lunes, 17 de mayo de 2010

Las diferencias ¿insalvables?


Cuenta una antigua leyenda hindú que existía un Dios que se sentía solo y tal era su deseo por sentirse acompañado que decidió crear unos seres que le hiciesen compañía. Todo pareció ir bien hasta que cierto día, no se sabe muy bien cómo, estos seres encontraron la llave de la felicidad, siguieron el camino hacia el Dios y se fundieron con él.
Dios se quedó triste, estaba nuevamente solo. Reflexionó y pensó que había llegado el momento de crear al ser humano, pero temió que éste pudiera descubrir la llave de la felicidad también, encontrar el camino hacia él y volver a quedarse solo de nuevo.
Siguió reflexionando y se preguntó dónde podría ocultar la llave de la felicidad para que el hombre no diese con ella. Tenía, desde luego, que esconderla en un lugar recóndito y apartado, un lugar donde el hombre no pudiese hallarla.
Primero pensó en ocultarla en el fondo del mar pero al final desistió, seguro que el hombre inventaría un aparato que le permitiese llegar hasta el fondo del mar y dar de ese modo con la llave. A continuación tanteó la posibilidad de esconderla en alguna caverna de la montaña más alta, pero también desechó la idea, seguro que el hombre escalaría todas las montañas del planeta y al final daría también con ella. Pensó también ocultar la llave bajo tierra, pero al final concluyó que el hombre horadaría la Tierra y que al fin, terminaría encontrándola. A continuación tanteó ocultarla en un planeta lejano pero también descartó la idea, seguro que el hombre inventaría un ingenio espacial que le permitiría explorar el Cosmos hasta dar finalmente con ella.
Por más que pensaba no se sentía satisfecho con ninguno de los lugares que se le ocurrían, y así pasó toda la noche en vela, preguntándose cuál sería el lugar seguro para ocultar la llave de la felicidad. ¿Dónde ocultarla…? -continuaba preguntándose al amanecer-. Y cuando el sol comenzaba a disipar la bruma matutina, al Dios se le ocurrió de súbito el único lugar en el que el hombre no buscaría la llave de la felicidad: la colocaría en el interior de cada uno de ellos, justo en el centro de su corazón…

Me pareció un cuento precioso la primera vez que lo oí y me sigue pareciendo un cuento precioso hoy, muchos años después. Os he querido contar este cuento porque este fin de semana ha sido un poco triste, una pareja de conocidos, de esas que parecían estar hechas el uno para el otro y ser para toda la vida, se han separado. Sí, es cierto, nada fuera de lo habitual, estas cosas pasan todos los días, pero es que de verdad, parecían la pareja perfecta, tenían tantas cosas en común…
De verdad, no entiendo por qué pasan estas cosas, es algo ilógico. Entiendo que las relaciones de pareja no son un cuento de hadas y sé que no existen los príncipes azules, es más, de hecho existen muchas más ranas/sapos que príncipes/princesas. También entiendo que las personas, los intereses y las circunstancias cambian; y que lo que ayer nos parecía blanco mañana nos pueda parecer negro. Entiendo todas esas cosas. Pero hay algo que me supera, no entiendo por qué nos empecinamos en ver lo que nos separa en vez de hacer lo más fácil: ver lo que nos une, que es mucho más. ¿Cuándo seremos capaces de comprender y disfrutar nuestras igualdades en vez de amargarnos y regocijarnos en nuestras diferencias…?
Sí, es cierto, en muchas ocasiones los intereses de los individuos que conforman la pareja son diferentes, las circunstancias son adversas o lo más sencillo: el amor se acaba. Pero también es cierto que en otros muchos casos no y es en estos casos, donde la pena se conjuga con la frustración. ¿Pero no se dan cuenta? ¿Si se quieren y quieren lo mismo? ¿Por qué se empeñan en ver las escasas cosas que les separan y no la enorme cantidad de cosas que les unen? ¿Por qué no siguen cuidando las cosas que cuidaban hasta hacía poco…?
Una vez me dijeron que hay ocasiones en las que el amor solo no basta, no dije nada pero lo cierto es que nunca lo entendí muy bien, porque para mí es justamente lo contrario: amar es lo que da sentido a todo. Lo que sucede es que esto no es magia, el amor no florece solo; el amor hay que cuidarlo día a día, no hay más misterios.
No negaré que siempre he tenido una suerte descomunal, lo reconozco; todas mis parejas han sido seres humanos excepcionales y quizás por eso, consciente del milagro que ello suponía, he tratado de cuidar la relación todo cuanto he podido (aunque en ocasiones no haya sabido hacerlo, que esa es otra). De cualquier manera, siempre me he dado cuenta de mi fortuna y a modo de letanía me he repetido: “¡Joer, qué suertudo soy! De entre todos los millones de personas que pueblan la Tierra he tenido la inmensa suerte de que Menganita se haya fijado en mi y que me quiera. Lo único que puedo hacer es ser feliz, disfrutarlo y cuidar mi suerte para que no cambie. He de cuidar a Menganita, cuidarla mucho, cuidarla para que me siga queriendo, cuidándola para que nunca se arrepienta de haberme elegido a mi…”
Y es esas estoy. Teniendo tantas cosas por las que sentirme feliz, ¿merecería la pena ser infeliz por aquellas otras que no me hacen sentirme bien? Creo que no, no compensa en absoluto. Decía un viejo proverbio que si la suerte está a favor, ¿por qué correr? Y si está en contra ¿por qué precipitarse? En definitiva, que es saludable pararse un momento y pensar en lo que tenemos (a veces se nos olvida), siempre habrá algo por lo que sentirnos bien, disfrutémoslo. Y una vez en ese punto, intentemos mejorar aquellas cosas que nos hacen infelices, esforcémonos, siempre compensa. Los milagros no ocurren todos los días y la suerte no dura eternamente. En las ocasiones en las que ocurre es bueno disfrutarlo.
Hoy soy feliz, vivo el momento, mañana ya veremos…

Hasta la semana que viene.

lunes, 10 de mayo de 2010

Ozú, ezo mardito roedore…


He de admitir que siempre he sentido cierta debilidad por los ratones, me resulta un animal absolutamente entrañable. En realidad es de esa clase de animales que aunque uno no quiera compartir el piso con ellos, suelen caer bien a casi todo el mundo.
Obvia decir que en cuestión de gustos no hay nada escrito, es más, de hecho tengo un conocido que siente una pasión exagerada por los “bichos bola”. Valga este ejemplo para darse cuenta de lo diferentes que podemos llegar a ser; porque decidme, ¿qué puede haber de interesante en un bicho bola? Es cierto que mis conocimientos sobre el mundo de las cochinillas es bastante deficiente, sé que son partidarios de las zonas húmedas y oscuras, que tienen un exoesqueleto y que cuando se sienten amenazados se enrollan sobre sí mismos, de ahí lo de “bicho bola”, jajajaja. Con semejantes capacidades no resulta extraño que no se hayan realizado demasiados documentales sobre él, ¿qué durarían? ¿dos minutos…? Imaginaos el documental: “Hoy nuestro documental va a tratar sobre ese compañero cercano que es el bicho bola. Nos encontramos en su hábitat, un jardín húmedo y con abundante sombra, y nos dirigimos hacia las dos piedras que se encuentran al fondo, junto al árbol. Levantamos con cautela una de las piedras y allí están, dos hermosos ejemplares adultos de bicho bola. A continuación podrán observar algo nunca se ha visto antes en televisión, vamos a acercar un dedo hacia el ejemplar más corpulento… Atención, estamos cerca… y ahí está, acaba de enrollarse, acaba de convertirse en bicho bola. Y bien, con esta primicia damos por finalizado este apasionante documental.” Como veis no hay mucho margen para realizar un documental muy "extenso".
Otros animales que también ocupan los primeros puestos en el ranking de “miraquémono” es justamente el mono. Recuerdo que de pequeño, cuando mis padres me llevaban a visitar el zoo, mi único interés radicaba en llegar al sitio de los monos lo antes posible, instalarme allí y no moverme hasta que tuviésemos que regresar a casa. Aquello era genial, podía pasarme horas embobado mirándolos, era una gozada observar como cada uno iba a su rollo haciendo lo que les venía en gana: jugar, comer, despiojarse, pelearse, columpiarse, encaramarse a una rama… era un micro mundo. Tras lo que se me antojaban apenas unos instantes tocaba ir a ver al resto de los animales, la parte pesada de ir al zoo. El suplicio implicaba andar y andar ante un montón de jaulas aparentemente vacías o ver al animal de turno descansar inmóvil en un rincón escondido de la misma, ya me contareis qué interés puede tener eso para un mocoso.
Otro animal con el que me quedaba embelesado ante la tele, era el pingüino. ¿A quién no le caen bien los pingüinos? Era mi favorito, solo verles andar ya era un espectáculo en sí mismo. Tan estirados, contoneándose, con sus pequeños pasitos a lo “Charlot”. De hecho, tengo el esbozo de un cuento cuyo protagonista es, cómo no, un pingüino (sé que es poco original pero es mi esbozo, ¿qué os puedo decir? Jajajajaja!); sólo me hace falta un patrocinador que pague la hipoteca para poder dedicar tiempo al mismo, así que si algún patrocinador me lee, ya sabe...

Volviendo a los ratones, que era el tema que nos ocupaba, quisiera destacar las cualidades que convierten al ratón en uno de los animales favoritos de todo el mundo, excepto para el sociópata ese de la flauta, ese que vivía en Hamelín...
El ratón es un animal divertido, no como el bicho bola que tanto le gusta a mi conocido. Todo en él resulta divertido, cómo come, cómo anda, cómo se frota las manitas ante el hociquillo, cómo se pone en pie y  estira el cuello para observar el entorno… ¿Y sus ojos? ¿Qué me decís de esos vivarachos ojos redondos y negros? Pero es que además de divertido es un animal tremendamente sociable, es despierto y es inteligente (de hecho, os sorprendería saber que se han hecho estudios que demuestran que muchos ratones han demostrado poseer un coeficiente intelectual muy superior al de muchos políticos de nuestro entorno cercano y no digamos al de algunos empleados de las SGAE). Particularmente, de creer en la reencarnación yo me pediría sin duda reencarnarme en Stuart Little.
¿Y los cuentos? La de cuentos y pelis que giran en torno a tan particular roedor. Y no hablemos de ratoncitos ilustres, ¿quién no ha querido que el ratoncito Pérez se hubiese quedado a vivir con él para siempre? Era mi favorito justo por detrás de los Reyes Magos. De hecho, he de confesar que en alguna ocasión forcé la caída de algún diente, no quería dar ocasión a tragármelo o perderlo, cosa que ya me había pasado en un par de ocasiones, una vez me lo tragué al recibir un balonazo y otra me ocurrió comiendo pollo, en ambas me llevé un disgusto enorme, era una faena quedarse sin regalo.
Lo que nunca llegué a entender era para qué narices querría el ratoncito Pérez tal cantidad de dientes. Pensé muchas cosas, desde que podía quererlos para construirse un castillo enorme con tropecientos baños (muy al estilo Boyer) hasta que tal vez era un adicto al calcio… qué sé yo, adicciones más raras se han visto. Fuere como fuese, el caso es que guardaba mis dientes como oro en paño, los colocaba con ilusión bajo la almohada y al día siguiente siempre encontraba mi regalo. ¡Qué tío el ratoncito Pérez…!
Otro de mis ratones favoritos era Jerry, el eterno compañero de Tom, el gato al que siempre engañaba y al que le hacía mil perrerías (¿por qué no se dirá “gaterías”, al fin y al cabo se trata de un gato?). Ya en plan superhéroe estaba también Super Ratón, un poco pesado con aquello de “no oviden vitaminarse y mineralizarse”. De cualquier manera yo prefería los ratones de infantería, nada de ratones voladores con superpoderes. También recuerdo con enorme cariño a otra pareja de encantadores roedores, Pixie y Dixie, cuya única diversión era no parar de incordiar al pobre gato Jinks, que hizo célebre aquello de “ezo mardito roedore”.
Y luego entramos ya de lleno en las películas. ¿Cómo olvidar a nuestro amigo Stuart Little? Hubiese dado mi colección de cromos por habérmelo podido llevar a vivir conmigo una temporada, lo que habría molado enseñárselo a los amigos.
¿Y qué me decís del valiente Despereaux? Personaje valeroso y bravo donde los haya, aunque eso sí, con un puntito de excentricidad, ¡mira que preferir leer libros a comérselos…! También destaca Fievel, el aventurero incansable siempre dispuesto a echar una mano o presto a descubrir un Nuevo Mundo. Otro que no quiero olvidar es Remy, el ratón de Ratatouille que quería ser chef, ¡qué bien que me vendría en casa uno! ¡Con lo poco que me gusta cocinar!
Uno de los escasos ejemplos de personajes grimosos que no me llevaría a casa por nada del mundo, es la cursi y repelente Ratita Presumida. Una histérica que solo pensaba en estar todo el día limpiando y que a lo único que aspiraba era a barrer su casita, cantar canciones de Bisbal y por la noche dormir y callar. La verdad, no me extraña que le costase un montón encontrar pretendiente… ¡Vaya tía rollo!
Hablando de sosos, también me acuerdo de Los Rescatadores, que era algo así como el Equipo A pero en ratones, espero que no se ofendan los seguidores del Equipo A (espero que al conocido del bicho bola no le guste también el Equipo A, porque era ya lo que le faltaba).
Otro que me resultaba tonto de capirote era el insoportable Mickey Mouse, estoy seguro que fue un personaje creado a mala leche. La historia arranca en 1928, momento en el que Disney perdió los derechos de Oswald, el conejo afortunado, y por tanto en pleno cabreo creó un personaje que lo sustituyese: Mickey Mouse. Según su propia descripción, su cabeza era un círculo con otro círculo a modo de hocico; su cuerpo era como una pera y tenía una cola larga; sus patas eran tubos y se las metieron en zapatos grandes para darle el aspecto de un chiquillo con el calzado de su padre. Y lo peor no es que sea tonto del culo, lo peor es la voz… ¡Por Dios! ¡Esa repelente voz! Desconozco la voz original que tiene el personaje, pero desde luego la del doblaje al español es de lo más grimoso que cabe oír… ¡Cómo odio a Mickey Mouse! Imagino que no es necesario comentar que albergo sentimientos similares para su compañera, la inefable Minnie.
El que sí molaba era Speedy González, el raton más rápido de todo México. Me fascinaba que el tío siempre fuese corriendo de un lado para otro, qué estrés. ¡Quién me iba a decir a mí que años después mi pareja iba a ser algo parecido a Speedy González…! Lo digo en el buen sentido del personaje: lista, eficiente y rápida, muy rápida, jajajajaja.
Otros ratones que me vienen a la cabeza era el ratón Timoteo, el que sale en la película de Dumbo; Pond, el amigo de D’ Artacan; Tico, el inseparable amigo de Willy Fog y, tantos y tantos otros: Rhino, Hubie, Bertie, Blabber, Ignacio, Sensei, etc.

En definitiva, que se trataba de dar un homenaje a tan ilustre y simpático amigo, que ha conseguido ser compañero de aventuras e ilusiones cuando más lo necesitábamos, cuando eramos tiernos infantes y el mundo era un mundo genial en el que cualquier cosa era posible, incluso que los ratones hablasen…

Hasta la semana que viene.

lunes, 3 de mayo de 2010

Las rupturas


Habida cuenta que estamos en el mes de las flores he decidido hablar de las rupturas. Como imagino que alguno os habréis quedado un tanto confusos con la lógica que une el mes de las flores con las rupturas, os lo explicaré brevemente. Estaréis de acuerdo en que las flores tienen un cierto componente estético tendente a humanizar y alegrar nuestro entorno, y que en muchas ocasiones son utilizadas con fines sociales (cumpleaños, bodas, ascensos, competiciones...). ¿Quién no ha regalado flores alguna vez? De hecho, es una de las armas de seducción más utilizadas. Y vistas así las cosas, si utilizamos flores para seducir ¿por qué no utilizarlas para lo contrario? ¿No sería mucho mejor una ruptura con flores? En el caso de que tuviese que pasar por una ruptura preferiría mil veces que me regalasen unas flores a que me tirasen el contenedor de las mismas: el jarrón. Es más, en el caso en que me tuviesen que lanzar algo forzosamente, seguiría prefiriendo que me tirasen las flores antes que el jarrón, cuanto menos son más blandas y huelen mejor…
Una vez aclarada la dinámica que me ha llevado a relacionar las flores con las rupturas, pasaré a ahondar en el tema. Por regla general las rupturas pueden discurrir de dos maneras:
  • De mutuo acuerdo: son muy poco habituales por lo que no hablaré de ellas.
  • Por imposición de una de las partes: las que ocurren en el 99% de los casos.
Vamos a partir de una premisa, tomar la decisión de finalizar una relación es complejo, pero llevarla a la práctica es complicadísimo. Los motivos que nos han llevado a tomar la decisión parecen diluirse en ese momento y al final, lo que queda, es que nos convertimos en una especie de canalla sin escrúpulos… Yo sin duda, en estos casos prefiero el papel de “víctima” que el de “verdugo” y por suerte, tan solo he sido el “rompiente” en una ocasión y creedme, no me gustaría repetir por nada del mundo.
Imaginaos, uno llega a casa y le está esperando su pareja con una maleta. Así, de primeras, pasamos por unos segundos de conmoción en los que ingenuamente preguntamos: “¿Nos vamos de viaje?” “No, es que me marcho, lo nuestro se acabó. No aguantó a tu madre y no te aguanto a ti. Adiós”. Y plofff, se cierra la puerta. Tras el portazo podemos hacer dos cosas:
  • Pegar saltos, agitar los brazos de júbilo y descorchar una botella de cava que guardábamos en la nevera para ocasiones especiales… al fin se ha ido la pedorra esa. 
  • Ponernos a llorar como magdalenas y descorchar una botella de vino para olvidar nuestra enorme pena… ¿cómo ha podido hacerme algo así la pedorra esa?
Como veis, en ambos casos hay dos constantes: que era una pedorra (siempre es así) y que engullimos alcohol como bestias. Pero en ambos casos la cuestión ha sido fácil, llegábamos a casa después de trabajar y nos hemos encontrado con una situación que no estaba bajo nuestro control. ¿Qué nos queda? Nos queda asumir y acabar la botella con la esperanza de que aún nos quede otra más. Luego a la cama y mañana será otro día. Es genial, no hemos tenido que esforzarnos en lo más mínimo, no tenemos ninguna sensación de que somos lo peor de lo peor; todo lo contrario, el victimismo es descansado, lloramos, asumimos y a superar… ¡ya está! ¡Es fácil!
Ahora pensemos el caso contrario, llevamos mucho tiempo madurando que algo no va bien, que la cosa no funciona pero… Siempre hay un “pero” para postergar el momento y ¿por qué? Pues porque es difícil y porque siempre hay un buen motivo para retrasarlo que no nos resulta grato. Y así lo vamos rumiando un día y otro, y otro, y otro, y al final ¿a qué nos lleva esto? Fácil, a estarlo pasando mal durante un montón de tiempo. Y esto tampoco es sencillo porque mientras, nuestra pareja, parece seguir disfrutando de la relación como siempre. Y al final llega el momento de la verdad, hacemos la maleta y nos plantamos a esperar en la puerta. ¡Cuántas cosas se te pasan por la cabeza en esos momentos! Te replanteas todo de nuevo, te arrepientes, no te arrepientes… indecisión y angustia, y ¿por qué? Pues por lo que he apuntado al principio, romper es chungo, muy chungo. Y cuando al fin tenemos a nuestra pareja a punto de convertirse en "ex"  delante,se nos olvida todo lo que hemos preparado y nos toca improvisar. Estamos nerviosos, sudamos, se nos va la cabeza a mil cosas, el tiempo se detiene, los segundos se hacen eternos… y ya sabéis lo que sucede cuando improvisamos, que tristemente recurrimos a los mismos tópicos y a las mismas frases que ha venido utilizando la humanidad hasta la fecha, y eso es penoso, muy penoso. Y al final oímos un “plofff” al cerrar la puerta tras nosotros y ese "plofff" no significa únicamente que se ha cerrado una puerta, ese "plofff" implica que hemos "cerrado" todas las cosas que hasta ese momento habíamos compartido y eso nos hace sentirnos fatal... No es agradable hacer daño a quien queremos, o al menos a quien hemos querido mucho, a alguien que no se merecía pasar por esto… nos sentimos como gusanos abyectos. Y la cosa no se acaba con ese "plofff", la cosa dura mucho tiempo y lo único que deseamos es no volver a pasar por ello nunca más, que en la próxima representación nos toque el otro papel, el papel fácil, el de “dejado”…
Yo he tenido la enorme fortuna de que sólo he tenido que pasar una vez por eso y sinceramente, han pasado muchos años y aún me siento un poco canalla por ello…
Eso sí, como todas las cosas malas de la vida, al final la parte negativa se olvida y lo que nos queda es la parte buena, en este caso la divertida. ¿Y qué es lo divertido de esto? Las frases; las frases siempre es lo mejor. Es que no hay por dónde cogerlas de tópicas que son, de hecho algunas son de juzgado de guardia. Observad que perlas:

- No es por ti es por mí. Vamos, que cuando nos dejan nos están haciendo un favor de la leche. ¡Hay que tener cara…!
- Te mereces algo mejor. ¡Qué majos que son! Fíjate si es buena persona que nos está dejando para darnos la oportunidad de que seamos unos tipos felices… ¡Qué detalle!
- Lo mejor es dejarlo para no hacerte daño. ¡Joer! ¡¿Y qué te crees que me estás haciendo?! Es justamente que me dejes lo que me hace daño, monín…
- Yo te quiero, pero de otra manera. Pues ya me dirás, porque por la “siesta” del otro día no veo yo cuál es…
- Todo tiene un principio y un final. De las peores, resulta que además de un cretino sin sentimientos, encima es filósofo… Pues no, lo que es un tarado.
- Seguramente me equivoco pero es algo que debo hacer. ¡Vaya, me he debido perder algo! ¿Dónde pone eso de que debes hacerlo…?
- Creo que te conozco lo suficiente como para saber que no soy lo que buscas. Pues gracias por conocerme mejor que yo, mira qué tonto que soy que ni siquiera sé lo que quiero. Tantos años equivocado, mira tú…
- Seguro que te irá mucho mejor sin mí. Mira, esta sí que es verdad, a esta no le voy a poner pegas.
- Mejor que lo dejemos ahora que aún estamos a tiempo. Dentro de un año sería peor. Seguro que sí, porque el transporte y el alquiler seguro que han subido y ya sabéis que el tema de la inflación siempre va a peor. ¡Economistas…!
- Respira tranquilo, esto me duele más a mí que a ti. Esta consuela un montón porque claro, pobrecito, si lo debe estar pasando fatal. Típica de egocéntricos…
- Tú necesitas a alguien que te quiera de verdad. Eso sí, porque como de con otro que me quiera como tú, apañado voy…
- Tengo la sensación de que nos estamos alejando. ¡Ah! ¿Y para acercarnos cortas conmigo, verdad? Es que mira que es tonta esta frase, de verdad.
- Creo que no estoy preparado para llevar una relación. Pues ya lo podías haber pensado un poquito antes, que llevamos cinco años, tarado…
- Es que no tenemos la misma escala de valores. Debe ser así porque a mí, particularmente, a los mierdillas como tú no suelo valorarlos mucho…
- No quiero cerrar ninguna puerta, quizás en el futuro... ¡Joeerrrrrr! ¡Más morro no se puede tener! Quizás, cuando se harte de darse buena vida por ahí…
- Realmente me gustas mucho, pero estoy confundido. Mira, otro Dinio, otro a la que la noche le confunde…
- Hemos entrado en un círculo vicioso y necesito escapar. No, si escapar sí que lo estás haciendo, y en línea recta además…
- Será mejor que nos demos unos meses para respirar. ¡Pobre! Mira que estar sin respirar tanto tiempo. La réplica lógica a esto sería un ¿y por qué no nos vamos un fin de semana a la Sierra, que ya verás lo bien que se “respira” allí…?
- Nos hemos conocido en un periodo muy complicado de mi vida... Pues gracias a Dios, pensé que eras rarito porque sí…
- Ganaremos los dos. No me veo en el futuro contigo. Esta es genial porque nos hace sentirnos estupendamente… Sin más comentarios.
- La culpa no es de nadie, las cosas duran lo que duran. No, si eso es verdad. Pero este tío ¿de qué planeta se ha caído? Solo le falta decir que mañana volverá a salir de nuevo el sol… Pues cómprate unas Duracell.
- Una cosa está clara, no es culpa tuya, el problema soy yo. Pues pégate un tiro colega, a mí qué me cuentas…
- Ahora es diferente, ya no hay chispa entre nosotros. Y este tío, ¿qué es? ¿pirómano…?
- Necesito a alguien más maduro a mi lado. Corta con nosotros y encima nos insulta… ¡Menuda joya!
- Necesito vivir nuevas experiencias y conocer a otras personas. Vamos que lo que necesita es desfogarse y echar unos cuantos polvos por ahí, que nosotros somos unos mantas en la cama…
- Necesito un tiempo para reflexionar. Pues vaya, tómatelo antes de cortar y cuando cortes conmigo que al menos tenga la sensación de que lo has meditado un poco, tarado…
- Ya te avisé de que soy un espíritu libre. Lo mismo que la anterior, que nos quería de polvete y poco más… eso sí, el que avisa no es traidor, es avisador.
- Creo que nuestra relación ha caído en la monotonía, ya no es como al principio. ¿Y la gente así qué hace en la vida? ¿Ver películas de Walt Disney? Es increíble que aún haya gente que crea que las relaciones son como el cuento de La Cenicienta…
- Eres maravilloso, sensible, simpático, gracioso, tienes conversación... pero necesito algo más en mi vida. Lo que digo siempre: de taraditos está el mundo lleno…
- No he estado con ningún chico mejor que tú, pero no eres lo que yo quiero. Pues nada, suerte, que seguro que lo tienes fácil, porque con la cantidad de capullos que hay por doquier no creo que tengas dificultad alguna en encontrar algo peor…
- El sexo no es lo más importante. Bueno, al menos nos queda el pundonor de que éramos bastante mejor que él en la cama…
- Seguro que dentro de unos meses me estaré tirando de los pelos, pero creo que lo mejor es dejarlo. Pero, ¿de qué pelos? Si ya estás casi calvo…
- Lo siento mucho, pero somos muy diferentes. Sí, monín, ahí está la gracia, ¿todavía no te habías dado cuenta? Yo soy una mujer, tú eres un hombre…
- Siempre podremos seguir compartiendo las mismas cosas. Después de esta frasecita lo suyo es pedir que nos explique qué cosas son esas… ¿el coche? ¿el piso? ¿el ordenador? ¿los yogures…?
- Ahora creo que es hora de que empiece a pensar un poco en mí. Perdona, me he perdido. ¿Y no es eso lo que has estado haciendo durante toda tu vida…?
- No estoy preparado para algo serio. Pues lo podías haber pensado un poco antes y me lo podías haber dicho cuando te regalé el iPod, tío morro…
- Eres demasiado perfecto, no te encuentro ningún fallo, y eso me asusta. Jajajajajajajaja, es buenísima, sospecha que somos un cyborg, jajajajajajaja.
- Las personas cambiamos... ¡Ahhhhhhhhhhhhhh! ¡De qué? ¿de pareja…?
- Necesito un cambio en mi vida. Pues cómprate una cabra, mira George Clooney que se compró un gorrino...
- Las cosas están yendo demasiado deprisa... Pu - es - lo - si -en – to. ¿Lo he dicho lo suficientemente despacio…? Pobre, teníamos que habérselo explicado con dibujitos que siempre se entiende mejor.
- Es que eres demasiado bueno conmigo. Pues nada, suéltale un par de leches y tírale del pelo, a ver si siendo malos cambia de opinión…
- No podemos seguir engañándonos de esta manera. ¡Ah! ¿Pero nos engañábamos? No lo sabía...y encima nos llaman mentiroso.
- Sé que ahora te duele, pero en el futuro me lo agradecerás. Falta por añadir, mándame unas flores si eso…
- Lo nuestro está en punto muerto. Y claro, la culpa debe ser nuestra… Además, ¿qué es? ¿profesor de autoescuela?
- Yo no sé querer por dos personas. ¿Einhhh…?
- Sabes que lo nuestro es imposible. Claro, yo me llamo Romeo, tú te llamas Julieta…
- Somos dos polos opuestos, lo nuestro no nos lleva a ninguna parte. ¿Pero no habíamos quedado que polos opuestos se atraen…?
- Creo que es hora de que nuestros caminos se separen. Sí, ya veo, es justamente lo que estás haciendo…
- No te preocupes, siempre podremos seguir siendo amigos. Esta la he empleado yo, lo juro. Pero era verdad, la intención era lo que contaba…
- La verdad, siempre te vi como una amiga. Dan ganas de decir, perdona bonito pero ¿tú te cepillas a todas tus amigas…?
- Lo estás dando todo en esta relación, y no es justo contigo. Sí, es lo que se suele hacer en las relaciones, darlo todo. ¡Menudo tarado…!
- Mejor dejemos las cosas así. ¿Cómo? ¿rotas…?
- No te pude llegar a amar como yo quería. ¡Pobrecito! ¡Cuánto lo siento! ¡Perdóname, seguro que es culpa mía, como soy tan tonta…!
- Me vienes muy grande. Y encima nos llama gorda, increíble…
- Tengo miedo. ¡Pues cómprate una linterna, como todo el mundo…!
- Somos muy jóvenes para comprometernos. Vamos, que es un inmaduro total, casi que abrimos ya el cava…
- Me he dado cuenta que siento atracción por las personas de mi mismo sexo. ¡Joeerrr! Esta sí que es fuerte! Casi que ni la comento.
- ¿Hacemos un brake este verano? Así se pone ciego en la playita, ¿no...?
- Me gustan depiladas. Aquí sí, aquí la culpa es nuestra, la verdad…
Y así podría seguir hasta el infinito y más allá, y es que en esto, como en otras tantas cosas, está ya casi todo inventado; de hecho acabo de acordarme de una muy buena: “es que yo ya no silbo…”
En fin, no penséis que estoy rompiendo con vosotros, solo me despido hasta la semana que viene.

lunes, 26 de abril de 2010

Los errores


Errare humanum est, perseverare diabolicum (Séneca)
Lo que más o menos viene a decir la famosa frase de Séneca es que todos podemos equivocarnos, es admisible, está en la propia naturaleza humana, pero lo que resulta inadmisible y lamentable es no aprender del error, y  volver a “tropezar” de nuevo con la misma piedra, lo cual me parece aún más humano, si cabe. Y es que, salvo honrosas excepciones, la verdad es que no escarmentamos, parece que nos empecinamos en caer una y otra vez en los mismos errores, lo que nos convierte en auténticos “masocas” del error.
Hay alguien por ahí que muy acertadamente comentó que no quería renunciar al delicioso placer de poder equivocarse y ¿qué queréis que os diga? Comulgo totalmente con esa opinión porque dicha aseveración lleva implícita la libertad de poder elegir lo que consideremos más adecuado (es bastante peor cuando dicha posibilidad no existe, ya sabéis, eso de “son lentejas…”). Además, creo que equivocarse es la única capacidad que está al alcance de absolutamente todos los seres vivos de este planeta y lo que es aún mejor, todos la practicamos en mayor o menor medida, destacando de manera especial el género humano masculino (me pregunto por qué en general el sexo masculino tiende a equivocarse más que le femenino...). Si de verdad existiese un “dogma universal” de obligado cumplimiento, sería el de la “Santa Equivocación”, se cumple siempre, sin excepción y sin que culturas, credos, religiones o creencias influyan lo más mínimo. Decidme, ¿hay alguna otra cosa tan universal?
Bien, llegados a este punto estamos de acuerdo en que todos nos equivocamos. Vale, ya está el rarito de todos los blogs dando la nota, lo mejor es ignorarle, hacedme caso… Bueno, a lo que íbamos, estábamos en que todos nos equivocamos, algunos más que otros, pero es justamente ese continuo errar lo que nos ha llevado a aprender, evolucionar y llegar a donde hemos llegado; claro, que viendo el punto en el que nos encontramos (crisis mundial, conflictos bélicos, terrorismo, pandemias, hambrunas, calentamiento del planeta, agotamiento de recursos, etcétera) me pregunto si realmente no hubiese sido mucho mejor que hubiésemos aprendido algo menos… Es más, si a fuerza de equivocarnos es como hemos llegado a ser lo que somos, imaginaos a lo que habríamos podido llegar si no nos hubiésemos equivocado tanto, jajajajaja.
Es prodigiosa mi capacidad para divagar e ir por derroteros totalmente distintos de los pretendidos. En estos casos lo que suelo hacer es pararme, tomarme un respiro y volver a retomar el tema de la mejor manera posible.
Ahora llegamos al tema de la distintas equivocaciones, que se clasifican en dos tipos bien diferenciados:
  • Equivocación o error: Juicio falso que como todo juicio, es resultado de la reflexión.
  • Cagada: Acción que resulta de una torpeza.
La diferencia entre una y otra es que la equivocación suele ser fruto de un mal criterio o de una causalidad desafortunada, mientras que la cagada suele ser fruto de una falta de meditación total o de una mala noche. Así, si tomamos esta división y la conjugamos con los dos finales posibles que ofrece el desarrollo de los acontecimientos, bien o mal, obtenemos estas cuatro posibilidades:
  • Si meditas las cosas y aciertas, eres un as.
  • Si meditas las cosas y te equivocas, tu criterio no era el adecuado o te jugó una mala pasada el destino.
  • Si no meditas las cosas y te sale bien, tienes un suerte que te cagas.
  • Si no meditas las cosas y te sale mal, la has cagado hasta el fondo.
Perdonad la malsonancia de algunas palabras pero considero que era necesario para dejar claro el concepto. Ahora voy a exponeros otra de mis estrafalarias teorías que justamente apoya lo que acabo de exponer en el párrafo anterior, os cuento. A lo largo de mi vida he cometido errores de proporciones cósmicas y he de reconocer que en su gran mayoría han sido fruto de lo mismo: no pararme unos minutos, tomármelo con calma, valorar los pros y los contras, sopesarlos y fruto de esa reflexión, tomar una decisión al respecto. Todo lo que no he hecho de ese modo, que han sido muchas cosas, generalmente ha salido mal, muy mal. Por el contrario, cuando he aprendido (a fuerza de meter la pata hasta el fondo, claro está) a tomar mis decisiones con esta metodología, rara vez me han salido las cosas mal; es más, generalmente han tenido un final feliz (¡qué raro que queda lo de “final feliz”!) y en las escasas ocasiones en que no ha sido así, al menos no he tenido posteriormente la sensación de haberme equivocado, lo que siempre es un alivio porque los “Pepito Grillo” suelen ser bastante incómodos. No nos equivocamos cuando decidimos de manera meditada; más bien habría que asumir que las cosas a veces salen bien y a veces salen mal, que la videncia y la futurología, por más que se empeñen algunos iluminados, no existen y que cuando las decisiones han sido sopesadas, sólo queda asumir y tirar “palante”, eso sí, con la confianza que da el saber que al hemos optado por lo que nos pareció lo más adecuado y con la tranquilidad que da el no tener “Pepitos Grillos” incordiando en un oído.
Y ese es más o menos todo el quid de la cuestión, utilizar nuestro criterio y si aun así las cosas generalmente se tuercen, habrá que ir pensando cambiar de criterio, ya sabéis en cambiacriterios.com igual encontráis algún saldo :)
Ahora me pondré en plan “pollito Calimero” y soltaré eso de “es una injusticia, ¿verdad, amiguitos…?" porque no es justo que ante errores iguales, para unos tenga unas consecuencias enormes y otros se vayan de rositas… Lo único bueno que tiene el hecho de estar en la parte de los que han pagado caros los errores, es que la sensación de estar en paz con la sociedad es bastante placentera, jajajajaja.
De cualquier manera, en alguna ocasión habría sido estupendo haber tenido un poco más de cabeza y un poco menos de corazón, aunque eso sí, no habría aprendido tanto…
Y poco más puedo añadir, salvo recomendaros que por favor, os equivoquéis con cabeza y si la equivocación es grande, siempre quedarán las flores.

Un abrazo muy fuerte y hasta la semana que viene.

lunes, 19 de abril de 2010

Smargoff


Y como viene siendo habitual me ha pillado de nuevo el toro, una vez más llega el momento de publicar el blog y no tengo nada de nada; y lo que es peor, ni tan siquiera tengo claro el tema a tratar. Así las cosas he decidido rescatar un pequeño cuento que escribí, al igual que se escriben todos los cuentos, hace muchos, muchos años. Es una historia pequeña que aconteció a un hombre pequeño en una pequeña aldea centroeuropea hace muchos, muchos años. Espero que os guste.

SMARGOFF
Se llamaba Smargoff y nunca tuvo conciencia clara de quién le puso su nombre. Se esforzó muchas veces por tratar de recordar el rostro de sus padres pero por más que lo intentó jamás pudo conseguirlo, simplemente no tenía recuerdo alguno y no solo de sus caras, jamás consiguió evocar ni uno solo de esos momentos que se fijan y perduran en la memoria de todo hombre que alguna vez ha sido niño. En las noches frías del invierno centroeuropeo lloraba agazapado en su jergón al tomar conciencia de que él, Smargoff, nunca tuvo padres. Jamás recibió una caricia, nunca nadie le regaló una sonrisa, ni siquiera una palabra afectuosa; y no es que a él le importara que le maltratasen, llevaba toda su vida sufriendo vejaciones y su rechoncho y pequeño cuerpo ya se había acostumbrado. “Si al menos hubiese conocido a mi madre, recordaría su mirada, su voz, su sonrisa…” -pensaba-. Lo único que recordaba era el circo, siempre el circo, nunca conoció otra cosa. Trabajó en él desde siempre; nunca enfermó, nunca protestó ante los humillantes trabajos que había de realizar; limpiaba y alimentaba a las bestias, soportaba el infierno de mantener encendidas los bidones de carbón que mantenían templado el interior de la carpa y aún hoy, muchos años después, podía sentir vívidamente el intenso dolor de las quemaduras provocadas en el accidente, aquel en el que se le volcó encima uno de aquellos bidones hirvientes. Aún hoy percibía con claridad el olor a carne quemada, los desgarros que le produjeron aquellas brasas... Todo aquel dolor lo aguantó estoicamente, sin una sola queja, sin un solo lamento; porque el verdadero dolor, el dolor que le laceraba su alma, era el dolor que llevaba en su corazón, el dolor de la soledad…
Hoy se sentía extraño, no podía explicarlo con palabras pero percibía que había algo diferente y es que nunca antes, por motivo alguno, se había suspendido una función. Todo ocurrió el día anterior en el que Tahnia, la trapecista que tantas veces espió escondido desde un pliegue de la carpa, sufrió un accidente al no acertar el momento exacto en que el trapecio regresaba de su mortal vaivén. No había sido nada grave, una rotura y un par de contusiones, pero Tahnia era la estrella y por ello, en señal de respeto, la función de esta tarde había quedado suspendida. Y fue así, que Smargoff, por primera vez en su vida dispuso de una tarde entera para él. Se le hacía raro y aunque no sabía muy bien qué hacer, decidió escabullirse y aprovechar la luz que quedaba hasta la puesta de sol. Recordó que había oído a alguien comentar que existía un pequeño lago a un par de leguas hace el norte y decidió ir hasta allí, nunca antes había estado en un lago y tenía interés en ver cómo era. Resultaba extraña sensación que experimentaba, no llegaba a comprender el motivo pero lo cierto es que se encontraba pletórico, aquellos parajes casi virginales le transmitían una sensación placentera, se sentía tan lleno de vida… Se tumbó en una pequeña pradera y allí, entre espigas y olores, se quedó extasiado contemplando las caprichosas formas de las nubes; extendió sus pequeños brazos cuanto pudo y ya no pudo contener las lágrimas. Allí, tumbado, se abandonó a esa oleada de sensaciones y lloró todo lo que no había llorado a lo largo de todos estos años, lloró las vejaciones, los maltratos, la soledad… lloró por todo el dolor del mundo, pero sus lágrimas no eran lágrimas de pena, eran lágrimas de paz, y es que aquel paraje, los árboles, la hierba, la suave brisa, el tibio sol, las caprichosas nubes, todo aquello parecía que estuviese allí para él, que le hubiese estado esperando desde siempre, “es como si este lugar me sonriera” –pensó–.
Una vez reemprendió de nuevo el camino hacia el lago, se dedicó a observar todo cuanto le rodeaba y lo hacía con ojos nuevos; las lágrimas parecían haberle aclarado el alma y ahora era capaz de percibir las cosas de un modo diferente. Estaba embriagado por esta nueva sensación. Poco después, cuando el sol empezaba ya a declinar, alcanzó al lago. Aquel lugar era de una belleza indescriptible, era tan bello que le costaba respirar por la emoción, el sol doraba con una luz mágica la superficie del lago, que a modo de espejo la devolvía multiplicada, tiñendo todo cuanto le rodeaba. Se quedó extasiado contemplando aquello, sintió que las fuerzas le flaqueaban hasta tal punto que decidió sentarse en un pequeño promontorio cercano al agua. Le costaba pensar… se abstrajo observando la perfecta simetría de las montañas y el claroscuro de los árboles reflejados en el agua. El único sonido que le llegaba, amortiguado por la distancia, era el de unos patos que ajenos a todo lo que ocurría nadaban despreocupados en el extremo opuesto del lago... Se abandonó a aquella paz y dejó que ésta le inundase, alcanzando hasta el último recoveco de su alma, nunca antes se había sentido así, era maravilloso. Dejó vagar la mirada, libre de las ataduras de la razón hasta que reparó en el caprichoso aleteo de una mariposa que se dirigía hacia él y que tras un par de acrobacias, se posó en una de sus manos. Sintió que el corazón se le salía del pecho, nunca había visto nada tan bello y hermoso, y pensó que definitivamente esta vez la vida sí le sonreía. Se sintió tan dichoso de ser digno de que el Señor le mostrase aquello que no pudo evitar que de nuevo dos lágrimas surcaran el pequeño espacio de su enjuto rostro. La mariposa se alzó de nuevo en vuelo y tras otra par de gráciles piruetas, se posó en la otra mano, la que sufrió la peor parte de las quemaduras. Cuando ocurrió aquello, el pequeño hombre experimentó por primera vez en su vida la delicia de una caricia; el corazón le estallaba de júbilo en el interior de su pequeño pecho y podía sentir el burbujeo bullicioso de su propia sangre. Apenas se atrevía a respirar por no romper el hechizo, tenía un miedo atroz a que aquella magia se esfumase; de manera que permaneció inmóvil contemplando a la mariposa, a su mariposa, hasta que oscureció del todo. Ninguno de los dos se movía. Smargoff apenas se atrevía a respirar, solo miraba a su mariposa, aquellas sedosas alas parecían contener todos los colores del Mundo, era tal su armonía que pensó que sin duda, así habrían de ser las alas de los ángeles... Eso era, aquella mariposa era algo más que una mariposa, quizás fuese un ángel, su ángel. Con los sentidos embriagados decidió que ya nunca se separaría de ella, todo lo demás se había desdibujado y había dejado de tener importancia; todas las cosas que había sufrido, que había padecido, habían merecido la pena, le habían traído hasta aquí. Siempre, incluso en los peores momentos, había tenido la esperanza de que algún día Dios le permitiera conocer el Amor. Y ahora estaba feliz, inmensamente feliz... Allí estaba él, Smargoff, el enano desgarbado al que nadie quería, sosteniendo en su mano la esencia de la belleza, conociendo al fin lo que era el amor. Pasó toda la noche inmóvil, sin apartar los ojos de la mariposa, llorando por la dicha de poder amar. El tiempo pareció detenerse hasta que la cúpula estrellada dio paso al alba con su purpúrea majestad, y ambos, enano y mariposa, inmóviles, amantes, dieron la bienvenida a la mañana. En el pequeño corazón de Smargoff sólo había un deseo: que el tiempo se parase en aquel preciso instante, quería vivir eternamente aquel momento, lo había anhelado tanto...
De repente la mariposa aleteó un par de veces y perezosa emprendió de nuevo el vuelo. Smargoff se quedó petrificado y asustado al observar que su mariposa se alejaba. Aterrorizado se levantó, y presa de un inusitado pánico siguió a duras penas el caprichoso aleteo de aquella amada mariposa. Tropezando y arañándose con las ramas, manteniéndose a duras penas en pié, intentó a toda costa no perderla, hasta que Ella, su amada, empezó caprichosa a sobrevolar el lago. Pese a no saber nadar no dudó seguirla, decidió en una décima de segundo que no la perdería jamás, ya no podría renunciar a lo que llevaba toda su vida anhelando. Se hundió rápidamente en el agua, no braceó, simplemente se hundió… En el último instante, antes de sumergirse definitivamente, una lágrima resbalaba por su mejilla, sabía que ya nadie le podía arrebatar aquella felicidad, al fin la vida le sonreía…

Y poco más, espero que también vosotros seáis felices.
Hasta la semana que viene.

lunes, 12 de abril de 2010

Eso de hacerse mayor


Por mucho que queramos y nos empeñemos, no podemos evitarlo, cada día estamos más mayores. Y no es que eso de hacerse mayor sea una cosa mala por sí misma, en absoluto, solo por el poso de sabiduría y experiencia que nos dejan los años, ya merece la pena. Además, cumplir años siempre es una buena cosa, lo malo son los efectos secundarios o por utilizar un argot más de moda últimamente, los odiosos daños colaterales y ante éstos sólo nos quedan dos opciones:

• Asumirlos con dignidad sabiendo que forman parte natural del ciclo de la vida.
• Luchar obsesivamente contra los mismos.

Y no hay más, o los asumimos o no los asumimos, no hay más posibilidades. Por supuesto que lo cortés no quita lo valiente y que por tanto, podemos asumir dignamente las consecuencias de hacernos mayores a la vez que cuidamos también nuestro aspecto, no hay necesidad de acelerar el proceso, porque una cosa es asumir y otra estar encantado. Vamos, en una palabra, que podemos y debemos cuidarnos.
Me resulta curioso el modo en que somos capaces de cuidar algunas de nuestras pertenencias, que al fin y al cabo no son más que objetos sustituibles, en contraste con lo poco que solemos cuidarnos a nosotros mismos, que creedme, no somos en modo alguno sustituibles. Es más, en ciertas ocasiones parece que nos empleásemos con saña en lo contrario, de manera que cuando nos percatamos de los disparates cometidos suele ser ya tarde para repararlos, con lo cual ya solo queda minimizar consecuencias y aplicar parches y remiendos…
Por mi parte he optado por elegir la primera opción, asumo la edad que tengo, trato de cuidarme en lo posible y mal que bien, voy negociando día a día con el ancianito que llevo dentro. Creo que es una actitud cuánto menos más sana y saludable que caer en el mundo de la adolescencia perpetua a base de operaciones, botox, liposucciones, crecepelos milagrosos, tintes imposibles y demás elixires de la eterna juventud… De verdad, es una pérdida de tiempo y de dinero, por no decir que muchos de los tratamientos son auténticas bombas de relojería para nuestra salud, al fin y al cabo un pequeño michelín o una arruga más o menos marcada, no perjudican en modo alguno la salud, al menos la física. Al final sería conveniente llegar al convencimiento de que no hay productos ni procedimientos milagrosos, y que en el caso del pelo, lo único que realmente frena su caída es el propio suelo; de no convencernos corremos el riesgo de ser uno más de esos siesos inexpresivos que cada vez abundan más y que piensan (en realidad no son pensamientos complejos, no os preocupéis) que el estilo y la elegancia consisten en estar bronceados y estirados hasta la inexpresividad, olvidando por completo que su adolescencia pasó hace más de cuarenta años y que con sesenta años, por mucho estiramiento y botox que se lleve encima, no es edad de llevar ya minifalda.
Dejando de lado las disfunciones mentales, que no es el tema del blog, querría hacer hincapié en los cambios que en mayor o menor medida, nos terminarán afectando a todos. Los más destacables son:

Efecto de duplicidad calórica
Es sabido que el paso de los años, a través de las experiencias vividas, nos permite acumular una cierta sabiduría de la vida. Nuestro organismo, al igual que nosotros, también aprende del mismo modo, de manera que con el discurrir de los años es capaz de hacer las mismas tareas de un modo mucho más eficiente. Esto es lo que se llama optimización de recursos y procesos, y tiene especial relevancia dentro de la gestión alimentaria. Así, al cumplir una determinada edad, nuestro eficiente organismo (por no definirlo con otras palabras más gruesas) es capaz de duplicar (e incluso triplicar) la extracción de energía de cada caloría consumida, de manera que con un nada que consumamos, seremos capaces de extraer una enorme cantidad de energía, que al no ser gastada se almacenará en unos contenedores especiales llamados michelines…

Efecto de duplicidad gravitacional
Otra de los síntomas experimentados es el efecto de duplicidad gravitacional, también llamado efecto Newton y que básicamente consiste en el descolgamiento carnal producido por la fuerza de atracción terrestre. De todos es sabido que esta fuerza varía a lo largo de los años, alcanzando justamente en esta etapa los mayores valores de atracción, lo que redunda en la flacidez muscular que se manifiesta, especialmente en glúteos, brazos y pechos.

Efecto de reestructuración capilar
Otra de los síntomas de hacerse mayor es la fuerte reestructuración capilar que se sufre, siendo mucho más pronunciado este efecto en hombres que en mujeres. Durante esta etapa experimentaremos una revolución capilar en la que el pelo se retira de la parte superior del cráneo, dejándolo al descubierto, y se repliega en orejas, cejas, nariz y ombligo. El proceso resulta un tanto caótico, ya que esta reubicación no se realiza de manera ordenada, más bien al contrario, da la sensación que cada pelo fuese por su lado, creciendo en todas direcciones y convirtiendo la ordenación del mismo en una tarea prácticamente imposible…

Efecto de disfunción eólica
Otra de las características propias de esta etapa es la alta capacidad de generar corrientes eólicas internas, también denominadas flatulencias y que son provocadas por la práctica totalidad de los alimentos ingeridos. Su manifestación tiene efectos demoledores sobre las relaciones sociales, lo que en muchos casos implica sufrimiento y soledad para los individuos que lo padecen.

Efecto degustativo extendido
Cabe reseñar también la capacidad de degustar durante horas los alimentos ingeridos, hecho que quizás tenga relación con la capacidad de duplicidad calórica mencionada anteriormente. Este fenómeno puede ser acompañado en algunos casos de fuertes regüeldos y ardores de estómago pronunciados. Se han dado casos de redegustaciones de alimentos ingeridos semanas antes.

Efecto de laxitud muscular
Son frecuentes también los episodios de laxitud muscular, que se manifiestan de manera especial al llevar a cabo actividades y ejercicios practicados anteriormente, aunque evidentemente con resultados finales muy distintos. La sintomatología es clara y se divide en dos partes bien diferenciadas: la física y la mental. En primer lugar interviene la parte mental, que es la encargada de prepararnos psicológicamente para la tarea a realizar (saltar sobre un charco, subir una cuesta, echar una carrerita, mover un mueble, levantar una caja, etc.), no es una concienciación compleja ya que se trata de realizar una tarea que hemos llevado a cabo en múltiples ocasiones a lo largo de nuestra vida. Una vez preparados mentalmente es cuando entra en juego la parte física y ejecutamos la tarea en sí. Ese es justamente el momento en el que el músculo se afecta y se vuelve laxo, imposibilitando la conclusión correcta de la tarea iniciada. Es entonces, por dar continuidad a los ejemplos citados anteriormente, cuando la laxitud muscular sentida hace que nos metamos de lleno en el charco, nos paremos en mitad de la cuesta, que la carrerita no pasa de las diez o doce zancadas, que el mueble se mueve tan sólo medio centímetro y que el intento de levantar la caja se queda en eso, en intento… Generalmente la primera frase que emitimos es un “pero si esto lo hacía hace nada…”

Efecto de difusión óptica
Este efecto consiste en que dejamos de ver bien de cerca, en las distancias medias y también de lejos. La parte más dolosa, además de la defectuosa visión experimentada, es que precisamos tener varios pares de gafas: las de cerca, las de lejos, las bifocales…, lo que implica un importante quebranto económico y que nos piten de manera continuada el resto de los coches.

Efecto de dispersión auditiva
Este efecto, provocado habitualmente por la redistribución capilar producida en los pabellones auditivos, donde se incrementa de manera notable la cantidad de pelo contenida en los mismos, conlleva una importante pérdida de capacidad auditiva, dificultando enormemente la comunicación con otros individuos (de manera dramática en el caso de que el otro individuo también esté afectado de dispersión auditiva) y a subir muchísimo el volumen de la tele, lo que cabreará significativamente a los vecinos.

Efecto de disgregación cognitiva
Este efecto, producido por un deterioro de las capas externas del cerebro, hace que no nos acordemos nunca de dónde hemos dejado las llaves, lo que motivará que pasemos más de la mitad del tiempo que permanecemos despiertos, buscando las mismas. Sus consecuencias son demoledoras ya que afecta también y de manera muy acusada, al olvido de las fechas de aniversarios, lo que al ser un olvido de “alto riesgo” puede llegar a poner en peligro nuestra propia integridad física...

Efecto de la disfunción onírica
Este efecto consiste en la disfuncionalidad de los períodos dedicados al sueño y que conlleva a que estemos adormilados durante el día para desvelarnos al irnos a la cama. Es una sintomatología de difícil tratamiento, que además provocará rechazo social, la gente no suele ser muy tolerante con los ronquidos, sobre todo cuando no dejan escuchar la tele.

Efecto de micción intermitente
El último de los efectos mayores se caracteriza por la necesidad constante de ir al servicio para una vez allí, descubrir con irritación que apenas salen dos o tres gotitas. Es un síntoma que suele provocar malestar y enfado en los que lo padecen, especialmente cuando han de levantarse tres y cuatro veces a lo largo de la noche...

Además de estos hay muchos más efectos colaterales inherentes a hacerse mayor, pero como el espacio y el tiempo siguen siendo limitados, solo mencionaré uno más, el SRRP, también conocido como Síndrome de Retorno del Ratoncito Pérez y cuya principal características es la pérdida de piezas dentales, que en estos tiempos de crisis ayudan a paliar en parte la escasez de las pensiones existentes.
No me gustaría que con esta exposición quedase la impresión de que hacerse mayor es algo malo, porque no lo es, es simplemente otra etapa más, con sus cosas buenas y sus cosas malas, ni mejor ni peor que otras etapas vividas, y que como tal habremos de vivir, disfrutar y extraer todo su jugo, con la serenidad que da el no tener ya urgencias. En definitiva, que lo importante es intentar ser feliz, con arrugas o sin ellas, teniendo presente aquello que cantaba Serrat de “todos llevamos un viejo dentro…”

Hasta la semana que viene.

lunes, 5 de abril de 2010

Mal rematado


La verdad es que a poco que observemos a nuestro alrededor con cierto detenimiento salta a la vista que este, nuestro planeta, está muy mal “rematado”. Esas son el tipo de cosas que ocurren cuando se crea un mundo con prisas y en tan solo seis días… Voy a extenderme un poco en el tema porque tiene su miga, ¿El que creó todo esto trabajó durante únicamente seis días y luego descansó? ¿Y ya está? ¿Qué era, funcionario? Pues sinceramente, parece que hubiese “creado” todo a mala leche, la verdad. Ya me estoy imaginando la escena:

- A ver, un poco de silencio, por favor, prestad atención. Vamos a ver, tenemos ahí fuera una NADA muerta de risa desde hace un montón de tiempo y sería bueno hacer algo con ella, ¿quién quiere encargarse de crear un Big Bang?
- Yo, yo me encargo, porfa, que nunca he creado un Big Bang y me apetece un montón.
- Bueno, vale, encárgate tú pero no hagas como la última vez que empezaste a crear la Tierra y no la terminaste, ¿qué eso de dejar el Faro de Alejandría y el Gigante de Rodas a medias? ¿Y eso de los dinosaurios? ¡Qué manía te ha dado con lo de hacer animales tan grandes! ¡Y lo del agua salada, que despropósito! La verdad es que no estoy muy contento contigo, no te esmeraste lo más mínimo, espero que te esfuerces mucho más en esta ocasión, ¿lo harás?
- ¡Que sí, que sí! Que esta vez lo voy a hacer bien, de verdad. Además, lo de la Tierra era un rollo, no me gustaba. Lo del Big Bang es mucho más divertido, explosiones gigantes, galaxias, infinitos… ¡es guay!
- Pues mira, no. Lo estoy pensando mejor y no me fío, lo del Big Bang es un trabajo delicado y visto lo que hiciste con la Tierra… Mejor se lo voy a encomendar a Zeus que se lo merece mucho más, el otro día hizo una Eternidad y le quedó francamente bien. Tú, como castigo, vas a encargarte de crear la Tierra de nuevo, espero que de esta manera aprendas a ser más responsable y a no dejar las cosas a medias, ¿entendido?
- ¡Joooooo! ¡Qué asco! ¡Siempre me toca lo más rollo…!

¡Pues ya veis el resultado! No me gustaría parecer desagradecido pero sinceramente, podía haberle echado unos días más y haber hecho las cosas un poco mejor, o cuanto menos haber hecho un mínimo control de calidad, que algún fallo habría aparecido. Además, no lo hizo con agrado, la prueba evidente de que fue así es que ha vuelto a colárnosla de nuevo con el tema del agua salada, ¿qué más le hubiera dado que todo el agua hubiese sido dulce? Solo con el tiempo que se hubiese ahorrado en hacer tanta diversidad de aguas inútil, podría haber mejorado un montón de cosas (o haber empleado menos días, así podría haber descansado aún antes). Pensad un poco e imaginaos que sois vosotros los encargados de “crear” el agua, lo más sencillo hubiese sido crear solo una, sin más complicaciones, sin pérdidas de tiempo. Pues no, como hizo las cosas con mala leche, venga a hacer tipos de agua, que si dulce, que si salada, que si mineral, que si dura, que si blanda, que si Solán de Cabras… vamos, un caos. En fin, dejemos el tema del agua que al fin y al cabo no se puede solucionar, lo hecho, hecho está; de todas maneras, de poder intercambiar unas palabras con él, me encantaría explicarle eso de “hazlo simple, hazlo fácil”.
Otra cosa que molesta es el agravio comparativo que se da respecto a su trabajo y nuestro trabajo. De manera que el Creador de todo esto trabajo únicamente seis días en su vida y al séptimo, cansado de hacer distintos tipos de agua, descansó. ¿Y para qué las prisas? ¿Por qué no doce días, o catorce...? Y eso fue todo lo que trabajó, no se hace mención alguna que volviese hacerlo, ni tan siquiera para repasar lo hecho, que siempre se mete la pata en algo por muy Dios que se sea. Nada de nada, jubilación completa. Nosotros, en cambio, hemos de trabajar tropecientos años para poder jubilarnos (salvo que seamos políticos o banqueros) y luego ya veremos si podemos descansar, porque tal como se está poniendo el patio es muy posible que para entonces no existan pensiones y no podamos dejar de hacerlo (salvo que seamos políticos o banqueros, insisto). Y la pregunta surge sola, ¿si nos hizo a su imagen y semejanza, cómo es posible esto? En fin, misterios de “La Creación”.
Volviendo al tema que nos ocupa, me gustaría repasar algunas de las ideas que se me ocurren para una próxima Creación, o por decirlo de otra manera, para una Tierra 2.0.

El agua
No me extenderé en este punto, pero con un solo tipo de agua hubiésemos tenido más que de sobra. Sí, ya sé que al Sr. Solares y la Sra. Font Vella no les entusiasmará la idea, pero en estos casos se trata se trata del bien común y no del bien particular.

Las cuestas
Otra cosa que no entiendo es el tema de la superficie terrestre tan irregular que hay. Alguien me podría explicar ¿para qué demonios existen las cuestas? A modo de ejemplo tomemos Lisboa, a poco que quieras ir a cualquier sitio venga a subir y ¿para qué? ¿Para volver a bajar? Y digo yo, ¿no habría sido mucho más sencillo hacer un mundo plano, sin cuestas? ¡Qué manía con llenarlo todo de subidas y bajadas! ¿No es redonda la Tierra? ¡Pues ya está, se hace redonda y no se complica uno tanto! Imaginaos si el que invento el billar, en vez de hacer la bola redonda se empieza a complicar y la hace en plan Tierra, por ejemplo, ¿qué pasaría? Pues que no habría quien jugase, imaginaos la trayectoria de la bola, venga a dar saltitos. Lo más parecido que he encontrado a esa ineptitud inventando es el rugby, ¿por qué no hacer una pelota redonda como las hace todo el mundo…?

• La biodiversidad
Sí, ya sé que estamos en una época en la que queda sospechoso decir cualquier cosa negativa sobre estos temas, pero voy a hacerlo igualmente. Hay un montón de especies que están hechas a mala baba. No voy a volver a hablar de las moscas, ya hablé de ellas en un blog anterior, tan solo dejar a modo de apunte una pregunta: ¿qué aporta una mosca para el bienestar mundial? ¡Nada! Y la última, ¿a cuántas moscas tocamos por persona? Porque estoy seguro que yo debo tener las de alguien... Pero no son solo las moscas, hay un montón de especies animales (y vegetales) que no aportan absolutamente nada y que son cuanto menos, prescindibles. A modo de ejemplos citaré algunas como el bicho bola, por ejemplo, un bicho que lo único interesante que hace es convertirse en bola, pues ya me diréis donde está la gracia. Otra especie prescindible es el mosquito, que de hecho es mucho peor que la mosca porque la mosca es un animal tonto, sin malicia, que lo único que hace es eso, molestar, sin embargo el mosquito es otra cosa. Bueno no, que en realidad no es el mosquito, es la mosquita, que en cuanto te descuidas un momento te deja hecho un Cristo. No quiero olvidar a la bestia parda de muchos conductores (no, no se trata de la Guardia Civil): la avispa, animal que salvo para picar y fornicar la gorrina, no tengo ni idea del interés de la especie. Las medusas también tienen su sitio en el Olimpo de los animales prescindibles, al igual que las arañas, que de hecho y por motivos personales, es el primer animal que me hubiese cargado de la lista, un bicho lleno de patas y de ojos no es de fiar, hacedme caso (bueno, tampoco os fieis mucho eso, los políticos y banqueros tampoco son de fiar y no tienen ocho patas). Huelga decir que garrapatas, ladillas, piojos, sanguijuelas, tenias y demás especímenes parasitarios (qué curioso, se me ocurren un montón de seres humanos que encajarían perfectamente en este grupo) tampoco deberían haber tenido un sitio en el dichoso “Arca de Noé”. Otro animal con el que mucha gente estará de acuerdo conmigo en que es innecesario, es la cucaracha. ¿Para qué sirve un animal cuya única razón de ser es dar asco y sobrevivir a un holocausto nuclear? ¿Y para qué lo de sobrevivir a un holocausto, si ya no quedaría nadie a quien dar asco? Lo siento por el Sr. Cucal, pero las cosas son como son.
Ya entrando en especies más grandes mencionaré el gato. Sí, ya sé que hay mucha gente que adora a los gatos, pero ¿qué os puedo decir? Juzgad vosotros mismos, yo tengo oído que cuanto menos son raros, o al menos tienen fama de ello (y conste que esto no lo digo yo, simplemente recojo la vox populi). Al margen de que los dueños de gatos sean raros o no, ¿qué aporta un animal cuyas principales virtudes son restregarse con todo y ser independiente? Lo dejaré ahí que no quiero polémicas. Y ya que he hablado de gatos mencionaré al tradicional enemigo de éste: la rata. Este sí que es un animal dañino diga lo que diga Walt Disney; además de ser bombas víricas andantes (cuánta gente ha muerto por enfermedades que ellas han propagado), son feas; claro que para feas están las hienas que con el aspecto que tienen, cómo huelen y lo que comen, no sé de qué narices se ríen tanto…
Ahora entramos en el apartado de animales imprescindibles pero mejorables, es decir, animales que sí pintan algo pero que podrían ser mejorados. Hablemos del perro, ¿habría costado mucho que no tuviesen la capacidad de ladrar? ¡Es que tengo algunos como vecinos…! Otro animal mejorable sería la vaca, ¿no hubiese sido genial que hubiese sido más grande y hubiese tenido muchas más ubres? Si seguimos indagando nos daremos cuenta que un ciempiés, ¿para qué narices quiere cien patas? Ahí le habéis dado: para nada. En cambio, ¿no sería genial que los cerdos tuviesen cien patas? ¿O que los pollos pesasen trescientos o cuatrocientos kilos? En fin, aunque la lista de animales mejorables es muy amplia, no es plan de mencionarlos todos.

Las estaciones
¿Qué es eso de crear cuatro estaciones? ¿Para qué sirve tener un invierno y un verano además de para que se haga de oro El Corte Inglés? Una única estación, la estación cálida. Veintidós grados todo el año y nos olvidamos de abrigos, abanicos, aires acondicionados… el paraíso.

Los continentes
Otra cosa absurda, la tectónica de placas. Vamos a ver, si se hacen las cosas bien creando un único continente, Pangea, ¿para qué estropearlo y que se separe por culpa de las placas? No se hacen las placas y en paz… Adiós viajes transoceánicos.

Y como el número de mejoras es considerable y la conjunción espacio-tiempo para plasmarlas es finita, voy a dar por finalizado el blog de hoy, no sin antes ponerme un poco más serio y mencionar la especie más prescindible de todas: el ser humano. La verdad es que el mundo sería un lugar mucho, mucho, mucho mejor si no hubiésemos dado “ese pasito” y nos hubiésemos quedado en lo que en realidad somos, monos irracionales.

Hasta la semana que viene.