿a cuántas moscas tocamos por persona? Porque estoy seguro que yo debo tener las de alguien... Pero no son solo las moscas, hay un montón de especies animales (y vegetales) que no aportan absolutamente nada y que son cuanto menos, prescindibles. A modo de ejemplos citaré algunas como el bicho bola, por ejemplo, un bicho que lo único interesante que hace es convertirse en bola, pues ya me diréis donde está la gracia. Otra especie prescindible es el mosquito, que de hecho es mucho peor que la mosca porque la mosca es un animal tonto, sin malicia, que lo único que hace es eso, molestar, sin embargo el mosquito es otra cosa. Bueno no, que en realidad no es el mosquito, es la mosquita, que en cuanto te descuidas un momento te deja hecho un Cristo. No quiero olvidar a la bestia parda de muchos conductores (no, no se trata de la Guardia Civil): la avispa, animal que salvo para picar y fornicar la gorrina, no tengo ni idea del interés de la especie. Las medusas también tienen su sitio en el Olimpo de los animales prescindibles, al igual que las arañas, que de hecho y por motivos personales, es el primer animal que me hubiese cargado de la lista, un bicho lleno de patas y de ojos no es de fiar, hacedme caso (bueno, tampoco os fieis mucho eso, los políticos y banqueros tampoco son de fiar y no tienen ocho patas). Huelga decir que garrapatas, ladillas, piojos, sanguijuelas, tenias y demás especímenes parasitarios (qué curioso, se me ocurren un montón de seres humanos que encajarían perfectamente en este grupo) tampoco deberían haber tenido un sitio en el dichoso “Arca de Noé”. Otro animal con el que mucha gente estará de acuerdo conmigo en que es innecesario, es la cucaracha. ¿Para qué sirve un animal cuya única razón de ser es dar asco y sobrevivir a un holocausto nuclear? ¿Y para qué lo de sobrevivir a un holocausto, si ya no quedaría nadie a quien dar asco? Lo siento por el Sr. Cucal, pero las cosas son como son.
Ya entrando en especies más grandes mencionaré el gato. Sí, ya sé que hay mucha gente que adora a los gatos, pero ¿qué os puedo decir? Juzgad vosotros mismos, yo tengo oído que cuanto menos son raros, o al menos tienen fama de ello (y conste que esto no lo digo yo, simplemente recojo la vox populi). Al margen de que los dueños de gatos sean raros o no, ¿qué aporta un animal cuyas principales virtudes son restregarse con todo y ser independiente? Lo dejaré ahí que no quiero polémicas. Y ya que he hablado de gatos mencionaré al tradicional enemigo de éste: la rata. Este sí que es un animal dañino diga lo que diga Walt Disney; además de ser bombas víricas andantes (cuánta gente ha muerto por enfermedades que ellas han propagado), son feas; claro que para feas están las hienas que con el aspecto que tienen, cómo huelen y lo que comen, no sé de qué narices se ríen tanto…
Ahora entramos en el apartado de animales imprescindibles pero mejorables, es decir, animales que sí pintan algo pero que podrían ser mejorados. Hablemos del perro, ¿habría costado mucho que no tuviesen la capacidad de ladrar? ¡Es que tengo algunos como vecinos…! Otro animal mejorable sería la vaca, ¿no hubiese sido genial que hubiese sido más grande y hubiese tenido muchas más ubres? Si seguimos indagando nos daremos cuenta que un ciempiés, ¿para qué narices quiere cien patas? Ahí le habéis dado: para nada. En cambio, ¿no sería genial que los cerdos tuviesen cien patas? ¿O que los pollos pesasen trescientos o cuatrocientos kilos? En fin, aunque la lista de animales mejorables es muy amplia, no es plan de mencionarlos todos.

Las estaciones
¿Qué es eso de crear cuatro estaciones? ¿Para qué sirve tener un invierno y un verano además de para que se haga de oro El Corte Inglés? Una única estación, la estación cálida. Veintidós grados todo el año y nos olvidamos de abrigos, abanicos, aires acondicionados… el paraíso.

Los continentes
Otra cosa absurda, la tectónica de placas. Vamos a ver, si se hacen las cosas bien creando un único continente, Pangea, ¿para qué estropearlo y que se separe por culpa de las placas? No se hacen las placas y en paz… Adiós viajes transoceánicos.

Y como el número de mejoras es considerable y la conjunción espacio-tiempo para plasmarlas es finita, voy a dar por finalizado el blog de hoy, no sin antes ponerme un poco más serio y mencionar la especie más prescindible de todas: el ser humano. La verdad es que el mundo sería un lugar mucho, mucho, mucho mejor si no hubiésemos dado “ese pasito” y nos hubiésemos quedado en lo que en realidad somos, monos irracionales.

Hasta la semana que viene.

lunes, 29 de marzo de 2010

Los sufridos viajes


El que esté libre de no haber padecido algún viaje en su vida que tire la primera piedra… y es que en ocasiones, los viajes, lejos de ser el merecido descanso se convierten en un calvario de consecuencias imprevisibles.
Lo mejor que se puede decir de las vacaciones es que no se trabaja, lo que ya de por sí debería ser motivo más que suficiente para que cualquier ser humano medio normal fuese completa y plenamente feliz. Y aquí surge la pregunta sola, ¿siendo así, por qué narices nos empeñamos en dilapidar ese momento único haciendo lo menos conveniente, es decir, marchándonos de vacaciones? No tengo una respuesta clara a esta pregunta, pero intuyo que la cosa tiene que ver con nuestra genética: somos masoquistas.
Por contra, lo peor que se puede decir de las vacaciones es que siempre son cortas y que por más que lo intentemos, y vayamos donde vayamos, estará hasta los topes de gente. Y lo peor no es que esté todo “a reventar”, lo trágico es que dentro de ese género tan dispar que conforma la especie humana de vacaciones, abunda de manera muy especial un subgrupo cada vez más numeroso: los berzotas. No sé muy bien el porqué, pero lo cierto es que están proliferando de manera alarmante, debe ser cosa del calor, que les hace multiplicarse (otro desastre asociado al cambio climático).
¿Cuál es el fin de las vacaciones? Muy buena pregunta aunque con complicada respuesta. En teoría las vacaciones deberían constituir una extraordinaria oportunidad para estrechar lazos con los seres que amamos, es decir, nuestras parejas, hijos, amigos, etc. Y además nos debería permitir realizar actividades que nos resulten gratificantes y que por condicionantes de la vida diaria, no podemos llevar a cabo durante el resto del año. A manera de resumen podríamos afirmar que las vacaciones deberían servir para disfrutar, descansar, compartir momentos agradables con nuestros seres queridos y realizar actividades placenteras. Bien, este es el punto al que quería llegar. Os voy a rogar una mínima colaboración, por favor, contestadme todos aquellos a los que las vacaciones os sirvan realmente para lo expuesto anteriormente… ¿Alguno? ¿No os animáis? Lo que suponía, a nadie...
¿Para qué sirven las vacaciones entonces? Esta pregunta tiene una respuesta más sencilla que la anterior; las vacaciones sirven básicamente para lo mismo que la Navidad: hacernos malgastar el dinero que tanto nos ha costado ahorrar. Y no es solo que nos gastemos considerables cantidades de dinero, es que además lo gastamos en cosas absurdas en las que en otro momento del año no osaríamos gastarnos ni un céntimo.
“Después de cómo he currado, ¿cómo no me voy a dar el capricho de pillarme una buena intoxicación comiéndome una paellita de marisco en el chiringuito mugriento de al lado del puerto por ochenta euritos de nada?”. O la de “Estoy de vacaciones, ¿cómo no me voy a pedir un cubata de garrafón en ese local insalubre atestado de gente y humo por veinte eurillos?”. Al final, la frase que queda es la de “¿para qué me he matado a trabajar el resto del año?” Pues está claro, para que nos timen en verano…
Y luego otra cosa, ¿con cuánto tiempo se planean las vacaciones? Si parece que en lugar de estar reservando unas vacaciones estuviésemos reservando iglesia para casarnos. He visto realizar reservas con casi un año de antelación… “Es que haciéndolas ahora me dan un ramo de flores de bienvenida y además si reservo catorce días me regalan una noche…” ¡Ah, claro, entonces sí…! Con esos ventajones hay que hacer la reserva de inmediato, no se nos vaya a adelantar algún listillo, por cierto, otra especie que también prolifera a pasos agigantados. Y lo peor de todo es que tras hacer la reserva ardemos en deseos de encontrarnos con alguien para comentarle que somos auténticos maestros en esto de encontrar viajes baratos, a la mínima oportunidad le soltamos eso de “¡Menudo chollo que he pillado!” Lástima que la realidad nos demuestre al final las particularidades de nuestra ganga, descubriendo que lo que se describía como una habitación de ensueño (eso sí, debe ser de “ensueño de bebé”) parece una reproducción a escala de una habitación de hotel, no hay espacio físico para abrir la maleta (salvo que se abra encima de la cama) y al baño hay que entrar de lado y conteniendo la respiración. Como ha todo hay que buscarle el lado positivo, cabe reseñar que otra de las cosas positivas que tienen las vacaciones es la continua capacidad de sorprendernos, desde que salimos hasta que regresamos las vacaciones se convierten en un continuo pase de sorpresas. Otra de las sorpresas se da cuando comprobamos que donde ponía que el hotel estaba ubicado a unos metros de la playa se debía referir sin duda a estaciones de metro, eufemismo más comercial que evita indicar que el hotel se encuentra en decimotercera línea de playa. Y lo de las fabulosas vistas ya es para morirse, ¿fabulosas vistas? ¿A dónde? Si lo único que se ve desde la habitación es un trozo de la carretera general y un vertedero de escombros ilegal. Resulta también destacable lo de “piscinas con distintos ambientes”, curiosa manera de llamar a los dos pilones existentes en el hotel, uno pequeño atestado de guiris y otro diminuto, hecho a la misma escala que la habitación, atestado también, aunque no de guiris sino de niños, lo que convierte las dos piscinas en impracticables. Lo de “actuaciones diarias en el hotel” también tiene su miga, las última actuación que tuve la fortuna de disfrutar consistía en que llegaba el mismísimo Matusalén, se sentaba ante un sintetizador y “animaba” la velada con una extraordinaria selección de música “porompompera” que no gustaba ni al guiri de más abolengo de los allí presentes. Claro, que eso casi suele ser mejor que la actuación del día siguiente (por eso de seguir haciendo uso de nuestra capacidad de sorprender que ya he mencionado antes), con actuaciones tipo “el gran mago pierde-cartas”. Esta actuación es verídica, el gran mago consistía en un hombre extremadamente delgado, de esos que te tienen el alma en vilo porque parece que van a romperse en cualquier momento (yo estuve tentado de darle cinco euros para que se comprase un buen bocata de jamón), con una capa raída y unas gafas de culo de botella a lo Juan Tamariz. Las habilidades que le dotaban como el “fastuoso mago” que reflejaba el cartel, se debían por entero a su habilidad para hablar un idioma propio (nadie le entendía nada de lo que decía, fuese cual fuese su nacionalidad) y su extraordinaria capacidad para que se le cayesen las cartas de manera continua… pobre hombre, bastante tenía con lo que tenía. Otra cosa a destacar es lo de “hotel con grato ambiente familiar” que lo que en verdad viene a significar es que no esperes descansar ninguna noche, ya que entre los porompomperos, los niños gritando y aporreando cualquier cosa capaz de emitir sonido (yo he visto como golpeaban sus propias cabezas contra la pared cuando no han encontrado mejor cosa a mano), y nuestros amigos los mosquitos, capaces de convertirnos en un habón con patas, resulta complicado eso de “recargar pilas”. Otra cosa que me maravilla es lo de “habitación con todas las comodidades”, de verdad que es para tener un pequeño intercambio de palabras con el director del hotel o la persona que redactó el texto. Vamos, que el “no va más” de la comodidad debe ser un aire acondicionado que más que acondicionado debería llamarse “sonorizado”, porque frío no suele dar demasiado pero ruido… Luego está la cama, eso es lo mejor; las almohadas son o muy bajas o muy altas, de manera que se aseguran que consigamos un estupendo esguince cervical. Como preguntas asociadas a este hecho cabría formular, ¿los encargados de compras del hotel, son normales? ¿Tienen amigos…?
Y hablando de colchones, ¿qué me decís? Que los colchones los ha elegido el mismo que las almohadas es un hecho incontestable; desde el primer momento hará notar que no le caemos bien y nos lo recordará de manera continua, con sus adornos florales en relieve, con sus muelles que se clavan, con sus fundas de plástico arrugable… Y para rematar la faena, por si el colchón y las almohadas no fuesen suficiente, ahí está ese televisor de 14 pulgadas situado encima de una mesita a escaso medio metro del suelo, que para verlo es preciso colocar la cabeza en un ángulo de noventa grados respecto al cuerpo (no es broma, que lo he medido). En definitiva, que la conjunción almohada-colchón-diez minutos de tele, nos asegura una preciosa contractura cervical. Y he querido dejar para el final lo mejor: el bufé. En el hotel lo anuncian como “lujo para los sentidos”, y sí, debe serlo, al menos para uno de los sentidos, el del “asco” (a no ser que seamos guiris, lo que nos da inmunidad total al asco y a las intoxicaciones). Yo me he quedado horas mirando embobado las bandejas pensando qué demonios sería lo que había en ellas… y lo peor del caso es que en muchos casos no logré averiguarlo jamás. Ese gazpacho aguado, esa sandía pasada, ese pescado flotando en una salsa de color indeterminado, ese cerdo omnipresente en forma de filetes resecos con guisantes y zanahoria, y no nos olvidemos de esa paella de color raro con tropezones vete a saber de qué… menos mal que Dios aprieta pero no ahoga, al menos suele haber lechuga y tomate, y si estamos de suerte podemos encontrar incluso algo de pollo, lo que al menos sirve para no desfallecer de hambre hasta la próxima lujuria ¿comestible…?
Y todo eso sin salir del hotel, porque la verdadera aventura comienza cuando te aventuras a ir a la playa. Tras veinticinco minutos de ir sorteando guiris (hay que ver lo lento que caminan), evitando que nos den un sombrillazo (hay que ver lo patosos que son llevando sombrillas), con mil ojos para no pisar ninguno de los cien mil excrementos repartidos por la ciudad y, cruzar trece calles y una vía de tren, llegamos al sitio en el que se supone que estaría la playa, y digo supone porque de hecho la playa no se ve. Vemos un paseo marítimo, a continuación gente y al final de la gente, allá al fondo, el mar. La arena suponemos que está ahí, en algún lugar y con esa ilusión nos lanzamos a algo que es imposible: encontrar un sitio. La primera sorpresa (seguimos dando continuidad al tema de las sorpresas) es que sí, hay arena; eso sí a unos dos mil grados poco más o menos. Consejo: nunca, nunca, nunca, pises la arena sin chanclas.
Encontrar sitio es como aparcar, se trata de empezar a dar vueltas y vueltas hasta encontrar uno; de no encontrarlo siempre nos queda la opción de ponernos al final de la playa, junto al paseo marítimo, o al principio de la misma, sobre el mismo agua. Dada la escasa preferencia por poner la toalla encima del agua (aunque juro que he visto gente que lo ha llegado a hacer), lo más apropiado es ponernos al final de la playa, junto al murete del paseo. Desde allí y a poco hábiles que seamos, en diez minutos podemos ponernos en el agua, con la ventaja de que desde nuestra privilegiada posición podemos observar toda la fauna allí congregada. Podemos deleitarnos con la familia gritona que va a la playa equipada con todo el equipo de playa de la Srta. Pepis: nevera, sombrillas, sillas, mesas, radiocasete con Los Chunguitos, tortilla de patata, hijos gordos y gritones, y hasta platos de loza, con vasos de cristal y tenedores (un día de estos no me sorprendería ver a alguien que arrastra hasta allí un lavaplatos o un fregadero). También observamos la familia autista con hijo, que desde que llegan hasta que se van no intercambian ni una sola palabra, ni entre ellos ni con el niño, que vive prolongado a una consola. Están también los jovencillos, con sus Calvin Klein asomando por encima del bañador que está ahora tan de moda. También abundan los grupos de guiris rojo-langostino, tomando el sol sin protección alguna durante horas y horas (carne de cañón de la Cruz Roja), los matrimonios “cadacualalosuyo”, ellas a leer y ellos a observar, especialmente a las tetonas que les pillan más cerca, aunque he llegado a ver a algunos que no se cortan un pelo y se llevan hasta prismáticos a la playa, el no va más... Luego están los del “paseoalchiringutocadacincominutos”, ¡qué capacidad para beber cervezas cada cuarto de hora! ¡Hay que alimentar la barriga! También andan por ahí los "niños toquitoqui”, cuya principal virtud es tocar a todo el mundo los cataplines excepto a sus padres, a los que parece no importar nada salvo abstraerse de ellos, yo creo que intimamente fantasean con que con un poco de suerte se pierdan diez o doce días... De vez en cuando pasará alguna china amiga del jefe de compras del hotel, ofreciéndote sus servicios no cualificados para terminar de rematarte la espalda del todo, y ahí ya sí que estás vendido... También se dejará caer por allí de cuando en cuando algún señor de color vendiendo baratijas y jirafas de madera, otro con riñonera y gorra vendiendo refrescos y bocadillos, alguna pareja de policías con sus bermuditas del cole y lo mejor de todo, el chino vendedor de sushi... ¡Sí, sushi en la playa, el no va más! En fin, que aunque lejos del agua, al menos estaremos entretenidos.
Y poco más o menos así trascurrirán nuestras plácidas y merecidas vacaciones, tal como prometía la página Web, en un hotel lujoso rodeado de comodidades, a escasos metros de la playa, en un ambiente familiar y relajado, y en unas playas idílicas. ¡Qué lo disfrutéis! Yo casi que me quedo aquí…

Un abrazo muy fuerte y feliz Semana Santa (o Santa semana, como prefiráis).
Hasta la semana que viene.

lunes, 22 de marzo de 2010

Misterios domésticos


Son ya unos años los que llevo dedicando a descubrir y desentrañar los pequeños “expedientes X” que ocurren en un sitio tan aparentemente inocente y cercano como nuestro propio hogar. Aunque he logrado dar respuesta a algunos de esos misterios, otros cuantos aún continúan siendo un misterio, ¿os animáis?

El misterio de la lavadora come-calcetines
Imagino que mi caso no será un caso único y que lo que a mí me pasa es posible que le suceda a otras personas, lo sé, pero es que me estoy obsesionando con el tema: mi lavadora come calcetines. Desde hace algún tiempo venía observando que de cuando en cuando me desaparecía algún calcetín. Al principio opté por no darle demasiada importancia, guardé el calcetín desparejado en otro cajón he imaginé que ya aparecería más adelante. El caso es que no aparecían, más bien al contrario, pasado un tiempo desaparecía otro. Con el tiempo fui acumulando tal cantidad de calcetines que no me quedó otra opción que vaciar uno de los cajones y dedicarlo en exclusiva a acumular los calcetines huérfanos.
Como estaba empeñado en desentrañar el misterio fui volviéndome extremadamente meticuloso, llegando a llevar en una libreta un inventario de todos los calcetines que poseía. Fechas de compra, fechas de lavado, detergente usado, cantidades, horarios… todo, absolutamente todo quedaba registrado. Con el objeto de que no hubiese provocación alguna por parte de los calcetines hacia la lavadora (“me lo comí porque me estaba provocando”), empecé a usar una bolsa especial que utilizaba únicamente para ellos, cuya característica principal consistía en que se podía cerrar con cremallera, lo que imposibilitaba que la lavadora tuviese fácil acceso a los calcetines. Es cierto que de este modo logré disminuir el número de “desapariciones” pero también es cierto que no he logrado erradicarlas por completo y que de cuando en cuando, vuelvo a tener un calcetín más desparejado.

El misterio de la pelusa oculta
Otra de las cuestiones que me traen loco es el de la pelusa "oculta". Desde hace tiempo vengo dedicando un día a la semana a hacer lo que llamamos zafarrancho de limpieza, que implica, entre otras muchas actividades, un aspirado completo del piso. Lo aspiro todo, es tal el afán por acabar con las dichosas pelusas que un día, de hecho, casi succiono también a mi chica. La obsesión por las pelusas ha ido creciendo en mi de tal manera, que en la actualidad es coger el aspirador y sentir como se apodera de mi un sentimiento de odio que hace que me enajene en una espiral de violencia cuya única finalidad es el exterminio de cualquier vestigio de pelusa casera que se me ponga por delante. Estaba enfrascado en uno de esos arrebatos cuando por el rabillo del ojo, a mi izquierda, observé lo que me parecía una pelusa descomunal; no tardé ni un segundo en reaccionar, me giré como un poseso y con un movimiento rápido lancé el cepillo hacia la pelusa... oí un “ploff” sordo y a continuación un destemplado “¿pero qué haces?” Al principio me costó reaccionar, no os creáis, lo primero que me vino a la mente fue un “¡ostras, una pelusa que habla!”, pero unos segundos después, una vez pasada la sorpresa inicial, observé que era mi chica. ¿Cómo me iba a imaginar que iba a estar ahí agachada buscando un no sé qué que se le había caído? ¡Qué cerca estuve ese día de comerme el aspirador! Bien, no quiero perder el hilo de la historia, estábamos en que un día a la semana me entrego en cuerpo y alma al aspirado total de toda la casa. Levanto muebles, quito sillas, muevo mesas y sillones... sin cuartel. Una vez he terminado vuelvo a inspeccionarlo todo, que ya me conozco el percal y de cuando en cuando descubro algún pelusón agazapado tras una pata o replegado bajo el sillón. El caso es que no concluyo hasta haberlo inspeccionado todo por dos veces, momento en el que procedo al ritual del guardado del aspirador: enrollo bien el cable, guardo los distintos accesorios, limpio bien el cepillo y vacío el depósito en la basura. Bien, cuando ya lo tengo todo bien guardado, voy hacia el comedor y allí está, desafiante, altanera, una pelusa de unos veinte centímetros de diámetro situada justo en el centro del comedor. No se esconde, me mira de frente, orgullosa, henchida… y yo me pregunto, ¿de dónde narices sale? ¿Cómo es posible que siempre sepa dónde se encuentra el centro exacto del comedor? ¿Es delineante...? En fin, que esto me pasa cada semana, cada vez que guardo todo, allí está, la pelusa enorme, mirándome a los ojos, me tiene aburrido...

El misterio del huevo caducado
Otra cosa curiosa que me ocurre de cuando en cuando es el caso del huevo caducado. La verdad es que el consumo de huevos en casa es bastante escaso, lo que implica que los compre muy de cuando en cuando y únicamente cuando ya no queda ninguno. En la nevera tengo un espacio dedicado en exclusiva para ellos, de manera que cuando coloco los recién adquiridos es fácil darse cuenta que no hay ningún otro. Vistas así las cosas, ¿cómo es posible que siempre aparezca un huevo caducado del mes anterior? Incomprensible...

El misterio de las bolas nocturnas
A lo largo de mi vida he tenido la suerte o desgracia de vivir en diferentes pisos situados en distintos lugares de Madrid, lo que hace muy complicado (que no imposible) que haya coincidido con los mismos vecinos en cada uno de ellos. El misterio en cuestión consiste en que muchas noches, a eso de las doce y pico, se oye el sonido de unas bolas caer y rodar posteriormente por el suelo. Por el sonido se adivina que las bolas son grandes, contundentes, y por el tiempo que están rodando da la sensación que todos los pisos que siempre han estado inmediatamente encima de mi casa, tenían cuanto menos cuarenta o cincuenta metros cuadrados más que el mío, y que estos debían tener un pasillo gigante que yo nunca tuve. Y dado que esto me ha sucedido en todos y cada uno de los pisos que he habitado, me pregunto, ¿qué juego es ese? ¿En qué consiste? ¿Dónde lo venden? ¿Por qué a las doce y pico…? Lo pregunto porque a mi también me encantaría comprarme uno y jugar con él en las noches de insomnio.

El misterio de las telarañas persistentes
Otra cosa que me maravilla son las telas de araña domésticas. No digo que sea imposible, pero es complicado que en un núcleo urbano, en una casa en la que cuando se abre una ventana siempre tiene mosquitera y en la que jamás se ha visto insecto alguno salvo alguna la eventual mosca que burla el bloqueo o los dos bichos grandes que en ella habitan, haya arañas… También resulta curioso que las telarañas aparezcan siempre en los sitios más altos de la casa, allí donde confluyen pared y techo, es decir, allí por donde por no pasar no pasa ni el aire; y teniendo en cuenta que el fin que persigue la araña cuando teje la tela no es otro que el de capturar infortunados insectos que por despiste no la ven y van a caer en ella, parece un tanto absurdo esa obcecación por ponerlas en sitios por los que no solo no pululan insectos, sino que además se aprecia claramente que no están ubicados correctamente, porque hasta la fecha nunca jamás ha tropezado nada en ellas salvo mi plumero, claro está. Hasta aquí, más que un misterio, parecería la obra de la araña tonta y anoréxica (imagino que en el mundo arácnido sucederá como en el humano, que habrá tontos y listos); tonta porque viendo que no captura nunca nada, ¡mujer, al menos intenta poner la tela en otro sitio, que ya has visto que la cosa en ese no funciona…! Y anoréxica porque evidentemente con lo que captura muy gorda no puede estar. Como decía podemos pensar que el hecho no es un misterio en sí, sino la obra de la tonto-araña tozuda, pero si ese fuese el caso, ¿cómo es posible que jamás la hayamos visto por casa? ¿Dónde se esconde, porque en las zonas donde están situadas las telarañas mucho sitio para ocultarse no hay? Vistas así las cosas y apuntando que no hay araña, por favor, ¡que alguien me diga quién teje las telas! ¡Es que estoy harto de quitarlas…!

El misterio de las pesetas en los cajones
Que el dinero tiene patas es un dicho con el que todos estaremos de acuerdo, porque ¿a quién no le ha desaparecido alguna vez de casa alguna pequeña cantidad de dinero? Hasta ahí es algo normal, en mi caso siempre he vivido esas pequeñas sisas hogareñas como una travesura casera que celebraba con cierta gracia, prefiero tener una casa revoltosilla y juguetona, que no una triste y sosa. Hace ya diez añitos (¡cómo pasa el tiempo!), por eso del cambio al euro, que hice un registro concienzudo en toda la casa con el fin de reunir todas las monedas que tenía y poder cambiarlas por euros. Puedo presumir de que el registro fue minucioso y serio, no dejé cajón alguno por abrir ni chaqueta sin registrar, miré en el fondo de los armarios, tras los muebles, bajo los cuadrantes del sillón… vamos, que no dejé un rincón sin inspeccionar. Reuní todo lo hallado y lo cambié, hasta aquí todo bien. Lo curioso es que de cuando en cuando aparecen monedas en sitios de uso habitual, sitios que por otra parte ya fueron inspeccionados y purgados en múltiples ocasiones a lo largo de estos años. Un día una moneda de veinticinco pesetas, otro una de cincuenta céntimos..., de las que más tengo son pesetas de Franco; la última una de cien. ¿De dónde salen? ¿Quién las pone ahí? Mi pareja me jurado mil veces que ella no ha sido, así que ¿qué puedo pensar? No sé, como no sea la araña…

El misterio de la nevera zumbona y caprichosa
Me compré una nevera pa jartarme de sufrí... Soy el afortunado poseedor de la primera nevera jodona de la historia. En los diez años que llevamos juntos jamás se ha quejado y de hecho sigue enfriando casi como el primer día: por donde le apetece. Tiene una tecnología tan avanzada que es capaz de seleccionar qué cosa enfría y qué cosa no, a su bola, aplicando lo de “etasí, etanó”. A modo de ejemplo supongamos que ponemos dos latas de cerveza a enfriar, las colocamos juntas en el estante y nos olvidamos de ellas. Sigamos suponiendo que al día siguiente nos apetece tomarnos una y ¡milagro! Las dos siguen juntas, lo que demuestra que las latas no tienen patas. Bajo este supuesto y dada la proximidad existente entre una y otra, cabría suponer que ambas latas deberían estar a la misma temperatura, pues no, una de ellas está helada (de hecho en una ocasión se me quedó la mano pegada al metal y las pasé moradas para lograr sepárala sin perder ninguna falange) y la otra está como una sopa. Increíble pero verídico, cosas de ella…
Pero el enigma que me quita el sueño (y nunca mejor dicho) no es ese; el que realmente me preocupa es el que conocemos como los “zumbidos de la medianoche”. No importa cuando te acuestes, no importa que sean las dos de la madrugada o a las diez de la noche, en cuanto nota que cierras los ojos para dormirte, la nevera empieza a zumbar como una histérica. ¿Qué tiene? ¿Un sensor? Es que lo que sucede, por difícil que resulte creerlo, solo puede hacerlo con premeditación y alevosía; no sé el modo en el que lo hace pero es capaz de detectar cuándo la casa se queda en silencio y se apaga la última luz, y entonces ¡zas! ¡Allí empieza ella...! Con la desesperación que provoca la falta de sueño, la he golpeado, la he hablado tiernamente, la he dado la vuelta buscando sensores ocultos… nada, aparentemente es una nevera normal pero lo cierto es que está acabando con nosotros, ¡la odio...!

El misterio de los objetos suicidas
No sé en las vuestras pero en mi casa tengo una epidemia de objetos suicidas. Sí, estás sentado plácidamente en el ordenador o viendo la tele y ¡ploff! Lo oyes, en algún lugar de la casa algún objeto ha vuelto a suicidarse precipitándose al vacío. Es difícil explicar qué es lo que se siente en un momento así, te lanzas como un loco a inspeccionar las habitaciones, el corazón te late con fuerza y en la boca sientes el sabor amargo del miedo, "¿qué se habrá suicidado esta vez?" Abres la puerta y allí está, esparcido por el suelo, inmóvil, desbaratado, informe… lo recoges todo compungido y cabreado, mientras te preguntas "¿por qué…?"
Sí, vosotros reíros, pero el caso es que la pandemia me está suponiendo una auténtica sangría económica, ya no me atrevo a dar más partes al seguro, no se iban a creer tanta prodigalidad rompiendo y además me arriesgo a que me echen del mismo.

El misterio del “yonohesido” o de los desconchones en el suelo
El último misterio que recuerdo en este momento es el de los picotazos en el suelo. Os cuento. Mi casa tiene suelo de gres e imagino que de una calidad similar al resto de calidades de los pisos de protección oficial: nefasta (es lo que tienen los constructores españoles, que nunca escatiman lo bastante). Pero eso no debería ser razón suficiente para que los descascarillados aparezcan como setas. Lo curioso es que no hay ninguna baldosa que tenga dos picotazos, se los reparten equitativamente: cada una el suyo. Me consta que algunos de ellos han sido producidos por los propios objetos suicidas, pero como resulta lógico aventurar, esos picotazos se encuentran en una zona cercana al lugar que ocupó el objeto. Lo que no me explico muy bien es de dónde salieron todos los demás, los que están alejados y en el centro de las distintas habitaciones.
En alguna ocasión he preguntado a mi pareja sobre si a ella se le ha caído algo, ¿a quién no se le ha caído un “hace-picotazos” alguna vez? Pero siempre me he encontrado con la misma rápida y contundente respuesta: “yo no he sido”. Y la creo, de verdad, y por ello me pregunto, "¿de dónde narices saldrán tantos y tan bien repartidos picotazos?" En fin, otro misterio más para mi anecdotario particular…
Si a alguno os apetece, por favor, no lo dudéis, contadme también vuestros propios misterios.

Hasta la semana que viene.

lunes, 15 de marzo de 2010

La cocina y sus desastres


Ya desde pequeño para lo único que entraba en la cocina fuera del horario en el que se servían las comidas era para robar una galleta de cuando en cuando. De todas las estancias de la casa en las que podía estar, la cocina era la última que elegía y es que en general siempre me han parecido un lugar frío y desagradable. El motivo real de esa animadversión tan temprana nunca llegué a saberlo, es posible que se debiese a que habitualmente en las cocinas solía hacer frío o quizás a la luz que utilizaban, de fluorescentes, luz poco acogedora y desagradable donde las haya. De hecho, la idea que tengo del infierno es muy diferente de la que nos traslada la Biblia, ni fuego, ni pinchos ni nada de todo eso. Es mucho más sencillo, el infierno consiste en una sala enorme alicatada hasta el techo con azulejos amarillentos y pringosos. Las baldosas del suelo de color indeterminado están rotas y desgastadas por el uso. El techo está amarillento y desconchado, contiene un gran número de fluorescentes; muchos de ellos dejaron de funcionar hace mucho y otros tantos parpadean incansablemente, emitiendo un persistente y molesto zumbido que va minando a todos y cada uno de los penados que por allí deambulan, hasta convertirlos en guiñapos ensimismados... Con estos condicionantes y mi visión particular del infierno, resulta lógico pensar que el único motivo que tenía para entrar en una cocina era por supervivencia o por vicio.
De cualquier manera, esta aversión manifiesta no es una cuestión unilateral, puedo decir en mi descargo que por regla general las cocinas nunca me han tratado con consideración; no lo han hecho en el pasado, no lo hacen en el presente y sé a ciencia cierta que no lo harán en el futuro. Debido a ese maltrato continuo al que me he visto injustamente sometido, ha aflorado en mí una antipatía que es proporcional a las injusticias vividas. En definitiva, que yo no le gusto a las cocinas y las cocinas no me gustan a mí.
Recuerdo claramente la que fue mi primera mala experiencia en la cocina. Era bastante pequeño y estaba viendo el programa “Había una vez un circo”, aunque en casa todos lo conocíamos como los payasos de la tele, término que en aquella época no tenía las connotaciones negativas que arrastra ahora. El caso es que aprovechando que era Navidad, en una de las secciones del programa, Miliki explicaba cómo hacer turrón casero. Me entusiasmó tanto la idea que decidí hacerlo en la primera ocasión en la que me quedase solo y dar así una sorpresa a mis padres… ¡Y vaya si se la di! Anoté todo con sumo cuidado todo cuanto dijeron y lo llevé a la práctica escrupulosamente, no permitiéndome ni un pequeño atisbo creativo. Los ingredientes que utilicé no los recuerdo muy bien, pero creo que llevaba almendras, miel y azúcar, de esta última creo que aumenté la cantidad pero es que tenía interés en que la cosa quedase dulce. Como pensaba elaborar un turrón de una calidad magnífica, las herramientas a emplear debían estar a la altura, motivo por el que elegí lo mejor de lo mejor, la última adquisición de mi madre, una cacerola alemana de no sé cuánto porcentaje de acero que debió costar por un riñón. Y dicho y hecho, con confianza absoluta introduje los ingredientes en super-cacerola y lo puse al fuego; una vez trascurrido el tiempo requerido, lo retiré del fuego y trasladé la cacerola a mi habitación, así se enfriaría y estaría a salvo de miradas indiscretas. Fregué y sequé los cacharros concienzudamente, para acto seguido guardarlos en el lugar exacto en el que estaban, se trataba de no dejar ninguna prueba que pudiese incriminarme. Todo iba bien, nadie se dio cuenta de nada y mi madre no echó de menos la cacerola, la cosa no podía ir mejor, marchaba según lo había previsto. Lo que no estaba planeado fue lo que ocurrió al día siguiente; de hecho, de haber recordado con exactitud los pasos, ingredientes y tiempos empleados, habría podido dar otro de mis particulares vuelcos a la ciencia. El turrón y la cacerola se habían "hermanado", y lo habían hecho de manera tal, que resultaba imposible saber dónde terminaba el uno y dónde empezaba el otro. Era un momento histórico, no solo había descubierto un material más duro y resistente que el acero, sino que además lo había fabricado con un coste ínfimo (para su posterior desarrollo no haría falta utilizar cacerolas tan costosas como la que yo había utilizado). Lo intenté todo para salvar la cacerola y mi cuello (y no en ese mismo orden), utilizando todos los recursos de los que disponía: le añadí agua y volví a poner la aleación al fuego, nada; le eché todo lo que pillé por casa, alcohol, amoniaco, aguafuerte, lejía, colonia, salfumán… si hasta llegué a echarle el linimiento de Sloan, o como le llamábamos en casa, el ungüento del tío bigotes, que era una cosa misteriosa que estaba en un estante del baño y que nunca supe para qué servía, aunque eso sí, me encantaba como olía. Cuando agoté los productos químicos pasé sin dudar a los medios mecánicos, raspé con un cuchillo hasta que me cargué el cuchillo y casi consigo cortarme, luego lo intenté con el mango de una cuchara y finalmente fui a por todas, empleé una maza que tenía mi padre en la caja de herramientas. Nada, todo fue inútil, no conseguí hacerle ni el más mínimo rasguño. Desolado y humillado, opté por deshacerme de la cacerola, de la aleación impenetrable y del cuchillo roto, abandonándolos a su suerte en un contenedor de basura distinto del que utilizábamos normalmente (seguía sin querer dejar cabos sueltos...). Al final se supo todo el día que mi madre decidió hacer macarrones con tomate en su flamante cacerola nueva… Fueron momentos amargos en los que deseé que me engullese la Tierra y ya puestos a pedir, que le engullese a Miliki también, culpable absoluto de todo lo sucedido bajo mi manera de entender las cosas. No quiero entrar en detalles sobre lo que ocurrió después, pero a modo de apunte os puedo comentar que llegué a tener un conocimiento exacto de las dimensiones de mi cuarto y de la lentitud del discurrir del tiempo.
Dado el pésimo inicio que tuve, tardé varios años en volver a reunir el coraje suficiente para atreverme a cocinar algo. Pero, ¿qué os puedo decir? Llega un momento en la vida en el que hay que pasar página y seguir adelante, y así lo hice yo. Todo se debió a que varios compañeros del instituto decidimos ir a pasar un sábado al campo, motivo por el que cada uno de nosotros debíamos preparar algo y llevarlo. Estuve meditando durante varios días sobre el plato a cocinar hasta que finalmente decidí hacer una tortilla de patata, que daba la sensación de no ser muy complicada de hacer. Como quería superar aquél mal principio habido con el turrón y deseaba además que mi tortilla fuese espectacular, decidí asesorarme y preguntar a varias madres sobre la mejor manera de hacer la tortilla. En general las recetas fueron muy parecidas, pero de entre todas ellas me decidí por la que me dio la vecina del segundo, que como consejo extra me sugirió que le añadiese un poco de leche al huevo, de manera que la tortilla quedase mucho más jugosa y esponjosa. Dicho y hecho, corté y freí las patatas, batí bien los huevos, le añadí una cantidad generosa de leche (quería que quedase muy esponjosa) y un poco de pimienta negra, para darle ese toque canallita. Lo batí todo bien, lo volqué en un bol y le añadí las patatas que acababa de freír. Una vez que lo hube mezclado todo, lo devolví a la sartén y voilà, ya estaba casi hecha. ¡O no...! La verdad es que no empecé a preocuparme hasta que trascurridos ya diez minutos el huevo parecía no hacer intención alguna de cuajar. No entendía nada, una vez más había seguido escrupulosamente los pasos anotados y una vez más volvía a fracasar de nuevo; el dichoso huevo seguía sin cuajar. Insistí e insistí, hasta que trascurridos veinte minutos decidí tirar la toalla. Un buen cocinero, al igual que un buen cirujano, siempre sabe cuándo debe retirarse. Me queda el consuelo de no haberme dedicado a la medicina, porque de haber sido así, habría sido la bestia negra de los pacientes…
El final de la historia es que al día siguiente aparecí con una estupenda empanada de bonito que había comprado esa misma mañana, lo que me sirvió para granjearme unos cuantos comentarios que versaban principalmente sobre mi morro, mi falta de compromiso y la falta de imaginación inventando historias. De entre todas las lindezas que me procuraron hubo una frase que me llegó de una manera especial, me la dijo la pelota oficial de la clase, que en un momento determinado se me acercó y con su mejor voz de pito me dijo: “¡No lo entiendo, si una tortilla de patata la sabe hacer cualquier gañán…!" Me llamó gañán y se quedó tan ancha. En fin, como dato positivo de esta segunda experiencia querría destacar el hecho de que al menos en esta ocasión, no me había cargado ningún utensilio de cocina.
Tras este nuevo altercado me mantuve un par de años fuera de circulación, hasta que un día quise agradar a un par de amigas -ya sabéis que tiran más dos tetas que dos carretas, así que imaginaos el poder de cuatro, jajajaja-, y las invité a comer en casa. Para no tentar a la suerte no quise elaborar nada que requiriese el uso de cacerolas o sartenes, por lo que tras empaparme el libro de Simone Ortega, que en aquella época era la Biblia de la cocina, decidí hacer un pescado en papillote. La receta no podía ser más sencilla, consistía en coger papel de aluminio, extenderlo sobre la mesa y poner sobre él algunas verduras troceadas, un poco de aceite y un chorrito de limón. A continuación se ponía el pescado y encima de éste más verduras. Ya solo restaba doblar el papel de aluminio, “cerrarlo” como si fuese una empanadilla y hornear unos veinticinco minutos. Era imposible que saliese mal y de hecho por primera vez en mi vida, la cosa salió como debía salir, quedó francamente bueno. Lástima que al sacarlo del horno rozase las resistencias con las manos y me las quemase, hecho que deslució mucho el almuerzo, desmereció la sobremesa y complicó sobremanera cualquier "avance" sobre cualquiera de las dos amigas...
Tras aquel nuevo altercado no volví a emprender nuevos retos hasta el momento en el que me fui a vivir solo y aún entonces, cociné por imperiosa necesidad: tenía que comer. Como tenía la fortuna de poder comer a diario en casa de mis padres (que ni aún yéndome de casa consiguieron librarse de mí), las únicas comidas de las que tuve que preocuparme fueron las cenas. Quiso el destino en esta ocasión aliarse conmigo en forma de infortunio sentimental, lo que sirvió básicamente para dos cosas, hacerme perder el apetito -lo que era genial, porque permitía despreocuparme por completo de las cenas- y volcarme en el deporte - y es que por algún lado tenía que liberar tensión-. Fue una época medianamente feliz: no tuve altercados cocinísticos y me quedé hecho un figurín. Pero como no hay bien que dure cien años, fui poco a poco recuperando el apetito, lo que hizo que volviese a tener que enfrentarme con mi bestia negra: la dichosa cocina. Menos mal que Dios aprieta pero no ahoga, descubrí la panacea: la sandwichera. La humanidad siempre tendrá una deuda permanente con su inventor, ese anónimo bienhechor, Jean Luque Philips o como quiera que se llame… Así me convertí en un maestro en el noble arte del sándwich, utilizaba todo tipo de ingredientes: pavo, queso, jamón york, jamón serrano, paté, mermelada… todo quedaba bueno. Aquello era el paraíso; los sándwiches se preparaban en un santiamén, no se manchaba nada y permitía ser todo lo creativo que te apeteciese. Y no os quiero contar cuando además descubrí a nuestro amigo el huevo, aquello fue el éxtasis. ¡Veni, vidi, vici! Bastaba batir un huevo, empapar las caras internas del pan en él y ¡Voilà! ¡Vive la différence! Aquello era gloria bendita, estaba todo tan bueno... Y al final pasó lo que tenía que pasar, que me lo creí, me envalentoné y me crecí... Perdí el control y ya no podía parar, con la osadía que da la inconsciencia, decidí invitar a comer a mis padres y por supuesto, ahí no valían los sándwiches. Para no arriesgar decidí hacer pasta, que aunque esté mal decirlo puedo afirmar que quedó en su punto perfecto, al dente, una merluza con salsa que también quedó francamente buena (si algo funciona, ¿por qué cambiarlo?) y con el postre quise coronarme, decidí hacer un flan de huevo. En la elaboración del flan decidí saltarme la parte del azúcar quemado por razones que os resultarán obvias, no nadaba en la abundancia y además tenía cierto apego por mis cacerolas. La receta era sencilla, se bate bien el huevo, el azúcar y la leche, se vierte en una flanera, se tapa y se introduce ésta dentro de una olla para ponerla al baño María. No sé muy bien qué es lo que pude hacer mal pero lo cierto es que cuando fui a sacar el flan de la olla, comprobé con sorpresa que había más agua dentro de la flanera que en la propia olla. No me intimidé por ello, amparándome en lo de que sin sufrimiento no hay victoria y aprovechando que quedaban huevos suficientes (vaya, cómo no, los malpensados malinterpretando), decidí intentarlo por segunda vez. Esta vez lo que hice fue echar bastante menos agua en la olla y apretar la flanera a conciencia. Era posible que luego no pudiese abrirla pero ante lo acontecido con el flan anterior, quería estar seguro que no entrase nada de agua. Y lo conseguí, ¡no entró nada de agua! De hecho sucedió justo lo contrario, la tapa de la flanera reventó y fue el flan el que acudió al encuentro del agua. Así las cosas, sin huevos, sin flanera y sin moral, decidí bajar y comprar unos pasteles…
Uno de los vicios heredados de aquella época, además del amor a los sándwiches, fue la adicción a los “tapers”. Me encantaban, los usaba para absolutamente todo y nunca tenía tapers suficientes, llegué a juntarme en casa con más de cuarenta y siete… Me llevó muchos años superar aquella adicción y aún hoy, he de contenerme y hacer un esfuerzo notable cuando paso por delante de algún “chino”.
El último desaguisado culinario es de fecha mucho más reciente y casualmente ha sido también con un postre. No sé qué es lo que tengo con la cocina pero lo que sí sé es que es contagioso: ahora se lo he pegado a la Thermomix. Para los que no tengáis Thermomix puedo comentaros que es un robot de cocina con el que se puede hacer prácticamente cualquier cosa (ojo, que el salpicón de reloj no queda demasiado bien). La ventaja que tiene el citado robot es que su manejo es muy sencillo -imaginaos que hasta yo lo utilizo- y que existe un gran número de recetas circulando por Internet. La dinámica es muy sencilla, se consigue la receta, se siguen los pasos y el plato queda perfecto. No hay error posible… ¡Falso! Os cuento. Quise hacer arroz con leche, conseguí la receta (que de hecho viene en el libro que entregan junto con la Thermomix), utilicé los ingredientes indicados en las cantidades marcadas, puse los tiempos dados y utilicé las temperaturas especificadas. No cometí error alguno y sin embargo, una vez hecho, cuando fui a sacar el arroz con leche comprobé con desesperación que éste se resistía a salir. Era un bloque sólido y compacto de un engrudo pastoso de color ocre. Si pinchabas en él con la suficiente fuerza, podías levantar la Thermomix. Era increíble, se había solidarizado conmigo, éramos ya tal para cual, compañeros de infortunio, nuestras almas ya siempre caminarían juntas…
Y vosotros, ¿qué desastres habéis sufrido en la cocina?

Hasta la semana que viene.